estrella lunar de limbo y del Febrero 25UTCLunes 2008


La iPOdisea

La revelación del día de hoy no fue de esas que parecen sacadas de la Biblia, no mediaron fuerzas divinas ni criaturas místicas que llegaran a calmar mi mente. No, no fue así. Fue como un sutil despertar: fue cuestión de aceptar una verdad más profunda y oculta que uno sabe que es cierta pero que el universo debe probar como tal.

Hoy, un día como cualquier otro de este frío febrero me he convencido de la verdad absoluta del universo. El iPod apesta.

Aquí lo tengo al frente mío, e inspecciono su forma rectangular suavizada, compuesta por plástico, metal y probablemente algún otro componente oculto y místico (indudablemente algo del alma oscura de Steve Jobs debe habitar en el iPod). Este pequeño artilugio de la tecnología que a pesar de que funciona bien, fue sentenciado a muerte por un empleado de la distribuidora de Apple en Costa Rica.

Cabe aclarar que el mentado aparatejo no es mío, pertenece a mi hermanita, y hace poco tiempo dejó de querer conectarse a la Compu. Cuando se le conectaba el cable USB, ya el iPod no era detectado. En otras palabras no se le pueden meter ni sacar música/video/imágenes.

Hoy efectué la cruzada en búsqueda de algún tipo de reparación posible para el cochi-chunche. La primera escala fue el Mall San Pedro, donde en un local sin cielorraso (el techo está pintado de negro, imagino que para dar una impresión de mayor espacio, iluminación, etc) después de esperar que un iron-maiden-metalero comprara audífonos nuevos para reventarse los oídos como preparación para el concierto de mañana fui atendido por un empleado que escuchó la epopeya de “Julián y el iPod de la hermana”, sagazmente verificó que –en efecto- el iPod no era detectado. Después de un mete y saca del cable dijo que el no sabía que hacer, balbució algo sobre la garantía, a lo que yo le repliqué con otro balbuceo y finalmente me recomendó ir a otro local en Multiplaza del Este donde tal vez un mae llamado Sergio tuviera alguna solución.

No fue de extrañar que mi ‘quest’ no terminara ahí, al fin y al cabo no sería una cruzada si no tuviera uno que visitar lugares alucinantes para encontrar el desenlace final.

Después de pasar a la oficina de mi madre a ayudarla con un par de ‘investigadores’ alemanes y recuperar una de mis tarjetas de banco estaba listo para seguir en mi búsqueda.

El Apple Store de Multi del Este es igual a cualquier otro, al del Mall, y probablemente al que haya en el Infierno. Grandes monitores blancos repitiendo hasta la saciedad los anuncios de Mac vs PC, o mostrando lo ‘cool’ que es la MacBook Air.

Como era de esperarse el aforementioned Sergio tenía el día libre. Diría Maxwell Smart: “Ajá, el viejo truco del técnico ausente”.

El ergaster que me atendió -que dijo que él también se sabía las varas ‘como si fuera Sergio’- procedió a la inspección del aparatito. Escuchó una vez más la historia de Julián y el iPod de su hermana. (“Háblame musa…”, La iPodisea, Canto I).

De nuevo sagazmente comentó que los pines estaban ‘chuecos’, y como si fuera un diálogo escrito (así como cuando las celebridades presentan un Oscar) repitió las líneas pertinentes a la garantía. Yo me dejé llevar por la tendencia de repetir frases dichas y le repetí palabra por palabra lo que había dicho ya en el Mall San Pedro. Tras una brevísima encogida de hombros me explicó que Apple no hace repuestos para nada que no sea la batería, que lo único sería rogarle a los astros, o la gran Chancleta Cósmica que hubiera un iPod con una tarjeta lógica que se le pudiera quitar, y ponérsela al ‘mío’. Es decir repuestos de segunda, como si fuera un taller de pueblo. Naturalmente serían $90 si estuviese en garantía, $$$ si no. Pero que lo mejor sería botarlo y conseguirse otro. (El iChunch fue un regalo a mi Little Sis, sepa Judas en que oscuro lugar del universo está la factura).

Vuelvo a ver al triste objeto que está en la mesa. Aunque sirve a la perfección –digamos- está sentenciado a muerte, porque no hay repuestos para un componente susceptible a daños.

Por dicha los 20 Gigs de música que hay en el iCrap durarán su buen rato en aburrir a mi hermana, pero es deprimente saber que nada nuevo se le puede agregar al mendigo tuco de plástico.

La moraleja de esto es naturalmente preferir un reproductor mejor.

Uno sabe que le espera una aventura cuando se entra al edificio de Sociales. En sí el lugar puede perfectamente ser el setting para algún juego de aventura, terror, o ambas. La misión era ascender hasta el cuarto piso, a la escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva y hacer una averiguación.  La forma más fácil es entrando por la puerta lateral y empezar a subir gradas. Los primeros tres pisos son relativamente normales; es en la escalinata al cuarto piso que uno empieza a entender que ya está en otro mundo. Empezando por la reja. Es una negra, angosta y parece sacada de alguna cárcel de la Inquisición.

Una vez arriba, uno entiende por qué. Paredes rayadas, casilleros decorados con aerosol y óxido, y puertas y ventanas cerradas no dan una buena primera impresión. Lo complementan una que otra alma en pena vaga de un lado a otro, tal vez buscando la secretaría, leyendo algún anuncio en las pizarras, o simplemente esperando el día del Juicio Final.

En una pizarra fue donde vi este anuncio, poco pertinente a mi fantástico viaje al cuarto piso de Sociales, pero indudablemente más esclarecedor en cuanto a la actitud de sus habitantes respecto a la Nación, sus publicaciones y todo lo que las rodea. “Vuelta en U” es/será -no estoy seguro de si ya salió a la venta- una publicación dirigida al público universitario. La idea tras de esta me parece sosa y aburrida, la publicidad que le han hecho me parece mala, y hasta el título es un mal intento de sonar ‘cool’.

Lo interesante es ver como este periódico aún sin publicar ya se ganó el odio, de estos estudiantes. Con todos los estereotipos que se pueden interpretar del ‘anuncio’, que aunque gane dinero habrá vendido el alma, o que el Grupo Nación es la enésima reencarnación de ideas nazis o fachistas.

En todo caso al fin y al cabo la misión que inició este viaje fue cumplida en las ‘irónicamente, bastante modernas y cool’ instalaciones de la secretería (también arriba en el cuarto piso) de Ciencias de la Comunicación. (Donde hubo que esperar para ser atendido, as usual).

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