estrella lunar de limbo y del April 10UTCThursday 2008


Trabajo Comunal

Como parte del ciclo de posts ligeramente absurdos es hora de balbucear sandeces sobre un acrónimo de tres siglas que sea probablemente uno de los conceptos que más bostezos arranca en los estudiantes en sus últimos semestres. El T.C.U. es una espada que cuelga sobre la comodidad y tranquilidad de todos, de repente la soga que la sostiene se rompe y el peso completo de 300 horas de Trabajo Comunal caen sobre cada quien. Un piano aplastante, o un yunque en una caricatura. Una misión universitaria.

El día de ayer cumplí con mis primer 2% del TCU, pinches 5 horas (sí, ok, lo admito, en realidad es por ahí del 1.66… %) que no son nada. En sí la cantidad de horas del TCU es difícil de imaginar. En algún momento introspectivamente consideré que con tal de terminarlo gustosamente dejaría de ver las mejengas de los domingos. Asumiendo que la transmisión de un partido dura alrededor de 2 horas, y que en un domingo se pueden ver 3 partidos (Seria A en la mañanita, el de acá a las 11 y alguno en la tarde). Se ocuparían 50 domingos, y que en cada uno se vieran tres partidos para cubrir las horas del TCU.

Considerando que un año tiene 52 domingos, que hubiese que sacrificar cincuenta es demasiado. Pero recordemos que también hay juegos los miércoles, y los sábados en la noche, con lo que si se vieran todas las transmisiones se estaría llegando a 10 horas de futbol por semana, y serían necesarias 30 semanas. Alrededor de 7 meses y medio. Lo cual constituye la mayor parte de una temporada futbolística.

Pensemos entonces el TCU como un curso semestral en la UCR. Redondeando que el semestre se compone de 15 semanas (en realidad 14, pero por aquello de facilitar los cálculos dejémoslo en 15). Se necesitaría llevar 20 horas cada semana para terminar el TCU. ¡En otras palabras, de lunes a viernes habría que dedicar cuatro horas al TCU para finalizarlo!

Finalmente –y ya estando, en teoría, cerca de comenzar a trabajar- veámoslo como un nombramiento laboral a tiempo completo. A 40 horas semanales el TCU de trescientas horas hombre se podría cumplir en siete semanas y media. Casi dos meses de trabajar de gratis para cumplir el más estorboso requisito para graduarse. ¿O sea, quien trabajaría dos meses, cuatro quincenas por nada, solo para una carta?

A todo esto se cabe preguntar si las condenadas tres centenas de horas valen la pena. ¿Puede parecer algo exagerado? Aunque pueda ser que mi vagancia patológica esté hablando por mí, parece ser un poco extremo, y tal vez quepa bajar un poco este límite.

<!— O tal vez no. Pensémoslo así, si bajáramos la cota mínima superior (las 300 horas) a un número más razonable. Eventualmente alguien volvería a decir que la nueva cantidad (imaginemos que 150 horas) es excesiva, y se volvería a sugerir una reducción. Y así sigue este decrecimiento asintótico de límites que se van disminuyendo. (Si comprendieron el ejemplo merecen una felicitación, el principio detrás es el de la derivación en el cálculo) —!>

Volviendo a las 300 horas (no entiendo la fijación con que sea un múltiplo de tres), hay que plantearse qué tan bien se estén aprovechando estas horas. De la misma forma que uno se pregunta que para qué cruzó la gallina la calle, cabe preguntarse que para ¿qué van dos informáticos y una filósofa a El Guarco? ¿Ayudar a la comunidad? Sí, en teoría sí, pero ¿se está haciendo de la mejor manera? En otras palabras, ¿un informático que tanto puede hacer involucrándose tanto directamente con la comunidad? No tanto, por su profesión se sabe que las fortalezas que ha curtido durante cuatro o más años no se están aprovechando, porque para ello debería estar él sirviendo en otro lado. Por lo que he oído de otra gente extraigo que queda como un sinsabor en el TCU, un mensaje subyacente que parece decir que al cabo de cuatro años la única forma de ayudar a las comunidades sería o pintando paredes, u ordenando hojas, o haciendo encuestas, y que aquello que se ha estudiado no llega a tener valor a la hora de cumplir la misión de ayuda a las comunidades.

Por esto –entre otros- el TCU parece ser un estorbo para los casi-graduandos. Estos blindspots del sistema son los que ‘maleducan’ a cada estudiante sobre la naturaleza del TCU, los estudiantes no verán la ayuda a la comunidad como algo importante (porque ellos no fueron vistos como profesionalmente importantes), y de ahí es solo un salto trivial hasta que se decida que una solidaridad comunal tampoco tiene nada que ver con ellos. Un profesional que no pueda o no sepa como ayudar a su comunidad/ciudad/país es algo peligroso a largo plazo, y no es que sea culpa de él, sino que tal vez el sistema que en algún momento debió enseñárselo, no lo supo hacer de la manera correcta. A ellos al fin y al cabo les interesaba tener el título para ponerse a bretear.

Modus Vivendi

Aunque parezca obvio hay cosas que deben ser aclaradas, mantras que se repiten para terminar de convencernos de su veracidad. La repetición hace al hábito, y de ahí es sólo un pequeño salto a que se convierta en una verdad. Nuestra verdad. No hay tal cosa como un día normal.

Se podría decir que un día rutinario es un día normal. La circunscripción de los eventos a un marco espacial-temporal parece robarle al azar de su influencia. Sin embargo algún dios, el azar o la teoría del caos (de menor a mayor, en orden de credibilidad) siempre encuentran alguna forma de alterar los más pequeños detalles de las cosas más comunes.

Alrededor de las 7am en la parada de San Ramón; misma hora, mismo lugar, misma línea de bus. Lo anormal: el bus, aunque con abundante espacio, no paró. La razones son impenetrables, lo sabrá solo el conductor. Se genera un tardanza: 1 hora y 20 mins después de salir de mi casa estaría llegando a la…

Alianza Francesa, el minutero ya estaba más cerca de las nueve que de las ocho. La clase parece normal, mismos temas aburridos, mismo ‘amigo de todos los niños’ pululando por ahí, eventualmente la misma evaluación (sabor del día: comprensión oral) y el mismo resultado (sabor del día: ‘no entendí ni shite del dictado). La fractura, la sorpresa de que para el miércoles hay tener un platillo/bebida (definitivamente y por dicha bebida espirituosa) de Martinica. Naturalmente hay que conseguir los ingredientes para el Coco-Punch.

La cantidad de lugares para conseguir esto es finita y limitada, de ahí que la primera idea (y la única razonable): ir al Auto Mercado. Donde la consecución de los ingredientes fue fácil (casi, solo faltó una cosa que igual no creo que se pueda conseguir con facilidad). Lo normal: el éxito, la satisfacción, de una buena compra que irá a terminar en algo con bastante ron, lo extraño: andar paseando dos latas de leche de coco todo el día. (Aunque por un par de horas terminaron en otras manos, o más bien bulto) (el inevitable “JUEPUTA! DEJÉ LAS LATAS EN EL BULTO DE ALEJANDRO” fue muttered en algún lugar del pretil, y por dicha no fue escuchado por nadie).

Del almuerzo con Axel y las grabaciones de Grodd no hay mucho que decir, lo primero es rutinario, lo segundo escalofriante. Luego el encuentro con espectros que ya pasaron a mejor vida (a la vida del graduado en Informática) que aun regresan a asustar a la ECCI. La clase de Rodolfo, la divergencia de la metódica común de la clase magistral, a la inmersión total en la lluvia de cerebros para el MasterMed fue algo sui generis, la aburrición resultante no lo fue, ni las ‘valiosísimas’ colaboraciones de tantas luminarias de la clase.

El ‘examen de Willy’ tal vez se podría considerar la cosa más anormal que haya acaecido a una cosa rutinaria. En un examen, por lo general se beneficia el que ha estudiado, y más allá el que ha entendido, la prueba –como lo sugiere el nombre- debe servir para verificar un conjunto de conocimientos del estudiante. El ‘examen de Willy’ es una oposición total, marcar con ‘x’, pareo y complete, creo que desde Estudios Sociales de 3er grado no veía algo así. Por un momento creí que ya no estudiaba ‘Compu’, que había sido teletransportado a una clase “Cuac” en un “Centro de Estudios Los Patitos”.

Que mi tarea de ruso terminara siendo hecha por una rusa y que mi bus hacia ‘dónde el diablo dejó la chancleta’ estuviese saturado hasta más no poder cierran la jornada fuera de la casa. Normalmente mis tareas las haría yo, y nadie sube a Moncho, por lo que el bus va cómodamente vacío.

Por último, la más sensacional anormalidad impuesta sobre el evento normal. Que en vez de estar haciendo cualesquiera otras sandeces me haya dedicado a escribir en el blog esta tremenda, rebuscada y alargada barrabasada (me pregunto, si alguien lo leerá todo. If so, comentarios por favor. Chava, yo sé que vos estás leyendo esto).

En retrospectiva el día sí fue un día normal. Una verdadera ruptura con el modus vivendi habría sido completamente diferente, quiérase algo telenovelesco; que el atraso del bus me hubiese llevado a tomar el bus de Granadilla en vez de esperar; el bus por disposición de la fatalidad sufre un desperfecto grave y en una empinada cuesta pierde los frenos. La inexperiencia e incompetencia del chofer tienen un único desenlace posible: el bus se vuelca, los pasajeros quedan heridos o inconsciente. Me afecta una amnesia, y estando inconsciente se me despoja de billetera, bulto o todo lo que me permita identificarme.

De ahí la historia se sigue ramificando, termino en alguna organización criminal, o en algún remoto y extraño país viviendo una vida ajena a la mía. Tal vez un puñado de lustros después algún evento del pasado resurge, e inicia el tramo final del viaje: el regreso al inicio, la reconciliación con el mundo, la memoria vuelve: El happy end.

Esto no es más que una fantasía, ciertamente surreal e imposible: todos tenemos rutinas, días normales en los cuales existen mínimas y pequeñas variaciones, ligeros sazones que por dicha evitan que los lunes se confundan entre sí.

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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