estrella lunar de limbo y del Junio 10UTCMartes 2008


Sinfonía Paradigmática

Si la Tercera Sinfonía de Beethoven se llamó poéticamente la “Eroica”, algunas exposiciones paradigmáticas podrían (y le robo el chiste a “Les Luthiers) llamarse la “Patetica”.

La sinfonía se resume a tres movimientos:

Un “lento senza brio senza finale” que introduce la presentación. Los intérpretes siguen al pie de la letra el partituresco pepété, donde escasas anotaciones son lo único que le indican al par de artistas cómo proseguir. La construcción temática se logra por medio de un sonoro e improvisado arreglo de barrabasadófonos que estruendosamente intercambian sus metálicos y poco apasionados sonidos, estalla el caos, ambos intérpretes compiten e improvisan. Desde la última línea el coro de risas burlescas enfatiza la falta de bríos del ensamble. El movimiento acaba de golpe con el canto furibundo de Yadi, la Soprano.

Con la aparición de la Soprano inicia la ‘Marcia Funebre’. Un adagio assai, lento y solemne donde se reclama el desafinamiento del primer movimiento. La Soprano no repara de su voz e increpa a ambos intérpretes previos su incapacidad, mediocridad y su ejecución inconclusa. Las risas de la primera fila se convierten en fuertes voces que se unen a la soprano en su desprecio.

Los connoisseurs apreciarán el Finale, no por su genialidad, sino por agradecimiento. Luego de la tempestad la calma, la orquesta de sandezales, barrabasadófonos y taruguines se reduce de una explosión “vivace” a un silencio sepulcral. Desde la última línea, las voces estallan en un ensordecedor y agradecido aplauso. El “concerto imbecile” ha finalizado.

No hay duda de que la orquesta retoma el leitmotiv paradigmático de los últimos conciertos donde “fugas” de carisma, “larghettos” insensatos y “alegrettos graziosos” han predominado.

Epos Manuélika

En el aire flota un rumor de guerra, un murmullo que fueran alguna vez los cantos troyanos, un eco de sangre vertida en las eternas aguas del Mediterráneo. Veo, una y otra vez cómo las murallas de aquella ciudad que dominaba el estrecho de los Dardanelos son vencidas por argucias, traiciones y decepciones.No, no me siento desbordado por ira, tampoco invoco a las Furias míticas ni alzo el puño desafiante al oscuro cielo nocturno reclamando venganza; luché, como cualquier otro soldado en el campo de batalla. Bien sabía yo que la escaramuza decisiva, la danza de titanes ocurriría a puertas cerradas. Alrededor de dos docenas de prohombres serían sus protagonistas, la sentencia sería definitiva. En particular combate, entrelazados a muerte, habrán pasado las horas, años, lustros, centurias y eternidades. El tiempo pierde el sentido, un universo aparte rige las guerras celestiales. Nosotros mortales sólo llegaremos a conocer el desenlace. Troya ardió.

Los Hados, eternos enemigos míos, así lo han dispuesto. Veo columnas de humo, murallas de fuego y negras nubes de destrucción, escucho la sentencia; mi alma se llena con un aire de tristeza y un vendaval de decepción. Solo el silencio me permite expresar mi insatisfacción, mi dolor, mi luto. Hoy se ha perdido mucho, pero no se ha perdido todo.

Aquellos invasores, atroces y ruines deberán partir algún día, ignoran que al quemar una ciudad están dando luz a un Imperio, pues Roma no es más que una hija de Troya; pues es imposible, incluso para los dioses, la destrucción total.

Sabrán, tal vez, algunos pocos darle otro valor a estas palabras; en especial aquellos que saben que Troya es más que una ciudad y que comprenden el duelo sempiterno entre Oriente y Occidente.

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