En el aire flota un rumor de guerra, un murmullo que fueran alguna vez los cantos troyanos, un eco de sangre vertida en las eternas aguas del Mediterráneo. Veo, una y otra vez cómo las murallas de aquella ciudad que dominaba el estrecho de los Dardanelos son vencidas por argucias, traiciones y decepciones.No, no me siento desbordado por ira, tampoco invoco a las Furias míticas ni alzo el puño desafiante al oscuro cielo nocturno reclamando venganza; luché, como cualquier otro soldado en el campo de batalla. Bien sabía yo que la escaramuza decisiva, la danza de titanes ocurriría a puertas cerradas. Alrededor de dos docenas de prohombres serían sus protagonistas, la sentencia sería definitiva. En particular combate, entrelazados a muerte, habrán pasado las horas, años, lustros, centurias y eternidades. El tiempo pierde el sentido, un universo aparte rige las guerras celestiales. Nosotros mortales sólo llegaremos a conocer el desenlace. Troya ardió.

Los Hados, eternos enemigos míos, así lo han dispuesto. Veo columnas de humo, murallas de fuego y negras nubes de destrucción, escucho la sentencia; mi alma se llena con un aire de tristeza y un vendaval de decepción. Solo el silencio me permite expresar mi insatisfacción, mi dolor, mi luto. Hoy se ha perdido mucho, pero no se ha perdido todo.

Aquellos invasores, atroces y ruines deberán partir algún día, ignoran que al quemar una ciudad están dando luz a un Imperio, pues Roma no es más que una hija de Troya; pues es imposible, incluso para los dioses, la destrucción total.

Sabrán, tal vez, algunos pocos darle otro valor a estas palabras; en especial aquellos que saben que Troya es más que una ciudad y que comprenden el duelo sempiterno entre Oriente y Occidente.