estrella lunar de limbo y del Julio 21UTCLunes 2008


Peace

Estoy en paz. 

No estoy en casa, pero estoy tranquilo. Relajado. La noche es cálida, al igual que el agua. Sí, hay agua, agua termal, mineralizada, el sutil aroma del azufre está en el aire, pero no es molesto, sino simplemente característico, anecdótico. El tímido coloso se esconde tras un abanico nuboso.

Tal vez la piel se rebele un poco ante tanta agua, se extiende, se contrae, se arruga; el resto del cuerpo está a gusto. El corazón late alegremente, acelera su compás. Los ojos se dejan cerrar, los músculos se relajan.

De pronto me acomodo mejor, estoy casi horizontal y veo el cielo. El manto de estrellas está parcialmente oculto, entre nubes grises. Pero las nubes son chistosas, aleatorias, como partes incompletas de una pintura; no nublan, no opacan, sólo están ahí, casi de forma decorativa.

Uno se pierde viendo las estrellas, ve fijamente una, y pronto empiezan a verse las demás. Destellos que empiezan a brotar entre la oscuridad del cosmos infinito. Me dejo sumergir, mis orejas quedan bajo el agua; todo enmudece, sólo el suave caudal es perceptible y el suave latir de mi corazón.

Hombre en agua. El agua a la temperatura del cuerpo. Eterna comunión del hombre, la naturaleza y el ambiente. Paz. Fugaz y eterna.

En el cielo, entre las nubes se ven los resplandores de relámpagos mudos, el trueno, seguramente distante no se percibe. Debe estar lloviendo en casa, en el Valle Central. Lluvias de Ts, de Cs, de Ues. Lluvias de páginas de Internet, lluvias de todo lo demás. Por hoy creé un velo que dejó por fuera el cansancio, el tedio, el estrés, la ansiedad, los nervios. Estuve en paz en la terma, ahora juego con mis placebos electrónicos, pero no pasa más de un jugueteo feliz y risueño. 

Veinte Alitas

La orden es clara, imperativa y simple. Si en un algún pergamino viejo manchado por la tinta, el sol y el agua de mar una instrucción leyera que se deben dar veinte pasos hacia el poniente, ningún necio olvidaría la instrucción. Si en almirante ordenara que veintes destructores cierren el flanco al enemigo, nadie olvidaría tan memorable orden.

Otros métodos mnemotécnicos ayudarán a apoderarse no solo de la frase ‘veinte alitas’. Veinte alitas verdes abiertas voladoras amplias…  el juego de aliteraciones se podría prolongar. Veinte alitas, provenientes de diez gallinas, un insólito juego de reducción. Al recordar diez gallinas se asumirán que son inequívocamente veinte alitas (aunque los buckets de KFC provienen de pollos con tres muslitos). Una exagerada asociación matemática: Veinte alitas: Uno por veinte, dos por diez, cuatro por cinco (seríamos cuatro personas comiendo cinco alitas cada uno), sumatoria de uno a seis pero restándole uno al final, raíz cuadrada de cuatrocientos.

Dudo que la mesera haya utilizado alguno de estos malabares para tomar nuestra orden, el papel y el lápiz se encargaban de suplir a la memoria, a los trucos. Lo importante fue que al cabo de una decena de minutos las susodichas alitas estaban en un plato ante nosotros (en realidad, la primera de las alitas ya había alzado vuelo en las manos de Axel). La instrucción fue cumplida, el tesoro del pirata encontrado, la maniobra de guerra completada. No es difícil tomar una orden.

Conforme la noche progresó, el hambre volvió. Esta vez la orden fue más compleja que las veinte alitas. Malabares de caras, números, productos, bebidas o nachos, hamburguesas y bebidas duplicadas. Naturalmente algo se perdió en algún momento, otro ítem hizo su aparición repetida. Esta vez, papel y lápiz permanecieron ocultos, cuando más se les necesitaba. Los minutos pasaban sin que el alimento se asomara. Entonces, sí es difícil tomar una orden.

Por momentos parecía más fácil admitir la resignación, pegar un grito y solicitar veinte alitas. Era la orden infalible, el as bajo la manga, aquello que jamás podría salir mal. Pronto, la frase se volvió en punchline. Ante cada retraso, ante cada mirada apologética retornaba como un mantra mudo entre los labios. Entre carcajadas cómplices siempre resurgían las veinte alitas, dándole a la noche una característica única y distinta.

Sé que volveré a ese lugar, que incluso volveré a mencionar las veinte alitas, con los epítetos y calificativos del caso; sé también que deberé volver a luchar contra ese alzheimer de vagancia, de dejar al papel y al lápiz suplir a la memoria, la imposible misión de hacer efectiva una orden.

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