estrella lunar de limbo y del August 25UTCMonday 2008


Probando el Windows Live Writer, para publicar con él en mi mega blog. Por el momento no me parece malo.

Pechurricas

El nombre causa impacto. Hay que admitirlo. Pone a pensar, a imaginar. Ciertamente suena a piropo de constru, a algo que se podría oír en el Bulevar de la Avenida Cuatro a la Salida del Colegio de Señoritas. La voz masculina, con tinte sedoso y libidinoso que grita… “¡Pechurricas!”

Suena también a Newspeak, a aquel paralenguaje neologístico político de 1984 (el único cuyo vocabulario que se reduce con el tiempo) que abreviaba frases en una sola palabra para atontar a la gente, reeducarla. ¿Para qué salivar más, gastar más aliento en una frase compuesta si se puede gritar: “¡Pechurricas!”?

Volviendo a la etimología y más importante aún a la semántica nos queda por explorar el significado no-metafórico, el que es simple, natural y soso. Aceptar la palabra por el face-value. Entender pechugas por pechugas, y ricas por ricas. No hay que pensar ni darle muchas vueltas a la tentación gastronómica de las Pechugas ricas, apodadas “¡Pechurricas!”.

Es posible que el nombre esté relacionado con el hecho de que tenga que ser ofrecido “por su nombre y de forma apetitosa”. Quién podría rehusar cuando alguien llega, con sonrisa en boca, y de forma apetitosa y por su nombre le dice: “¡Pechurricas!”.

Afortunada- o fatídicamente no me fueron ofrecidas de esa forma. Las llegué a degustar, sí; pero eso se debió a haberlas descubierto en el Menú de Aperitivos de Pizza Hut por encima de los Breadsticks. Tanto Javier como yo no pudimos evitar exclamar y acompañar de una carcajada el nombre: “¡Pechurricas!”.

En un almuerzo que sólo se puede clasificar como LF, que inició con un viaje a Tibás para escapar del tedio de San José y del voluntario desempleo (presiento un “¡Busque Brete Vago!” por parte de Daniel), que incluyó ver a Gonzo y a una Gallina Disco en Telenoticias, con acompañamiento de Lasagña (nótese el gñ) en el menú, al habitual coro de panderetas cumpleañeras, y al extraño cuestionario que parecía evaluar la sonrisidad de los trabajadores del Restaurante (incluyendo administrativos). Hay que admitirlo: sólo una palabra puede resumir todo esto. Esa única palabra que combina lo LF con lo gastronómico, el asesinato del idioma con la charlatanería: “¡Pechurricas!”

Aunque no estuvieran tan pechu, ni estuvieran tan ricas, lo cierto es que fueron anecdóticas en un día que ya adolecía de propios LFismos nativos a San José, a la Alianza Francesa, o a las peregrinaciones ajenas a mi casa. Podría hablar de jackets y paraguas perdidos, de ‘néanmoins’, ‘or’ y el ‘subjonctif passé’, o de haber descubierto que la “Gasolina” es una canción sobre Independencia Energética. Pero ante todo esto sólo prefiero exclamar el neologismo absurdo, digno de un lunes, meta- y patafóricamente significativo: “¡PECHURRICAS!”

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