estrella lunar de limbo y del September 28UTCSunday 2008


Villains

Hay días, principalmente domingos en los qué no hay nada que hacer. Son días en los que no se distingue claramente entre el sueño y la vigilia, donde una roña y una pereza se conjugan con cobijas y cansancio, pero alargar las horas de vagancia. Un par de almohadas y un control remoto se convierten en aliados infaltables, y pronto inicia el zap-zap-zap, la comunicación infraroja entre el control y el televisor, entre el cañón catódico y la retina. Y naturalmente el cerebro sigue dormido, procesando imágenes a 24fps por inercia.

La industria del entretenimiento ya tienen disecadas las recetas para hacernos felices, ya están establecidos los formatos, los chistes, todo. Estamos entrenados para ver series de media hora y tener que tragarse los anuncios de Ventel en el medio, el desfile de Ervamatim, de electricistas careros, de limpiar el piso con agua sucia.

De una serie ‘dramática’ esperamos que nos resuelva todo en una hora, de las series de crímenes, descartamos ya fácilmente los Red Herrings, y luego comienza el bingo para ver cuál de los sospechosos es el culpable.

Las películas aun tienen una cierta variedad, pero la mayoría se atiene a la receta de dos horas, a sabiendas que ya no tenemos la capacidad de estar concentrados por más que eso en una sola historia. Otras nos hacen un favor y se recortan a simples noventa minutos, unas de esas deberían hacernos otro favor y recortarse del todo, pero bueno.

El elemento crucial, para mí al menos, ha sido siempre el villano. A veces reincidente, a veces simple villano de turno, pero es el villano el que define la trama.

Buscar al villano, descubrir al villano, enfrentarse al villano, enojarse con el villano, sentir repugnancia, lástima, compadecerse de él, querer entenderlo, reirse con él, admirar su plan, todo eso espera uno cuando se guinda de alguna película de domingo.

Esos son los Darth Vaders, Hannibal Lecters, Guasones que se graban en nuestros cerebros, en la conciencia colectiva. Logran trascendencia. Tristemente la mayoría de las veces uno termina burlándose del villano.

Son villanos sosos y simples que avanzan la trama por simples circunstancias, y que tienen que morir porque ya se les acaba su mediahora/hora/dos horas de vida.

Viendo "Harry Potter and the Chamber of Secrets" no pude evitar notar la patecidad del villano. La forma inútil en la que ‘trata de eliminar a Harry Potter’, cómo durante el climax asume un rol del narrador de una lucha entre el Basilisco (que no es un basilisco, los basiliscos mitológicos son diferentes. Rowling es una bruta) y Harry Potter.

Por momentos parecía una de esas series japonesas en las que en el diálogo detallan lo que va ocurriendo, cómo si las imágenes no fueran suficientes. (Todo cortesía de los malos guionistas que escriben a malos villanos, malas tramas, posiblemente alguna vez escribieron guiones para Hercules o Xena). Quien consideraría neceserio gritar. "Ah, has cegado al Basilisco!" cuando es ampliamente evidente lo que ocurre.

Fue en medio de las carcajadas, por los clichés posteriores en el diálogo de Tom Riddle y Harry Potter que me acordé de una pequeña joya que había encontrado en la Internet años atrás: The Top 100 Things I’d Do If I Ever Became An Evil Overlord

El manual perfecto para cualquier tipo de aspirante a dictador, o villano, o guionista Hollywoodense. Evitar la tentación de un últimio one-liner antes de escapar, evitar la imprudencia de divulgar mi maléfico plan a mi mayor enemigo, hacerle caso a los asesores, matar al héroe de la forma más simple. (Poner un basilisco a hacerlo no es la solución.)

Creo que por hoy volveré a mi trono de calaveras rodeado por un mar de fuego a meditar en mis malévolos planes con la mínima satisfacción de que fácilmente podría ser mejor villano que algunos. Que algún día, cuando conquiste al mundo, ningún heroezucho me va a desbancar.

Caras en el Bus

Una pinacoteca móvil, una galería de arte, colección de retratos, ómnibus urbano, todos son lo mismo. Tal vez no sean las obras de Da Vinci, Dali, o Picasso las que estén ahí expuestas, pero sí su esencia.

Sí, la misma esencia que le da vida y sentimiento a los mejores Rubens, Velázquez o Botticelli está presente en un lienzo de carne y hueso, de piel y cartílago.

Hay un trazo de Dürer en algún camanance, un poco de la desesperación psicoactiva postimpresionista de Van Gogh en un ceño fruncido, una ausencia Magrittesca en una cara plana y por llamarlo de alguna forma, translúcida.

La galería nuestra, residente en el interior del leviatán carburante es dinámica, está viva. No perdura la sonrisa de Mona Lisa, ni la desesperación de Edvard Munch, una llamada, un mensaje de texto imprimen de forma instantánea otra expresión en cada persona.

Mutatis Mutandis, se rebarajan emociones, se esbozan reacciones absorbidos en sus propios mundos no se dan cuenta del cambio impreso en sus expresiones, observados, sin ser vistos, por los demás. Confusiones de ojos cubistas, un Miró deforme y voyeur, que observa la psicodelia de Warhol, o allá, en el fondo, las escenas de decadencia infernal de El Bosco. 

Conforme el viaje se acaba desaparecen las caras, desvaneciendo en la lluvia de la ciudad, salir del museo, de la burbuja de metal y vidrio donde fueron observadas. Huyen por las puertas, acompañado por el suspiro hidráulico inevitable.

También yo tuve que pasar por las puertas, ¿serán las de William Blake?, barreras entre el mundo real de lluvia y prisas y pasos, y el mundo interno de observación, de curiosidad y abstracción. Por un instante también vi mi expresión atrapada y enmarcada por caucho en el vidrio de la puerta. Al bajarme, sonreí.

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