estrella lunar de limbo y del October 20UTCMonday 2008


En la Embajada Rusa, Acto I

Todo viaje empieza con un primer paso, a veces pequeño, a veces ambicioso, en otras podría considerarse todo un salto de fe, en ocasiones se trata de un primer tropezón.

Hoy, iba con todas las intenciones de finiquitar mis asuntos pendientes con Rusia, con su embajada; hoy estaba decidido de dejar mi pasaporte ahí para que le estamparan la visa. Naturalmente fracasé, no sólo perdí mi tiempo en un viaje, sino en dos. De ahí que se pueda considerar una Tragedia en dos Actos.

Acto Primero.

Una buseta de Barrio Escalante efectúa una impaciente parada en las cercanías del Museo Rafael Ángel Calderón Guardia, es tierra de nadie, de oficinistas y empresas, antiguas casas convertidas en oficinas, entr los cuales se hacinaban carros sobre el cordón de la acera, o sobre jardines mediocremente adoquinados.

Ahí, en medio de este paisaje pymempresarial la buseta seguía esperando a que la gente lograra acomodarse para dejar salir a un único pasajero que había terminado en el asiento más lejano e incómodo.

El pasajero, y el héroe de nuestra historia, ladró un mísero gracias que fue respondido con el cierre automático de la puerta y con la sonora aceleración del motor de la buseta.

Caminando por la acera con calma, (se había dispuesto a llegar a las once y media y eran las once y veinticinco) terminaba de oír alguna canción de Ariel Rot en el Zune y cavilaba sobre la posible duración del trámite a efectuar.

Terminó de escuchar una canción y guardó los audífonos en la bolsa izquierda del pantalón, dobló una esquina y se encontró por fin ante la puerta de la Embajada.

De todas las embajadas en San José, la Embajada Rusa destaca por ser la menos cordial de ellas. El edificio es un apartamento gris, con más rejas que La Reforma y emana un aire de paranoia, aun más apestoso que la Embajada Estadounidense.

Ante nuestro héroe, estaba primero la cabina de un Oficial de la Fuerza Pública. Un hombre mayor cuya expresión claramente advertía que no era ni recepcionista, ni cuidacarros, que pedirle indicaciones era meterse en una calleja sin salida.

En medio de un gruñido y un suspiro resignado (posiblemente ya sea un hábito tener que dar indicaciones aunque no le gusten), le sugirió a nuestro protagonista tocar el timbre.

Un índice decidido activó el timbre del intercomunicador, se acercó para oir cualquier cosa que le dijeran, pero no hubo respuesta. Asomándose a través de la reja (tras la cual se encuentra la máquina de detección de metales y luego otra reja).

Apareció un hombre. De esos que se reconocen fácilmente por parecer ordinarios, un hombre bajo, gordillo, viviendo el final de su cuarta década y completamente desadaptado al trópico. Andaba en camisa larga que posiblemente un par de horas antes estuviera cuidadosamente abotonada y adornada por una corbata. A la hora que llegué yo, en cambio, ya la corbata había desaparecido, las mangas arrolladas y los botones abiertos como posibles tácticas para adaptarse a la humedad excesiva del día de hoy.

El hombre cruzó miradas con nuestro protagonista quien trató de presentar su situación en una sola palabra. “¿Visa?”. El hombre, cuyo nombre podría ser Boris, o Ivan, o Piotr o Vladimir lo vio con curiosidad y luego con un tono admonitorio, cansado y molesto le contestó con una retahíla hispanocirílica. Entre su acento claramente eslavo y su gesticulación claramente apresurada acertó a señalar una placa dorada, y dar a entender que leyera los horarios. Que me diera cuenta que no eran horas de pretender que me atendieran por mi visa. Llamando mi atención a su mano derecha me decía inequívocamente que tenía que volver a las tres.

Nuestro protagonista, improvisó un vocablo intermedio entre ‘Gracias’ y ‘Spasiba’ y se fue decepcionado. Maldiciendo la anormalidad de los horarios consulares, curioso y divertido por el estereotipo que vio en la embajada y a la espera de que continuara el Acto II.

Fin del Acto I.

Rites of Passage

Me había bajado del bus. (Los que conozcan mi casa, o más bien el trayecto desde la parada hasta mi casa posiblemente podrán imaginar la geografía). Caminaba cuesta abajo, sobre el asfalto, por el extremo izquierdo de la calle, como es mi hábito siempre que camino por las calles del barrio.

Venía de una breve noche de cerveza y tragos. No era tarde, aún había podido tomar el bus público que recorre el trayecto desde la capital hacia la ignominia que el destino bautizó San Ramón de Tres Ríos (nombre falaz, pues ningún Ramón fue Santo ahí, ni son tres los ríos, ni son ríos los Ríos)

Caminaba y veía como mi sombra se extendía frente de mí, larga, y enérgica arrastrandose frente a mí, como una perpetua alfombra negra que debe predecir mis pasos. Según el ritmo de mis pasos la sombra se encogía, hasta que se reducía a nada y luego se barría hacia atrás.

Juegos ópticos de postes y distancias, fuentes de luz y ángulos, sombras y semi-sombras. Técnicamente proyectaba yo múltiples sombras (¿Infinitas tal vez?) sólo que sólo una era más visibles que las demás, la que de repente aparecía frente mí, luego era barrida detrás de mí y luego repetía este juego.

Mejor dejo hasta aquí esta divagación, pues no es con ella con que debí iniciar este artículo. Estoy empezando por el final y me arrepiento de ello, creo que mejor inicio de nuevo.

Desperté temprano con una clara idea de cómo proceder. Alisté el calentador. Desayuné algo ligero. Di aviso y desperté a mi madre y hermana. Revisé la ropa que había dejado lista la noche anterior. Armado con paño me fui a bañar. Un habitual ritual matutino.

Tras la ducha revisé la hora y estaba satisfecho de que todo marchaba con la diligencia digna de un inglés. Luego inició el ritual de vestirme para la ocasión. (Era 14 de Octubre, y a las 10 de la mañana iniciaba mi acto de graduación, la culminación de mi travesía por el Bachillerato de las Ciencias de la Computación e Informática).

Mientras me vestía, me imaginaba las posibles y diferentes formas que ha tomado ese ritual de vestirse en la historia. Mientras abotonaba la camisa, imaginaba las cotas de mallas y las armaduras, mientras ataba el nudo Windsor imaginaba los hábitos de sacerdotes egipcios amarrandose la piel de Leopardo. Todo tenía un orden. Y el orden se había seguido. Estaba listo para ir a mi graduación.

Para quienes nunca vayan a participar o hayan participado en una graduación de la UCR, cabe una explicación, una justificación o aclaración. Pues ahí fue donde de pronto hubo una ruptura con el orden. Después de la ceremonia existió el congratulatorio almuerzo familiar, el ritual de orgullo, de alegría y satisfacción. Tal vez tan sincero que resultara increíble. Luego la tarde donde se quedaban olvidadas las ropas de gala ceremoniosa y volvían los jeans y las t-shirts. Luego la noche con los amigos, las promos de Imperial que se extendían sobre la mesa, los nachos y el chifrijo, tarjetazos y rondas de tequila y finalmente el regreso a casa con que inicie.

En mi presente no-linearidad he evitado por el momento hablar de lo acontecido entre 9:30 y 11:30 en el Auditorio de Derecho. Hasta ahora. En sí llegar al lugar inicia una fase de reconocimiento mutuo, descubrir amigos y colegas tal vez perdidos al cabo de los meses, intercambiar palabras vagas, estrenar el arsenal de chistes sobre andar vestidos como pingüinos, reirse de las aparencias mantenidas y tal vez recordar un chiste añejo. Todo esto mientras el orden de la graduación tomaba su forma estricamente burocrática. Filas y firmas. Ausencias y gritos.

Luego el desfile de entrada, aplausos y flashes. Sentarse. Oir palabras falsamente conmovedoras y autopromotoras, discursos y discursillos de gentes y gentecillas. Guitarrerías e himnos. La Juramentación. ¡Sí, Juro!Luego el desfile triunfal. La vuelta olímpica en un subir y bajar de gradas, estrechar manos sudadas por tantas felicitaciones, la vicerrectora debe tener un callo en la mejilla pensé, más flashes. Un ritual.

Un ritual cuidadosamente pulido por la monotonía de los años. No para elevar la imagen de la universidad, ni para promover el orgullo familiar de padres y allegados, tampoco para hacer romper en llanto a Yuri, la novia de quien diera el discurso por parte de los estudiantes y quien hizo hincapié en lo importante que fue ella para él. (Aunque a mí, como estudiante representado por ese imbécil me valiera un bledo). El ritual era otra cosa, todo el teatro en el auditorio de derecho, tenía un peso imaginario que hasta ahora empiezo a comprender.

No se trata de la entrega del título, ni de la juramentación. Se trata de que es un hecho que en algún momento colgó en mi futuro como algo en lo que debía participar, y para ello necesitaba prepararme, aunque fuera solo con las banalidades de encorbatarme y suit up. En sí la ceremonia fue adormecedora e innecesaria. Algo que se te graba en el cerebro. Luego, en la tarde y en la noche fue un recuerdo de algo importante que no terminaba de tomar forma.

Ese es el verdadero propósito del Acto de Graduación: convertirse en una embriaguez que perdura. Uno cree atravesar una puerta, distinguir un antes y después que se diferencia en la tenencia de un diploma en un estuche, pero no es eso, se trata de dejarse llevar y preocupar por la ceremonia para no distnguir el ligero despertar en el fondo.

Muchas culturas indígenas efectúan ritos de paso que consisten en beber alguna sustancia halucinógena, que tras el vértigo los hará despertar en un nuevo estado, uno de adultez. Hoy a los tres días de mi graduación creo que por fin dilucido mi nuevo estado, ya queda atrás la embriaguez de los ritos de paso universitario. Ya no soy solo un estudiante, sino soy un titulado. Un Bachiller.

El recuento no lineal ha sido para eso, la caminata nocturna y breve fue necesaria, en el fondo de mi mente me preocupaba estar discurriendo sobre sombras y pasos cuando debería haber estado digiriendo los sucesos de horas atrás, ahora comprendo que no los podía digerir si no los había terminado de tragar.

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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