estrella lunar de limbo y del Noviembre 30UTCDomingo 2008


Adieu à Paris

Paris fue una escala corta en nuestro viaje, efecto que se vio acentuado, por la cantidad excesiva de lugares por ver, y cosas por hacer que simplemente quedaron fuera de nuestras posibilidades reales dentro del tiempo que permanecimos en la Ciudad de la Luz (otra cosa es que aunque tuvimos tiempo, no dejaba de ser necesario descansar, y huirle al frío de la manera más tradicional posible: refugiandose en el Hôtel).

Sin embargo, amparados por la Buena Fortuna, la Predestinación (o para aquellos que quieran llamarlo de otra forma: Dios, o la Teoría del Caos) vimos lo que había que ver, y cumplimos una serie de clichés necesarios, además de tener encuentros fortuitos y afortunados, pero sobre ello volveremos después.

Es necesario decir que nuestro hotel (por cosas del destino, y de la gran cantidad de turistas y de mi irresponsabilidad y prolongación indefinida de reservaciones adelantadas nos quedamos sin la posibilidad de ir a un hostal) estaba ubicado a una pedrada de la Iglesia del Sagrado Corazón (sí la de Amélie) en el barrio parisino de Montmartre, conocidos por sus artistas y por ser el hogar de la zona roja (hecho que descubririamos muy tarde, digo… erm… a esas partes no vamos nosotros).

Nuestro primer día, fue frío, llegamos con escasas horas de sueño provenientes de Poitiers, dejamos las valijas con la intención de explorar, conseguir comida, seguir viendo, comer, urgía comer, mae, dónde está algún café, mae, está muy caro, mae, ocupo un sandwich, mae, que hambre, y que frío, jueputa frío, sí mae, rajado, y que tigra, no dormí nada, pero tengo más hambre, mae al fin, ahí hay sandwiches.

Después de nuestro improvisado desayuno, deglutido en la Place d’Anvers, mientras al mejor estilo de Napoleón y sus Generales abríamos el mapa sobre un banca trazando líneas imaginarias de recorridos, expediciones: toda una campaña.

Al igual que a Napoleón, nos derrotó el frío y la logística, y tuvimos que huir a nuestra base a esperar que la habitación estuviera lista (no sin antes roncar en la recepción mientras esperábamos), para luego recuperar energías y explorar París de noche.

Vimos el Louvre (por fuera) de noche, las Pirámides, divagamos entre el Sena y el 1ere Arrondissement, buscando, descubriendo, maldiciendo a las deidades porque no había ningún lugar dónde comer por un precio aceptable. (Long story short, y lo que es posiblemente un insulto a la gastronomía francesa, terminamos en McDo).

Cerramos la noche con unas cervezas en Montmartre, planeando por adelantado el Grand Tour el día siguiente.

Nos levantamos tarde para variar, el desayuno no era más que un recuerdo en las mesas del restaurante del Hotel, decidimos no perder la cabeza por eso, y buscamos entre las callejas cercanas una panadería o un café, encontramos ambos y en ambos -al menos yo- terminé comprando algo de comer (genial decisión porque la comida me habría rendir por un buen rato). No comimos de inmediato, porque preferimos optimizar el tiempo.

Nos montamos en la línea 2, de Anvers a Étoile, salir a la calle, balbucearle algo a Jose, espantar un par de gitanas que indagaban si hablábamos inglés para pedir plata. Pero no importaba, porque ahí estaba el Arco. el Arco del Triunfo y ahí estábamos nosotros con Flashes desenvainados, tomándonos las fotos estándar.

Después de esa sesión fotográfica, nos trasladamos al plato fuerto del día, caminamos por Kléber, vimos cafés sobrevaluados y un Ferrari Store, pero luego llegamos a la explanada de Trocadéro y la primera gran vista sobre la Torre Eiffel. (imagen que habría dejar atónito a José), mae pero que grande, que cool, que grande, todo en el ambiente de negros vendiendo réplicas de la Torre a 1 Euro o algo así. O llaveros, o cualquier tipo de cosa innecesaria que algún loco comprará.

Está de más decir que hicimos la larga fila (durante la cual nos comimos nuestros desayunos) y subimos por el Pilier Nord a la Torre (en elevador, después de Roma, nunca más subir gradas).

Allá arriba (solo hasta el segundo nivel, el tercero estaba cerrado), compramos souvenirs caros, tomamos un chocolate caliente sobrevaluado y tomamos más fotos clichés, demoramos nuestro tiempo (pero todo el timing de ese día fue justo y perfecto, como veremos después).

Salimos de la Torre, cuando el Sol se manifestó por vez primera entre el edredón de nubes que cubría el cielo. Tuvimos así buena luz para las úlitmas fotos de la Tour Eiffel mientras nos alejábamos caminando por los Campos de Marte, Monumento de la Paz y la Academia Militar. Luego agarrar la diagonal hacia el Hôtel des Invalides, comentar la Tumba de Napoleón, y tomarnos fotos con cañones o tanques, y luego caminar hacia el Sena cruzar el Puente Alejandro III, pasar entre el Grand y el Petit Palais y luego los Champs Elisées, donde el encuentro más bizarro de nuestro viajes iba a tener lugar.

En Roma, una semana atrás, habíamos conocido a un par de hermanas brasileras en un Eurotrip similar al nuestro: nos habíamos visto en Roma y habíamos acordado un encuentro en Firenze, día en el cual vimos la ciudad; mientras nosotros desaparecíamos hacia el Twilight Zone en Poitiers, ellas irían a Barcelona, pero volveríamos a coincidir en Paris. Por cuestiones de la vida (aka Communication Breakdown) no habíamos podido acordar un encuentro en Paris para ver la ciudad, (un reprise del día en la Toscana).

Pero ahí, entre la cantidad de gente que abarrotaba los Campos Elíseos, en medio de los niños, las familias, y los amantes que pululaban entre las tiendas del Mercado de Navidad, ahí, justo ahí entre una tienda de Matrioshkas importadas y caras, y otro de Crepas de Nutella, ahí sentí alguien jalarme del brazo, y sonreír, y de repente, nuestra memoria volvío a poner en nuestra boca el nombre de una de las Brasileñas, y como absortos en la coincidencia, solo atinamos a hablar paja, extrañados por el encuentro, porlos juegos del azar, por la ridiculez de las probabilidades.

Tal vez el encuentro, por su naturaleza debió haber sido el preludio de una tarde juntos, o al menos salir en la noche, pero entre la Logística de las Brasileras (que ni siquiera estaban quedándose a dormir en el Centro de Paris, sino a un RERazo de distancia) y el Celular de Jose (que nunca comprendimos como funca) no fue posible coordinar nada después, por lo que solo nos queda la anécodta del encuentro Elíseo, Cortazariano e imposible.

En un arrebato de interés, decidimos entrar al Louvre y ver lo que había que ver en el menor tiempo posible, poniendo mis dotes de cartógrafo a funcionar, esbocé una ruta por medio de la cual podríamos navegar entre la mayor cantidad de obras signifcativas en el menor tiempo posible.

Así, nuestros zapatos chillando sobre el piso resplandeciente y encerado del Louvre recorrimos las galerías de artistas italianos para ver la Gioconda (aka Mona Lisa), las galerías de Arte Griega para ver la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia, para ver luego pintores franceses, tomando fotos aquí y allá de obras maestras que estaban en ruta, ver los Dürers y los Rubens, y luego el Código Hammurabi, los demonios Mesopotamios de miles de años de antigüedad, bronces franceses y salir; todo en cuestión de una hora.

Luego la caminata (que sentí interminable) hacia Notredame, tomarse las fotos de rigor, nuevamente, y entrar. Solo con entrar se percibe ese aroma a catedral cristiana, el olor de velas que se consumen lentamente, de incienso que emana desde algún lugar invisible, aroma de respiración de docenas de personas que susurran o rezan. Y sí, había misa, y mientras caminabamos cerca de las capillas laterales, en la nave central se oía al padre recitar el Padre Nuestro en francés, repartiendo bendiciones francófonas y expiando culpas galas.

Pronto salimos y desaparecimos en el RER hacia la Gare de Nord, donde compramos provisiones para la noche (entiéndase un Vino y un sacacorchos); nos perdimos en la estación, y yo me quedé encerrado en ella a falta de un tiquete de Metro que funcionara (para salir de un sector era necesario un tiquete válido).

Finalmente, logramos salir, abordar nuestro metro y volver a Montmartre, pero no al hotel (por el momento), primero era necesario ir por Souvenirs, invertir en sonrisas (por no decir que gastar Euros); después sí, al Hotel, donde el vino desaparecía conforme mis maletas volvía a rebarajarse para acomodar mejor el peso y los artículos adquiridos, habría cosas que salieron de Costa Rica que no volverán, sino que habrán adquirido una nueva nacionalidad europea. (que fácil es imigrar para los objetos inanimados).

Luego salimos, a tomarnos la última foto de rigor: El Moulin Rouge, divagamos por el metro y fuimos a la Plaza Blanca, vimos el Molino, hicimos los chistes y comentarios del caso y luego caminamos por la Zona Roja, divierténdonos de las mil y una ofertas de Night Clubs (come in, student discount!) (habla español!, buen show), todo esto en antros con nombres como “Hot Pussy’s”  o “Sexodrome” o cosas por el estilo).

Pero todo eso quedó atrás, como quedó atrás la Gare du Nord, porque nuestro Thalys (con Wifi que no utilizo porque está muy cara) corre a toda velocidad a Bruselas que nos espera con deliciosas cervezas y chocolates a nuestra disposición. Hasta entonces…

Where Were We?

Revisando el blog me di cuenta que el último post del blog moderamente cohesivo y significativo fue el de Viena (y hasta ese fue publicado en diferido)! . Dadas las leyes de la relatividad viajera, eso parece haber sido hace siglos ya. El otoño bohemio es una memoria que ya se perdió entre la parafernalia Austrohúngara, o las ruinosa monumentalidad Romana, la nostalgia Renacentista de Florencia y la indigencia de Paris Orly.

Cada ciudad guarda una historia que se compone de toda una antología de viajeros costarricenses desgastados por el hambre, el cansancio y el frío. Todas ellas meritorias de un espacio en este sacrosanto blog, pero entre el tiempo y el cansancio creo que habrá que hacer lo que siempre se hace en estas circunstancia; recortar y resumir, de ahí: Where were we?

Und alles rief: Come and Rock Me Amadeus.

Viena, es toda una ciudad cosmopolita, capital de un país de Europa Occidental, antigua capital de un Imperio de los Poderes Centrales, con una riqueza cultural increíble, llena de Castillos y Museos, con una oportunidad de hacer algo espiritualmente enriquecedor cada noche. Naturalmente no hicimos nada de eso. Sacamos los snapshots mínimos necesarios, hicimos el Daytrip a Bratislava que es como una ciudad de Polly Pocket Medieval, todo es pequeño y cerca, y no Europeo, sino queriendo serlo. Noches en el Wombar (el sagaz nombre del bar del Wombat Hostel) -un hostel con bar es un éxito-. Noches de Lavandería. (además de que Viena muere en la noche).

La Citta Eterna.

Narraría algo del vuelo entre Viena y Roma, sobre levantarse temprano, agarrar el bus, encontrar a las roommates rusas en el aeropuerto vienés, abordar el avión de Niki (sí así se llama la aerolinea), disfrutar el mejor servicio entre los cheapflights que agarramos, llegar a Fiumicino, decepcionarnos de que el hostel que queríamos lo llenaron unos españoles (imagínense aquí una perorata y letanía de insultos que podríamos haber dicho Jose y yo) cinco minutos antes de nuestra llegada, o encontrar otro hostel, menos bueno, que no habría de tener agua por varios días. Pero todo eso carece de importancia, es logística en una ciudad que te exige poner atención en otras cosas.

Roma te obliga a caminar, a utilizar el escaso metro para ir a una parada del Centro. (Termini-Barberini-Spagna-Flaminio…  sí Jose bajémonos a´quí, sí el metro de Roma es una mierda). Ir a dar a la Piazza del Popolo, empezar a tomar fotos en Piazzas, y ver sus fuentes. De ahí empezar a deambular entre los escenarios romanos, que parecen sacados de alguna película de los 50s (tristemente la Dolce Vita ya no es una realidad), Piazza Spagna, y la Via dei Condotti, donde ojeamos los precios humilditos de las pobres tienditas tradicionales de por ahí ‘Dolce & Gabbana’, Chanel, Armani y esos otros chinchorros. Luego a la Fontana de Trevi (pero primero Jose se compró un refresco que parecía mierda, y sabía peor), luego a la Piazza Navona, y después de vuelta al hostel, por la Piazza Venezia, la Via Nazionale y la Piazza della Republica. (Astorga’s Walking Tours! Available anywhere in the world. Call now!)

Al día siguiente el Vaticano, San Pietro y los Museos, tumbas de Papas y joyas artísticas de Rafaello Sanzio y Michelangelo Buonarrotti. Subir 551 escalones para tener una privilegiada vista de Roma. (Jose bendiciendo cosas en las fuentes del Vaticano), luego deambular por ahí. Ir a Trastevere y volver temprano, porque las piernas ya no daban más.

Finalmente el Coloseo, el Palatino y el Foro, sentir de verdad la monumentalidad de Roma, dejarse humillar por la ridicula monstruosidad de sus ruinas, darse cuenta de que edificios de dos mil años de antiguedad están ahí, esperando hablar y contar sus historias, no por medio de la voz acartonada de un guía turístico sino por medio del paisaje que dibuja, la cartografía de su arquitectura. Vagar entre las ruinas de la Casa de Augusto o los concéntricos corredores del Coloseo.

Con ese sabor de boca, nos fuimos al hostel, y al día siguiente a Florencia.

David Censurado.

Florencia. Capital del Renacimiento. Todo en ella es arte, se siente en su geografía, las pinceladas de Sanzio, las estelas dejadas tras de sí por genios como Buonarrotti, Da Vinci o Galileo. Ver los monumentos arquitectónicos o las docenas de estatuas, impresionarse por el marmol derrochado (porque es la única palabra adecuada para describir el excesivo uso de ese material) en la Catedral de Santa Maria del Fiore. Luego llegar a la Piazza della Signoria y ver con decepcion que a David lo censuraron, lo enjaularon en una andamio, recubierto de plástico blanco donde lo están restaurando. ´Luego de ver como un gringo embarcaba a Jose a hacerle preguntas indecorosas a las italianas, el día siguiente nos juntamos con una tribu brasilera para terminar de ver la Ciudad (Astorga’s Multilingual Walking Tours!. Call now!)

El día largo de la Indigencia.

Día siguiente: el día largo de nuestro viajes, pues duraría al menos 36 horas. Se trataría de ir a Pisa durante el día, ver la Torre, que es lo único que vale la pena ver, tomar la cantidad de fotos necesaria antes de que el chiste de la torre torcida pierda gracia. Comer algo por ahí -típicamente italiano- y después, ir al microaeropuerto de Pisa (tan malo que parece el Juansa), luego el pésimo y retrasado vuelo en easyCrapJet, el aterrizaje en Orly, donde pasaríamos la noche en un Aeropuerto que cierra pero no te echa (dichoso Jose que durmió, yo vi series en mi Zune, y luego oí música…). Sin embargo, no hay imagen más indigente que dos jóvenes, acostados sobre un puñado de sillones, sus maletines en el carrito de valijas, abrigados para luchar contra la deficiente calefacción. Una botella de CocaCola a media sobre el piso, y la luz eléctrica del reproductor de música en sus caras completaba la escena de indigencia postmoderna. Turismo sin recursos, viajeros cansados y débiles.

De ahí el Air France Shuttle a la Gare de Montparnasse, y por enésima vez incomodar a todo mundo en medio tren con nuestro excesivo equipaje que hay que montar en algún lado. En medio de miradas francesas habríamos de caer fulminados por el sueño por breves momentos, siempre despertando para cerciorarse de que no se ha pasado la estación en la que debemos bajarnos.

Pasa el Tren por sobre la Loire, pasan campos y pueblos por la ventana y la voz electrónica nos anuncia que nos bajamos en la próxima parada.

Poitiers

Esperar en la estación. Esperar largos minutos, una hora que se prolongaba mientras se reducían los parches negros en el mapa de la estación. En cuestión de minutos ya habíamos visto lo pequeña que era la Gare Centrale de este pueblo, que es siempre un indicio del tamaño de la ciudad.

En sí, no es una ciudad, es un pueblo universitario con una historia añeja, interesante tal vez bajo otras circunstancias, para nosotros, es simplemente un friendly stop, una sonrisa y una cara que nos reciben alegremente. Aquí no habrá snapshots de obturadores hambrientos, Poitiers es otra cosa, un oasis de tiquicia, un parentesis para escapar de los Síndromes Stendhalianos.

El viaje continuará después, y terminará pronto, ojalá no lo hiciera y se pudiera perpetuar, pero bueno, no queda más que aprovechar los días por venir antes de volver a una Costa Rica, fría (por el clima, que tal vez se solidarice con nuestro frío), pero cálida por la bienvenida que esperamos recibir. (hint hint!)

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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