estrella lunar de limbo y del November 19UTCWednesday 2008


Desde la parte de abajo del camarote, empezó a sonar la melodía polífónica del celular que funge principalmente como alarma de uno de nuestros protagonistas (recordemos que el celular de nuestro políglota y ojiverde protagonista se perdió en algún antro Moscovita). Volvamos a nuestra escena, eran las ocho de la mañana y la alarma comenzaba a sonar, rápidamente nuestro protagonista porteño la apagó. Mejor dormir cinco minutos más, aun podrían ir a agarrar el desayuno que terminaba a las diez.

Con el fin de ahorrarme narrar la repetitiva escena de alarma que suena, y Protagonista Porteño que la apaga, mejor digo que a las diez y media todavía estaban en sus respectivas camas, recién quitándose de encima la pereza y el cansancio.

Como a las Once y Algo salieron del Wombat Hostel (donde en el Wombar la noche anterior estuvieron cantando ‘De Música Ligera’ y tomando Cerveza Austriaca un domingo en la noche) hacia la Ciudad.

Alrededor del mediodía y sus menudencias vieron las Sights, Stephansdom, Oper, Hundertwasserhaus, Museumsqueartier, Casa de la Rata (Rathaus, según Di Mare), y un poco más, también se despidieron de algunos Euros que se transmutaron en una sueta (una que espero no sea como mi sueta anterior -la que al final toooodo mundo tenía-) y un par de Schnitezels.

Siempre hay más que hacer, mucho que ver: Mercados Navideños y Palacios. Volver al Hostel y volver a salir. Ir al cine, salir tarareando el Theme Song de James Bond. Salir creyéndose agente secreto, deseando encontrar esa Chica Bond, esa aventura, ese villano y todo lo demás.

El título suena inevitablemente romantica, la lluvia amarilla (oscura referencia que entenderán solamente los del Humboldt) que cae sobre el amplio río, dejando tras de sí una ciudad desnuda e invernal.

Pero todavía el invierno no llega, sino que vivimos aun esa prolongada agonía de amarillo, rojo y naranja. Hojarascas que danzan en el viento mientras marchamos con paso de turistas, de curiosos entre las calles adoquinadas, pequeños cañones donde va un río de piedra flanqueado por las variadas fachadas viejas. De no ser por los ejércitos de turistas, los automotores y los tranvías un casi puede sumergirse en ese mundo medieval. Casi.

La parte vieja de Praga es pequeña en área, pero su construcción laberintina, de calles convergen y se curvan y que fluyen hacia plazoletas o parquecito que uno no imaginaría encontrar ahí. Las torres de las iglesias se convierten en referentes, así como la densidad de otras sombras fotógrafas que también deambulan sin propósito dejandose llevar inevitablemente hacia el Puente de Carlos o hacia la Plaza Central o al Castillo.

Perderse en Praga es perderse entre las sombras de Kafka, Dvorak, Mucha o entre fantasmas de Tanques Rusos y estatuas de Santos.

Pero ahora estoy en el hostel, tomando Jugo de Naranja y desayunando. Y esperando. Y planeando qué más hacer. (Y buscando una lavandería cercana, que el lector suspicaz comprenderá porque al cabo de una docena de días se convierte en un imperativo categórico).

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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