estrella lunar de limbo y del December 21UTCSunday 2008


Aconteceres de Aeropuerto

Son las 6:56 Central Standard Time, estoy en el Aeropuerto de Chicago (O’Hare) y el vuelo -naturalmente- está atrasado. Por las ventanas de la sala de espera se ve la pista, cubierta por el manto blanco de la nieve,  el cielo desde el vuelo que me trajo de Orlando acá está gris y tupido. En fin Chicago está sumido en las tinieblas del invierno.

La sala de espera K5 de la cual mi avión debería haber partido a las 7:30 p.m, está llena de pasajeros cansados por anticipado, a pesar de la relativa comodidad de los asientos, las voces megafónicas del personal de American son capaces de producir un coro de suspiros, de melancólicas miradas a la nieve y a la oscuridad y hay algún que otro insulto en alemán murmurado. El vuelo ha sido -progresivamente- atrasado hasta las 8:45 p.m. y sospecho que aun se puede prolongar más.

La sala de espera incluso ha sido reasignada, o más ante la cada vez más distante hora de abordaje de mi vuelo, decidieron incluir el abordaje de otro avión. Además de los que esperamos el vuelo a Frankfurt, ahora la sala de espera ha sido invadida por los pasajeros que esperan abordar el vuelo a Paris: el resultado natural es un hacinamiento que a más de un claustrofóbico le deparará pesadillas.

En fin estoy aquí, aburrido. Y cansado. Han sido muchas las horas en el aeropuerto luego los retrasos, asientos cómodos e incómodos y como broche de oro el blanco y deprimente paisaje del Midwest, tan lleno de nieve, tan frío. Todo un augurio de lo que no quiero sentir.

Por tanto me trato de divertir observando a los demás pasajeros, descubrir algún tipo de rareza que me dibuje una sonrisa, o al menos me permita hacer un comentario cínico al respecto. Cada aeropuerto ha tenido lo suyo.

Aconteceres en el Juansa:

  • En Seguridad siempre vigilan más al hombre negro. Inevitable.
  • Siempre hay un turista europeo tratando de convencer a la gente de seguridad que no les revisen algún artículo. (“Coño, que la cámara no puede pasar por los rayos ‘x’ porque le daña los píxeles”)
  • Siempre hay una extraña música en vivo a la que nadie le presta atención.

Aconteceres en Miami:

  • En Migración hay que contar la historia de vida. Narrar los eventos que han confluido para llevarme a EE.UU.
  • El personal de servicio es casi todo latino-gringo y como tales destruyen el idioma. (“My amor, todo ok?”). Además de una cierta hipocresía idomática.

Aconteceres en Orlando:

  • El Aeropuerto está invadido por familias obesas y llenas de niños.
  • Existen pasajeros tontos, irresponsables y exigentes (todo al mismo tiempo). (Llegan al aeropuerto cuarenta minutos antes del vuelo, creyendo poder pedir un upgrade de clase, y sin entender las instrucciones del personal).

Aconteceres en Chicago:

  • La gente no entiende cuando les dicen que solo están abordando el vuelo a París. No a Frankfurt.
  • No hay mirada más triste que las de los pasajeros que ven como todos los demás vuelos se van menos el de ellos.

Creo que aun tengo tiempo de coleccionar más ‘Momentos Kodak’ en diferentes aeropuertos, y aquí en Chicago la aventura aun no termina. Con un bostezo, y con una triste mirada hacia el avión fuera de mi gate que no es el mío. Dejo de escribir.

La Lógica De Los Sueños

Estoy en el Aeropuerto de Orlando. Mi avión se ha retrasado. No saldrá a las 2:50 pm, sino, que por atraso, saldrá a las 3:30 p.m. A mi izquierda está mi hermana, lee un libro de Agatha Christie y trata de ignorar, al igual que yo la sensación inevitable de calor. (Viajamos a Europa y hemos decidido llevar puestos al menos un abrigo, para evitar enredos al llegar. Para la Europa invernal un buen abrigo es un artículo indispensable del viaje, sin embargo aquí en Florida Central sólo es una capa calorífica más, y sumamente indeseada). A mi derecha está una estación de recarga eléctrica, ahí está enchufado el adaptador de corriente alterna de la computadora. Bajo el adaptador está mi libreta de viaje. Más allá hay un hombre calvo en cuya cara se dibujan las primeras arrugas disimuladas por el impacto visual de su frondoso bigote blanco, porta anteojos y tiene conectado al centro de recarga su computadora portátil, sobre la mesita del centro de recarga tiene un celular y un libro. La escena alrededor tiene poca importancia, familias y pasajeros que siguen sus propias agendas. Conversan entre sí, o se aíslan, amurallándose detrás de las plegables pantallas de las laptops, o se absorben en sus ipods.

Estoy en el Metro de París, o más bien en el RER, voy caminando entre vagones junto a dos acompañantes, hablamos en español, y discutimos sobre nuestro nivel de francés. Siento alguna preocupación porque yo sé que mi nivel no está al nivel de mis colegas. Ellas también lo saben, pero lo ignoran o no le dan importancia, o al menos esa es la percepción que tengo. Pronto salimos de la estación, o llegamos de alguna forma a un edificio de una típica arquitectura de postguerra. Alto y de concreto, lleno de habitaciones pequeñas y grises, con mobiliario de metal y plásticos, con algunos acabados cromados. Hay un par de mesas, en las cuales tomamos asiento. Hay una cerveza a media acabar sobre la mesa y un charco en el suelo, alguien se disculpa por el caos; ese alguien, un supervisor, nos encarga la elaboración de un informe en francés. Pronto comenzamos a trabajar, hasta que una de mis acompañantes se excusa para ir al baño.

El primer párrafo es un relato real, es una descripción de lo que veo a mi entorno, tan real como la alfombra verde a mis pies, real como los trabajos en progreso aquí en la terminal A de Orlando. El segundo párrafo es un sueño, lo creó mi mente en horas de la madrugada, entre las cuatro y las cinco. Es una imagen ficticia, pero me sorprende que sea más cercana al embuste que a la imaginación. Se trata al fin y al cabo de un relato que podría ser real, he omitido algunos detalles que son personales, pero ninguno que rompiera con el ambiente tan real de ese sueño. Parecía una cinematografía cuidadosamente elaborada, es más, ese sueño parisino ha sido más real que las ilusiones fabricadas por simuladores en Orlando, pues en esos instantes que siguen al abrir de ojos dudé entre la realidad y el sueño. Quise -lo admito y no lo explico- que el sueño fuera realidad, estar en París en buena compañía haciendo un informe, que de repente encontrarme en Orlando con una larga jornada aeropuertaria por delante.

Termino tal vez con uno de los pensamientos más añejos de la humanidad, que no es otro sino la simple conclusión que la barrera entre los sueños y la realidad es muy frágil, y es fácil confundirse y pasar de uno a otro. De la cordura a la locura, de la realidad a la ficción. La vida es sueño.

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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