Es lunes otra vez; al día del sol le sigue el día de la luna como parte de ese baile cósmico que llamamos día y noche. Es lunes, Garfield lo odiaría. Recuerdo aquella vieja caricatura y una pesadilla desquiciante de Garfield en la cual todos los días eran lunes. Creo que a mí no me molestaría ese prospecto, el lunes es un día vivo. Hay gente yendo y viniendo, viviendo sus vidas, iniciando trabajos, metiendo las patas.
Hay unos para quien el lunes no es más que el reinicio de su vida ‘planetaria’, la traslación cíclica de un lugar a otro, sin saber ya distinguir dónde se inicia o a qué se vuelve. Donde la rotación (sí, rotación – tal vez sobre su propio eje-; sí Ale, este párrafo es sobre vos) ocupa el día, midiendo el tiempo según su propio criterio. Son lunes rutinarios falsos en su careciente individualidad, porque el lunes se confunde con un día hábil y se pierde en el anonimato detestable, donde no se distinguen lunes de martes, o de miércoles, jueves o viernes.
Mi lunes es un día libre; incluso podría decirse que no es tan diferente al domingo que tanto detesto. Podría estar en mi casa todo el día, quejándome del calor y buscando un entretenimiento en el cual malgastar minutos, pero no es así, el lunes es para otras cosas. Me alisté relativamente temprano y me fui relativamente tarde (jugar a U-Thant en medio de una Guerra Fría Gatuna no es un ejercicio de escasos minutos), terminé peregrinando a la U.C.R. aunque no me tocara (por motivos de fuerza mayor), tomé fresco y leí, me distraje viendo el paisaje humano que siempre sorprendente con alguna fascinante e inesperado avistamiento. (Aunque jamás supere las visiones desde una banca en la Plaza de la Cultura).
Finalmente volví, vi la novela, estudié sánscrito, escribí. No fue un día productivo, lo reconozco, pero no fue un día tan monótono como el domingo, es un lunes nada más, un lunes otra vez, sobre la ciudad… como dice la canción…

Un nuevo lunes. ¿Qué lo hace diferente de los demás? Día vivo para algunos, dia gris para mí. Un nuevo día gris. El esfuerzo por no hundirse en el mar de la monotonía, en el oceáno de lo paupérrimo. De nuevo a la mar en el quieto y predecible ponto de la certeza. Siempre lo mismo, siempre lo mismo.
Mi ingenio ya está en su lecho de muerte. Atormentado por un día martes que parece haber evadido todos los intentos por escapar al mortal aburrimiento. El tiempo diluye las horas en interminable goteos, que si puediesen ser vistos por el desnudo ojo, juro que este día lo he visto pasar, gota a gota. En caso que la dilatación del tiempo y el espacio suceda en algún lado, sin duda me encuentro girando en el epicentro.
Cuándo el día se niega a morir, el alma impaciente añora el viernes. Una imagen, una colección, una letanía de color. Una memoria etérea, algo así como el fantasma de las navidades pasadas que, sin mayor premonición, se materializa, solo para presentarme que mi futuro, pasado y presente laborales son igualmente aburridos.
* Acá fui por una galletas. Tenía hambre y nada que hacer. ¿Qué mejor forma que ir por un snack para engañar los sentidos? *
Ahora queda esperar. Esperar a que algo o alguien, rompa de imprevisto lo cotidiano. Esperar los eventos venideros que le dan un sentido a estar consumiendo oxígeno, espacio, y recursos en un planeta cada vez más desabastecido. Esos eventos que hacen que valga la pena no dejarse imprimir las teclas del aparato este, cayendo fulminado sobre el mismo, máximo aburrimiento, estampándolas en la frente.
* Oigo en la distancia relámpagos. ¡Maldito tiempo! Me voy a mojar, y probablemente, a enfermar. Al fin un cambio en la monotonía, para variar…*