estrella lunar de limbo y del Mayo 15UTCViernes 2009


Esto es algo entre una alegoría y un deseo:

Érase una vez un ministerio, uno de esos entes kafkianos que son grises en medio del colorido trópico, que son infranqueables e intransigentes aunque el edificio que lo alberga se resquebraje por el moho. Agrietadas también están las caras de los empleados, hombres y mujeres que portan el ceño fruncido como uniforme y que comparten corredores con la angustia, la desesperación y la frustración.

Como en Kafka llega un hombre a sus puertas, digamos que es un ingeniero, uno de esos que juega con relojes que conoce las intimidades de las rueditas dentadas, palancas y martillos, que aprecia su belleza y singular e incansable perfección. Bref, es de esos hombres que no entienden el mundo. Ante las puertas del Ministerio al hombre se le indica que debe esperar. El guardián que parece más una  triste revisión de los pajes Carrollianos tiene como único propósito leer nombres de una lista infinita. Pronuncia nombres y apellidos, pero ignora a las personas. Es posible que sin saberlo pronuncie nombres de próceres futuros, o criminales presentes, o por qué no también el nombre del hombre que lo vaya a matar. Entre ese mar de patronímicos y apellidos hay un nombre que queda sin mención, el del ingeniero.

El ingeniero, hombre delgado y raquítico, kafkiano hasta en imagen, tímidamente y formalmente decide acercarse al guardián. Con el tono que se ha de imaginar para los labriegos que conversan con los guerreros del rey, el frágil hombre alude una falsa ignorancia para inspirar la lástima del guardián al hacer su pregunta. El ingeniero cuenta de emisarios y mensajes, convocatorias para una audiencia con el Ministro. El guardián acierta sólo a mofarse de él, le replica que aquellos que han sido convocados ya han sido atendidos. Él no ha sido llamado, porque no fue convocado, lo trata de loco y le dice que vuelva a su taller.

El hombre queda perplejo. Sabe, con certeza, que sí ha sido convocado, ha recibido al emisario en su hogar, conversó largamente con él, y sabía bien de la audiencia con el ministro. Sú única conclusión es que alguien (uno de esos hombres de bífida lengua) ha actuado en contra suya específicamente, seleccionándolo entre tantos otros para verlo sufrir, humillado y confundido. Frustrado y engañado el ingeniero se deja llevar por sus pensamientos, se reconforta imaginando un mecanismo, compuesto de piezas tan simples que reemplace a los hombres viles del ministerio.

Imagina primero aquel mecanismo que reemplazará al guardián, no es difícil, imagina bocinas, rueditas dentadas y palancas; pronto ya ha sustituido al torpe guardián que lee nombres. Luego lo extiende, lo completa para que sea capaz de sustituir a los malhabidos emisarios del Ministerio, su ambición no conoce límite, pronto ha imaginado un mecanismo total que ha logrado reemplazar hasta al ministro. Satisfecho con su brainchild el ingeniero se vuelve al guardián y se ríe en su cara, se ríe a carcajadas, como lo hacen los guerreros en la embriaguez de la batalla. El ingeniero se sabe conocedor de un total secreto.

En su taller se enclaustra por días, semanas y meses, se entierra entre planos y metales, alterna la risa y el llando, bufa y gime pero pronto su creación toma forma. Al inicio es imperfecta, una obra infantil y primigénea, al cabo del tiempo es simplemente perfecta. Los curiosos se apilan a sus puertas, otros llegan antes este ‘mecanismo ministerio’ confundiéndolo con el real. No ha de pasar mucho tiempo antes de que el guardián y los emisarios descubran a sus doppelgänger mecánicos y reconozcan en ellos una autenticidad superior a la propia.

Pasa el tiempo, el ministerio real por fin cae en el olvido, el mecanismo crece sin control, comienza a reemplazar a otros ministerios e incluso al lejano rey que encuentra alivio en el extremo de una espada. El ingeniero se pierde y no se sabe más de él. Algunos lo dan por muerto, dada por concluida su misión de aniquilar al viejo ministerio carcomido por la humanidad, otros lo imaginan fusionado al mecanismo ven en el aceite mezcla de su sangre, en las palancas de metal parte de sus huesos, en la diligencia y eficacia total el raciocinio fino del hombre.

Un día, sin anticipo alguno el sistema falla y un hombre deja de ser llamado. Decepcionado y enojado, este hombre comprende en medio de su ira la verdad. El error ha sido deliberado, ha sido indefiniblemente humano. Este último hombre ha sido elegido para aniquilar este mecanismo y crear otro en su lugar.

[El título tal vez no sea el más apropiado, pero es el único que me vino a la cabeza tratando de darle siempre nombres de canciones a mis posts. El cuento se pierde en si mismo, este lo garabateé mientras bajaba mi colerón institucional con un capuccino en giacomin, que es lo único que rescato de una extenuante mañana de viernes.]

¡Ah, Mayo! Con sus lluvias intermitentes de abejones kami-kaze, bzzzzzt y un zarpazo de la gata, bzzzt y el choque contra la lámpara de mi mesa de noche, bzzzzt y uno que se queda entre la greña, bzzzzzt y luego el retumbo del folleto de griego contra la pared y, por el momento, un silencio de esos que se agradecen, que alivian del ruido coleóptero melolontiano.

No llueven sólo abejones, claro está, no sería mayo si no cayera agua del cielo; pero esta vez gracias a los dioses del cambio climático. (Pensándolo bien, dios es una buena analogía para ello, pués el cambio climático es un asunto de fe, justificado o contradicho por mil y un argumentos; al final la realidad es tal cual, con los villanos y responsables que cada quien se quiera inventar, llámense dioses, gases invernaderos o civilizáción). Aquí en las cumbre moncheñas de Tres Ríos, ha llovido a cántaros, no sólo a cántaros, sino a barriles y a estañones, he amanecido y abierto mis persianas para encontrar una gris cortina de lluvia que me ha querido asustar hasta ocultarme en mis cobijas, pero el atisbo de fuerza de voluntad me ha hecho enfrentarla.

He salido armado cómo de costumbre con esa pieza de metal y mango de madera, tan sugestivamente bélica como esos pistoletes sigloXIXescos. Fue a su sombra hasta la parada de buses, fui a la U, lo doblé al pobre paraguas al entrar al edificio, en el aula lo tiré a mis pies, en la típica imagen canina de lealtad ahí descansaría esperando que yo lo necesitara primero. Con la entrega del examen de sánscrito de por medio (91, flying high), salí de clases rápidamente, tenía hambre, no había desayunado (sí, porque llovía me quedé un rato en las cobijas, mi fuerza de voluntad no da para tanto) y pues, aun garuaba, entonces tomé mi paraguas, salí del aula sigilosamente, salí del edificio prontamente, llevaba el paraguas en la mano, iba hablando con alguien más, discutíamos, como no llovía el paraguas seguía cerrado. Alguna secuencia de movimientos que no logro ordenar en mi mente fueron ejecutados por mi mano. El resultado, una decapitación inesperado, un trozo de tela sintética y una varilla de metal que surcan los aires, un trozo de madera ultraliviano que queda atrapado entre mis falanges.

Miré al cielo, no sólo por ser el gesto habitual según el que se insultan a los dioses de este mundo sino también porque quería comprobar el gris de las nubes, tratar de descubrir entre los cúmulos de vapor de agua condensable alguna señal de que ese día no fuera a llover, pues ya mi paraguas era sólo basura y no querría ir a comprar otro.

En estos días de lluvia he decapitado a mi viejo paraguas, sin funeral ni gloria, parte de él ha terminado en el basurero, la otra, me ha parecido memorable, digna al menos de ser recordada así. (De por sí la cabeza siempre es recordada por la historia, los franceses revolucionarios las exhibían en las cercanías de las guillotinas, Genghis Khan decoraba sus conquistas con las cabezas de enemigos caídos). He aquí al mío:

Through the Eyes of Jules022

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