Una simple compra, de esas que es una sucesión casi mecánica de eventos, entrar, preguntar, arrebatar el producto en cuestión de un estante, una repisa, o las manos de un vendedor y lanzarse hacia la caja, porque no hay sentido en quedarse más tiempo del necesario en una tienda, buscar la caja más cercana y además ver si en una caja lejana hay menos gente, sí, aquella, al fondo, una sola persona, el brevísimo sprint hacia ella, de una vez preparados los movimientos, sé que voy a pagar con tarjeta aunque el monto sea raquítico, es solo pagar y ya.
Naturalmente, en un local como esos las cosas no siguen ninguna lógica. Llegué a la caja para ver que la mujer delante mío tenía uno de esos problemas que son pura incompetencia de quien compra y desconsideración, ‘ah es que no, este no es, suave para irlo a cambiar’ y se va, haciendo pega en la caja para esa única otra persona en fila que era yo. Pensé en decir algo, pero hubo en ese instante algo más que llamó mi atención y enfocó mi odio. La mujer, en su afán de corregir su compra, dejó todo en la caja, artículos, cédula, sombrilla e hijo. Sí, el pequeño niño, de esos cuyo semblante es de por sí molesto, con ojos abiertotes y claros, cabello rubio que con los años se oscurecerá, estaba ahí en la caja descubriendo el maravilloso mundo de las tiendas de artículos de oficina. Simpática, la muchacha cajera le señaló unas bolas de hule que estaban en un anaquel cercano para que las viera y se asombrara de la pluralidad cromática que pueda tener el caucho. El niño fiel a los preceptos estereotípicos veía otro mostrador, detrás del cual estaban carros, de colección, réplicas die-cast-metal de un ferrari o un qué se yo, un viper o un bugatti. Al fin y al cabo era un ‘CADYO’, un ‘DJUZO’ y ‘YO QUIEDO CADYO’.
Soy un ogro. Lo sé. El niño quería un carro y yo lo veía con ganas de querer estrangularlo, varios pasillos detrás de mí la madre seguía tratando de buscar el ítem que torpemente no había podido elegir apropiadamente la primera vez. En tanto el niño seguía con su fijación, hacía sonidos, reclama por el carro, con los brazos en alto como invocando a un dios benévolo y maternal que lo sacara de su miseria al regalarle el carro chuzo que quiere y que hace cinco minutos ni sabía que existía. La muchacha cajera ya veía con molestia al niño que como una paloma se negaba a reconocer el vidrio y repetidamente le pegaba al mostrador para que alguien por fin le diera la atención a su súplica. El ‘cadyo’, ‘yo quiedo cadyo’. Insistía. La mamá desde varios pasillos regañaba al pobre ‘fer’, ‘pero fer ya le llevo tizas de colores’, el ‘cadyo’, la tizas, tango conversacional a grito pelado. Yo en el medio, ligeramente amused, mientras los empleados ahora sí miserables deseaban ver a la madre y a su hijo perderse. Varios minutos más duró esto. La madre distraída ocupa consultar su lista, verificar y corroborar todo, sí esta vez sí tenía lo que necesitaba e iba a pagar. Me vio. ‘Perdón por el atraso muchacho’ que yo ignoré, como se ignoran los papeles que se reparte en San José. Pagó, también lentamente, siempre atendiendo los retos de Fer que seguía clamando por el carro, la amenaza siempre vigente de devolver la tizas, lo argumentos confusos, el niño necio, la escena se prolongó incluso hasta después de que yo pagara y me fuera.
Extraña historia para el día de los niños, en especial porque muestra al peor tipo de niño, al menos simpático, al llorón, reclamón, al que tiene la madre que merece, torpe y lela, tendría otras historias, las de esos niños poco niños que pasan la tarde en el Morazán entre besuqueos dignos de proyección en el cinema 2000, o los niños espirituales, los ermitaños turrialbeños que irrumpen en media clase de latín, yo con el ablativo atravesado escuchando que el trabajó en un taller para Debravo, que era ermitaño y no misántropo que vendía su librito de poemas y todo eso. No soy amargado, en parte, soy –orgullosamente- un niño, me río, me divierto, hago feo y ese tipo de niñez es la que se merece celebrar, la que da trate de ser una alegría por la vida, por los ratos, no por los niños berrinchosos o los locos.

Comentario al Blog de Julián (Apodo en proceso):
Instrucciones: Elija una o más opciones de las que se mencionan, debe además, dejar una -solo una- de las afimaciones de lado -descarte-.
A-) Disculpá por someterte al niño golpeable, todo por un cartón gris.
B-) Cinema 2000. Lo único necesario para que esa imagen se equiparará con la de el celular de la chancera.
C-) Los niños juegan o mejor decir ¿los niños…juegan?
D-) El caso es que si entendés como dentro de la caja puede haber un cordero a como puede hacer cualquier regalo (perfecto) Sos un niño un niño al cual no hay que hablarle de corbatas.
Been there. ¿Qué más puedo decir? Triple puntaje si por algún designio de El Hado terminás en un Palí. Cuádruple si estás en la caja rápida porque sólo fuiste por unas baterías.
La pesadilla se acrecenta conforme te acercás a la caja. La persona que esté al frente se multiplica en varias instancias de “polada”. Llegan los carajillos con más cosas. Al final, la caja que era para 10 objetos termina siendo para un diario completo.
Cuándo por fin llega uno, inocentemente responde que quiere pagar con tarjeta. El mop de la caja se limita a hacer un sonido que más o menos suena así: “Sólo tarjetas del Nacional”. Esos son esos momentos Kodak de “me lleva Carajo”.