Julián, su blog

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Octopus’s Garden

Publicado el | 11.7.2010 | Comments Off

En algún momento quería escribir del Mundial. No de futbol, sino de Mundial, no de Sudáfrica, ni de estadios ni de hipocresías ni intrigas de la FIFA, ni esas politiquerías, pero del Mundial. Del juego, del show, porque sí es un show que es juego y de la relación entre lo que se desarrolla en la cancha y los millones que ven, reaccionan, celebran y se lamentan. Podría haber dicho que era una destilación del drama. No, no me estoy yendo por la tangente y tampoco es que quiera ponerle los tacos de fútbol a la Poética de Aristóteles.

Sino simplemente a resumir la relación existente entre un escenario donde participan actores que se expresan en un lenguaje particular, común a los espectadores que reaccionan a ese lenguaje. Un penal implica un cierto erizamiento de la piel, aunque bien se sabe que el mundo no cambiará gran cosa si es anotado o no. Una cierta jugada pueder suspender la respiración para luego terminar en un grito. Basta con ver a la gente reaccionar ante el tele, basta con estar uno mismo preocupado por un juego. Basta con ver un gol de Forlán, admirar la belleza de la jugada, para luego preguntarse qué es belleza en el futbol. Me detengo aquí porque sino terminaría tirando puentes mal hilado de cuerdas argumentales flojas entre la teoría literaria y una teoría del futbol.

No hablaré de eso porque el Mundial tomó un giro extraño. No hubo gran belleza: privó lo mezquino y utilitario, hubo tensión: mis favoritos fueron perdiendo, eliminados tal vez por la profética autoridad de un cefalópodo. Y bueno sí, hubo cefalópodo.

Si hace un par de párrafos pude haber mencionado las nociones elementales humanas que están en el futbol, ahora puedo hacer gala de las nociones absurdas humanas que están en el futbol. O en el pulpo.

Empieza como un chiste, una curiosidad, la mera nota insólita. Un Pulpo que predice resultados. También predecían otros animales, pero esos no tuvieron tan buen tino como el Pulpo Paul y el mundo se olvidó de ellos. (Querrá aquí el conocedor de historia antigua, o historia de las religiones preguntarse sobre antiguas culturas que vencidas por otros pueblos más fuertes, se sometían a los dioses conquistadores). Queda Paul y de repente es algo viral y está en boca de todo mundo. Nadie se cuestiona cómo hace Paul la predicción. Simplemente Paul las hizo y acertó y eso basta. ¡Tuvo razón! Paul no es objeto de estudio. La gente se fija en el resultado, lo apoya o lo rechaza; convierte al pulpo en una figura –’el pulpo’ no es El pulpo, sin la opinión generalizada sobre el pulpo-, una representación del resultado, porque en el fondo sabe que la predicción es una boludez, que es un pulpo hambriento y que media el azar.

Y aún así celebran al pulpo o lo maldicen y ya el pulpo fue otra cosa. (Quienes lo defienden están conviertiendo el pulpo que un ser sobrenatural, justificándolo con clarividencias, o con propiedades que la ciencia no logra explicar, no falta quien llegue a decir que Paul es la reencarnación de X.) Cuando el Pulpo se equivoque, no importará, porque ya a manera de excusa alguien especulará, dirá que el pulpo dio el resultado falso para promover una reacción opuesta. El pulpo sabe todo pero nos miente, por nuestro bien. ¿Hemos creado una religión? No, todavía no, pero no se trata de eso. Sino que el Pulpo se nos metió por la cocina y ya lo tenemos encaramado, porque de nuevo es fácil creer en el pulpo por unos días, sea en broma, pero de broma en broma. (El oscurantismo se asoma)

La ciencia llegó a sus límites. No porque se haya descubierto todo, sino porque se ha descubierto tanto que ya no se sabe qué se ha descubierto. Los últimos cincuenta años han sido de revisar y ordenar el saber adquirido a pasos gigantes en décadas anteriores; no es nada nuevo. Ya otros siglos han pasado por eso. (Ah, aquí cabe decir que la evolución tiene sentido, no será selección natural, pero una cierta selección tecnológica: si no tenemos carros voladores es porque nos urge más tener algo como Internet [de la misma manera que nos urge más tener pulgares opuestos que alas]). Con la ciencia incapaz de satisfacer voraces respuestas, se asoma de nuevo la explicación alternativa (necesaria hasta cierto punto porque la ciencia no podrá dar todas las respuestas) y de aquí la tangente a lo radical: a creer en pulpos adivinos o barbudos redentores.

Tal vez el mismo pulpo esté previendo que lo ataco y me deje escribir esto, porque sabe que su fe me aniquilará (por pulpo yo entiendo una metáfora). Tal vez este post sea fácilmente obviado porque no tiene gran importancia porque no dice más que lo que ya es evidente. Tal vez hubiera hecho mejor especulando sobre el Mundial que preocupándome eternamente sobre esos sutiles cambios idiosincráticos. Tal vez no. Tal vez debí hablar de la violencia en Costa Rica. Pero no tengo tantos tentáculos como Paul.

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