All The Small Things
Publicado el | 7.8.2010 | Un comentario
Tosía. Tosía y toda se estremecía. Sé que me vio feo cuando me alejé de ella y fruncí el ceño; hay algo terriblemente repugnante en esos tosidos trompo, no puedo dejar de imaginar los gérmenes esparcidos por el movimiento, toser sin taparse la boca, haciendo que se volvía hacia otro lado, pero sólo imaginaba yo que los gérmenes estaban quedando untados, sí untados como mantequilla en un pan añejo, untados sobre cualquier producto en la góndola del supermercado.
La tipa, achatada en los polos y ensanchada en las caderas, se me hizo insoportable. Todo en ella se me hacía un defecto. No sabía toser y eso me bastó, a la manera de un diagnóstico médico, para emitir un criterio sobre ella. Confieso que no estoy aquí para sutilezas ni consideraciones. Mi voz es mía, quiero usarla contra ella.
No dejaba de toser, yo me di la vuelta aún sintiendo el asco. Yo estaba seguro que era tonta, pues de ninguna otra manera tosería así, menos después de tanta campaña educativa por ello. Hace un año el país entero aprendió a toser. Ella no. Pero qué podía esperar de ella, la ropa la delataba, las caderas fofas, el pelo desgreñado. Y la tos. Esa tos más desesperante que le latido de Poe. La tos que no acababa.
Ya estaba lejos yo. Me alejé. Aún sentía asco y le imaginaba. Todavía con un cierto escalofrío. Me negué, sí por capricho y asco a agarrar cualquier producto de ahí cerca. Son las pequeñas cosas dice el adagio, como saber toser, las que hablan tanto de la gente. Hace un año el país entero tuvo que aprender a toser. Son las pequeñas cosas. Mastico la idea y la llevo hasta el final del silogismo.
Son las pequeñas cosas y vienen a mi mente las fórmulas tradicionales, hola, con permiso, gracias, por favor, que si acaso aparecen ahora entrecortadas por sonrisas automáticas o se ven transformadas en ladridos. ¿Será necesario enseñar a decir esas cosas también? ¿Acaso masticar con la boca cerrada? Con permiso, claro, esa frase se le olvidó al tipo que se me lanzó en el pasillo, no creo que necesitara tanto el champú para embestirme de tal forma. Eso es mío, me dijo aquella mujer, está en el mostrador, dije yo. Sí, pero es mío yo lo tenía ahí mientras iba por otra. Hombros encogidos bajo mi cuello, se lo di porque para qué pelear. Me ahorré la palabra punzocortante porque no vale la pena. Son fanáticos, fanáticos de sí mismos, egoístas. Su espacio, su producto, su forma de toser.
Son las pequeñas cosas en las que se nota eso, esa rastrera egolatría que se les mete por todo lado. Esa ponzoña que se les escapa por la mirada cuando uno dice algo, cuando uno está buscando el champú, cuando uno quiere la carne empaquetada que es de alguien más de antemano, cuando uno se repugna por la tos ajena. Tangos de intromisiones y rechazos. La edad del a usted qué le importa. La reacción a la intromisión violenta. Van de la mano. (Me dicen que por ahí hay alguno de esos escándalos que alguien decidió que eran importantes).
Cabría decir algo más, alguna anécdota más que dé más color a este texto tan lleno de verdes gérmenes. Por otro lado, para qué callar en perífrasis, silenciarse en torpes momentos si es tan fácil señalar el lugar, la gente y acabar diciendo con un tono de decepción que este es un país de polos. Sí. Ah, catarsis. No más recovecos. Se lo digo a usted señora, aprenda a toser, tome un kleenex, suelte el cacique que lleva en la mano, compre un pañuelo.
Las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas corroen, afectan las grandes cosas. Esto es un leap. De dónde saco eso, no lo sé, pero sé que es cierto. Las pequeñas cosas reflejan las actitudes de las pequeñas personas, las pequeñas personas imitan las actitudes de las grandes personas. No conozco suficientes grandes personas para saber si toserán así de feo, pero supongo que también tienen sus egoísmos de ese tipo. Ah, la magia de una suposición. Confirmada por las torpezas de nuestra realidad. Nos tuvieron que enseñar a toser y la gente no aprendió. O lo hizo mientras duró. Así como se maneja para la prueba de manejo donde el soborno la gana. Así como se barre por donde se ve la suegra. Polos. Así como la ecología es bonita, pero fuera de San José donde la basura cae de la mano al caño. Así como van dos millones a Cartago, va la presidente que acaba por chorrear más promesas. El día siguiente es un martes con sabor a lunes, lluvioso y sin gracia como cualquier otro día aquí. Ah, sí, ser polo es la mayor de las hipocresías, es querer aparentar algo, pero más importante su definición es ni siquiera aparentar bien, fracasar en eso y defenderlo. Reaccionar ante el reclamo, sacar la grosería, la mirada de odio. No sé toser y qué decía la mirada de la tipa. No sabe toser, señora, debería corregirlo.
Comments
Una persona dijo algo to “All The Small Things”
7.8.2010 @ 9:41 pm
Las tragedias cotidianas de los sub-mundos. Hoy me pasó algo así, pero tenía el agregado de polada y paranoia. Voy en el bus con mi bolso negro y mis ojor inevitablemente indefinidos y claros. Voy sentada, llueve y huele a axiladeproletario sudada, es normal, es un bus. Se monta una señora bien morena y también de caderas ecuatoriales, se sienta al lado mio y deja a la hija -de unos 10 años- de pie a la par de ella. Bruta, la wila debería sentarse pienso, bueno ante esto, solo queda ser amable. Me levanto y le dijo que ahí esta el campo para que se sienten ambas. “¿Acaso de la asco estar a la par de una nica?” Yo estupefacta, “machilla dolor de huevos, ¡salga salga!” También eso, las ganas de el comentario cutter de cuchilla japonesa. Respirar hondo y no hacer pleito.