Julián, su blog

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Heaven Knows I’m Miserable now

Publicado el | 21.8.2011 | Comments Off

Imaginemos una especie de cavernosa cámara subterránea provista de una breve entrada, cerrada a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna y unas personas que están en ella por un par de horas, atados por la responsabilidad de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligadures les impiden huir, o siquiera volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un videobeam desde un plano superior, proyecta imágenes al fondo de la caverna y conectado a este una computadora, donde los “titiriteros” exhiben sus maravillas.

Las cosas que ahí presentaban, sus maravillas, no son reales. Son imitaciones. Sería fácil decir que es una imitación de una acción poco seria e incompleta, de una extensión desconsiderada, de un lenguaje mal sazonado, empleando cada tipo, por separado, en sus diferentes partes, y en la que tiene lugar un relato y nada de acción, y que por medio de la desesperación y temor logra la profundización de tales padecimientos, promoviendo una débil catarsis fugitiva cuando por fin acaba. Cuando. El final siempre es distante, lejano.

La imitación naturalmente no es sólo el contenido mismo de la exposición, es la exposición misma. El gesto, el acto reprentado está revestido de su mismo significado, esta recursión conlleva –casi por obligación matemática- la potenciación exponencial del aburrimiento y el cansancio. La escena no necesita ser detallada pormenorizadamente, porque las circunstancias específicas no son comunes a todos, basta imaginar el antro cavernoso, estar sentado viendo hacia el frente, imposibilitado de no escuchar las palabras de presentadores, así como imposibilitado de no ver la lenta marcha de diapositivas. Se evoca así esa multitud de horas desperdiciadas en audiotorios con el mínimo interés en escuchar.

Si bien al final, al salir, queda la única flotante pregunta  -¿qué fue eso?- a lo largo del suplicio han debido florecer montones de interrogantes a una velocidad agalopada que pretendía compensar la lentitud agonal del expositor. ¿Por qué está ahí? ¿Para qué está ahí? ¿Qué pretende? ¿Por que está él ahí? Las preguntas más propias, casi existenciales –¿Por qué estoy yo aquí?, se entrelazaban también.

Varias son las decepciones trenzadas. La principal sin embargo se desvive del expositor mismo y de su técnica, su arte. Sin mayores dificultades somete a su público a un discurso finamente construido por una perversa retórica, una poética invertida. Hemos entrado al reino simple –pues en efecto, el acervo intelectual necesario es mínimo- de lo ilógico. Digo simple porque lo ilógica, en la medida que niega lo lógico, consiste en la más pura mímesis, si acaso, condicionada a negar a la vez que imita. Se convierte en una creación distinta –única-, pero sin un proceso creativo detrás. El discurso, donde debe ser convincente falla estrepitosamente, y el humor donde debe ser leve sólo nos recuerda los riesgos de morir bajo un transformador. La comedia fracasa si utiliza peripecias CON padecimiento. El discurso fracasa cuando sus recursos de interacción con el público son ineficaces. Como si las palabras de una persona por sí solas no fueran suficiente para fracasar, se combinan además otras voces –análogas tal vez al coro soez de la comedia griega antigua- y peor las lapidarias voces, consideradas inmerecidamente autoritarias, de un gráfico, un mapa, o cualquier otra cosa con aspecto profesional pero realización simplona. Cuando ya no saben qué decir recitan algo que ellos mismos escribieron en papel. El culmen de la argumentación.

Miserable. Creo que es el sentimiento que enturbiaba el aire. Miserable yo, escuchando palabras necias sin oídos sordos. Miserable aquel que habla. Miserable porque no se sabe imitación, porque él –realmente viendo y viviendo su propia ilusión- no se percata que lo que hace es una cosa incompleta. Si pretende enseñar, no lo está haciendo; si pretende aportar algo fracasa al repetir constantemente que “faltan” cosas.

¿Y entonces?

Entonces entre los espectadores se cruzan miradas. Recuerdan que sólo son espectadores. Que hay libertad. Hay risa, de desconsuelo, desengaño o anagnórisis. Después hay cafecito, más importante: hay libertad.

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