Julián, su blog

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Luces de San José

Publicado el | 11.12.2011 | Un comentario

Las vi. Aunque las oí antes. Supongo que veía hacia el suelo o al habitual celular en la mano, o veía la calle, o veía a la gente llevando bolsas o niños a la avenida segunda, en todo caso veía el gris de siempre, y en eso escuché un bien conocido simulacro coral de truenos.

Las luces las vi luego, indirectamente, las vi viviendo y muriendo en los vidrios de un espigado y solitario hotel josefino. Parecían pequeñas bailarinas ocupadas con sus danzas, o más bien parecían juegos infantiles, o aún más simple, más elemental: luces que se persiguen como quetzales dorados remontando el cielo. Para los griegos los cometas tenían cabelleras como las mujeres, y así también algunas de estas podrías haber sido pequeñas niñas que sin ton ni son corrían hacia alguna oculta estrella cuyas cabelleras se agitaban. Otras luces más bien parecían frondosas copas arbóreas, por un segundo al menos; antes de desintegrarse en la múltiple fuga de titilantes puntos verdes hacia la inexistencia. Y así también efímeros globos de luz, saetas coloridas; todos los vi reflejados en los vidrios de ese no tan cercano hotel.

Si no veía las luces de verdad, las centellas fulgurantes de San José, se lo debía a ese bodoque amarillo decorado con ofertas extranjeras de cervezas extranjeras y vicios de importación. Pronto no me importó: un interés adolescente por la física, y la indiferencia de años posteriores me han permitido no sólo fabricar explicaciones y teorías verosímiles, sino que también me han liberado de cualquier preocupación por su veracidad. Si lo que pensé en ese momento de contemplación de las luces en los vidrios del edificio hubiera tenido alguna coherencia lógica habría sido algo así: los fuegos artificiales emiten luz, el reflejo en los grandes ventanales del hotel es un reflejo de esa luz, todo reflejo también es luz (que lo diga la luna oculta de esta noche), por tanto, ergo y q.e.d. ver el espectáculo real o el reflejo proyectado en el Holiday Inn daba igual. Además, el sonido -indiferente a mis problemas de perspectiva- me anclaba a cierta inmediatez. El olfato, en cambio….

Una brisa decembrina alzó el acre olor del orín desde un húmedo y oxidado vértice hacia mi nariz, apenas para ser relevado por el empalagoso dulzor del perfume de una prostituta, quien teléfono en mano y “amorcito” en boca, medía el tiempo y el espacio con siete pulgadas de tacón. Iba, seguro, a buscar sus doscientos dolaritos, precio estándar según un gringo atolondrado en el automercado, quien había vaticinado que no le habría de importar mucho el festival de medias-luces.

Ya después llegó el bus, los de siempre que no somos nunca los de siempre lo abordamos. La ruta no era la de siempre: pasó al frente del Calderón Guardia, como siempre atestado de gente, como si fuera una cuadra perdida de la Avenida Segunda, con todo y ambulancia y sus luces, y camilla. En ella inconsciente, un hombre entraba por la puerta grande a Emergencias.

Conforme mi bus se alejaba de San José, más jugaba yo con las observaciones hechas en esa no tan breve caminata desde la calle de “Mi Oficina” y del “Momentos” hasta la cuadra del “Del Rey” y del “Horseshoe” (en San José, por lo visto las referencias se pueden hacer de un putero a otro). Ese festival, según alguna luminaria, era una fiesta para los pequeños no pueden ir a Disneylandia; opinar sobre esa frase es casi tan vulgar como la frase misma. Aún así, negar los flujos de gente que convergían y divergían por las calles es innegable, eran innegables también los buses llenos que desde Heredia fluían a San José, innegable mi periplo de salmón en la Avenida Central, armado con un morral de cuero contra la violenta corriente de familias y sus compras navideñas que verían una carroza y ya, porque ¡los chiquitos amor, pobrecitos! no han comido, gordo comprémosle un combo, contra los novios con sus besitos muy cachichurris como en una mitosis elástica inconclusa, que te suelto y que te abrazo, de la mano o de la cintura, el aprete, o la mano en la bolsa-nalguial del pantalón ajeno, o contra los grupúsculos de amigos que más parecían jaurías de hienas risueñas o chacales gritones deslindados en muecas y gestos como esos ahí, al frente del “Del Rey”, que se carcajearon porque dos puellae inter iuvenes, nenas de quince o dieciséis, en la esquina se detuvieron y para molestar a sus amigos, se contoneaban deslizando las yemas lentas de su manos  por su caderas, guiñando ojos, y estallaron así las risas de los vendedores ambulantes con sus cajas falsas de cohibas dudosos, y un amigo de ellas, uno del grupo, al mejor estilo del galán llega y coloca una mano en la cintura de cada una, les dice algo al oído y se ríen todos y bajan juntos la calle.

Gente no faltaba en las nimias callejas capitalinas. Tampoco sonido: había risas, varias, había gritos, otros tantos, había –como en cualquier convergencia masiva de niños- llanto y gritos entrenzados, prohibiciones y regaños. Había incluso aún más vendedores ambulantes y –a pesar de los nominales esfuerzos de las autoridades- niños vendiendo el “confeto, confetti confeto a cien la bolsa”. Había gente vestida con sus ropas veraniegas adaptadas a la brisas. Había gente de toda tribu social, de toda etnia, y hasta tal vez de toda clase social. Sin duda alguna dijo presente todo el espectro geológico del casco metropolitano.

N’importe quoi faltó color.

En televisión luego vi parte del desfile, con su música y sus marcas telefónicas priapistas. Hoy no sé -ni me importa- quien ganó, si es que alguien gana. Insisto con lo del color. Tampoco hablo del “color” cuando siempre hablan que es una fiesta colorida. No es eso aunque tal vez sea algo semejante. Al igual que las carrozas –que no vi, pero imagino- o las bandas (que vi aniquiladas y regeneradas por el milagro de la electrónica, la radiotransmisión y un viejo buen fusil catódico) también en las gentes y gentecillas había colores en sus ropas, pelos, zapatos, tatuajes (polos y no polos, aunque todos lo son), bolsas y bolsos. Un buen snob hasta podría empezar a recitar los pantones (pantontos), numerarlos, computarlos y decirme que son un montón y aún así: faltó color.

Mientras más veo, menos sé: menos precisa me resulta esa idea que era real ayer a esta misma hora, y que ahora es lívida como precisamente el contenido de aquella, mi percepción.

Es diciembre, por lo visto el sonido de bombetas y fuegos artificiales suena por doquier. Aquí las oigo y no la veo, tampoco hay reflejo que las traslade a mí, ni siquiera un atisbo de color en las nubes. Y así, tampoco la estesis es la misma (estética, más que el mero degradado de “belleza”, refería a lo sensible, y a la sensación en sí).

Tal vez sea tan simple como eso, dijo Occam: la percepción de esa falta de color era sólo posible con el contraste de ese fulgor efímero en el reflejo de las altas vidrieras del hotel. Fulgor que a su vez acababa en pólvora quemada, cayendo lento sobre la capital. Caída universal, del extremo máximo de la luz colorida del brillo, cae como ceniza turbia hacia los ocres tonos de la nocturna ciudad. La ceniza cae porque pertenece al suelo: porque más que la gravedad la atrae la opaca luz ladrona del color de la ciudad, ciudad de putas o borrachos, ciudad sin luz, ciudad muerta de edificios vacíos, calles repletas, carrozas lentas, y espectadores inertes. Ciudades de gritos y risas, menos alegres que el más oscuro (e íntimo) silencio.

Así tal vez es que cae esa ceniza, caída universal, caída leve. Leve caída sobre el más oscuro festival de luz, ceniza invisible e imperceptible, velo silencioso de un fin, ceniza que cae sobre todos, sobre los niños y sus padres, las putas y sus papis, los vendedores y su propia ceniza falsa de papel, sobre las parejas amantes y los matrimonios pugnantes, sobre mí: descenso final sobre todos los vivos, sobre todos los muertos.

Comments

Una persona dijo algo to “Luces de San José”

  1. Ale
    12.12.2011 @ 10:01 am

    ¡Es brillante! A ratos atribuí experiencias psicodélicas al escritor, por tantas luces. Pero es todo un ejercicio de comunicación. Hacia el final de la lectura le he encontrado al texto algún sentido, más próximo, más inverosímil, más tico.

    Saludos.