Bocanada
Publicado el | 29.2.2012 | Un comentario
Un hombre fuma. Es una de esas indeterminadas horas de la tarde en la que la tibia luz del sol y el fulgor tímido de postes y farolas se confunden en una atmósfera suave, tal vez parezca un cuadro impresionista, tal vez también una fotografía añeja de los setentas, en todo caso se distancia de los fijos colores del día o del mano triste de la noche. Tal vez el humo que el hombre emana de la boca sea azul, aunque probablemente no lo sea y únicamente sea gris, simple y tóxico. La distancia, unos 25 metros, pierde cualquier rastro del hedor típico del cigarrillo, esa ausencia tan marcada torna la escena menos real, como algo que podría estar ocurriendo en televisión, lo único que rescata la realidad, que compensa la ausencia es la expresión en la cara del hombre. Tal vez lo más común sea imaginarlo con la cabeza elevada soltando tras cada inhalación una suave bocanada al aire, una nube pequeña que ascienda a unirse con su más estratosférica progenie. Sería propio de un comercial figurar la mano que sostiene el cigarrillo entre el índice y el dedo del medio colgando floja del lado izquierdo y notar el leve golpe del pulgar que hace caer ceniza al gris asfalto. La realidad se impone con su diferencia: el hombre fuma con la cabeza gacha y los ojos fijos en la lumbre a un extremo del cigarrillo, los brazos están tensos, entre cada exhalación e inhalación el cigarro difícilmente se aleja a más de una cuarta de sus labios. No hay tranquilidad en su gesto, una pie lleva un endiablado ritmo del golpes sobre el cordón de la acera. La tranquilidad la piensa obtener del ardiente tubillo de papel y tabaco que sostiene.
El hombre es un motociclista, el casco descansa en su brazo derecho, él mismo descansa sobre el asiento del scooter. Es imposible saber si el hombre acaba de salir de alguna oficina y el cigarrillo representa un necesario ritual para enfrentar el tráfico josefino, o más bien si el cigarrillo es el último aliento antes de entrar en algún gris edificio de esos en los que en tardías horas nada bueno ocurre. Tal vez la elección del lugar no tiene importancia alguna, fue el primer lugar donde se pudo detener, una escala posible en medio del rutinario desplazamiento entre casa-trabajo-casa. La escena no tiene inicio algún y no tendrá final. Yo habré seguido mi camino antes de ver si entra en alguna puerta, o si confluye nuevamente en el aluvión vehicular.
Ayer, en particular, presté atención a los fumadores. Los observé, ellos mismos se hicieron notar, hablaban de sí como una orden secreta, abiertamente condenada. Entre risas que mal maquillaban su preocupación los exégetas bufones de la ley comentaron sentencias y prohibiciones. Muchos querían tener su “último cigarro”, así, a la manera de los sentenciados a muerte.
Al otro lado de la calle, en la acera opuesta a la del fumador también hay cambios. Máquinas van y vienen sobre una calle que ya no es calle. Sólo quedan aceras que bordean nítidas las entrañas grises de una calle a la que se le ha arrancado el pavimento, revueltas y rotas como las más brutales escenas de despellejamiento que los occidentales comúnmente llaman “tortura china”. Sobre las aceras nada ha cambiado, la gente hace filas de bus, entra a los negocios y sale de ellos, sube o baja la calle en dirección a Plaza Víquez, o en dirección a la Avenida Central. Otra cosa también ha sido arrancada de esa calle: el nombre.
El Paseo de los Estudiantes desaparece. Tiene sentido, hay pocos estudiantes ahí. Abundan más los negocios chinos, los restaurantes chinos, los habitáculos chinos. Es, a todas luces, un barrio chino. Perviven algunas pocas librerías, librerías de segunda con estantes ordenados o con confusas cajas en las que conviven escasa cumbres literarias con papel vomitado por textos baladíes. Esas librerías, poco frecuentadas por los estudiantes no son suficientes para que esa calle mantenga su nombre. Tampoco lo logra el Liceo de Costa Rica, terminus del paseo e institución centenaria que ha visto el término “liceísta” trocarse de epíteto presidencial a calificativo despectivo.
Todo fluye. Tal vez el tránsito a esa hora no, pero la ciudad entera sí. Cae perpetuamente, cómo los errados átomos de Demócrito, en un eterno movimiento, mínimo pero decisivo. Los estudiantes y el fumador, tal vez no lo sepan, pero están unidos por haber vivido en un San José que deja de existir. Bueno para algunos, mejor para otros, pero diferente y hostil para los que quedan. Tal vez por eso el motociclista fumaba así, inhalando desesperadamente algo de su sutil San José.
Tags: barrio chino > fumado > ley antitabaco > paseo de los estudiantes > san jose
Comments
Una persona dijo algo to “Bocanada”
16.3.2012 @ 8:06 am
Quedarán, como ésta, algunas imágenes del viejo San José. Una ciudad es sólo una interpretación espacial de sus habitantes, y en particular, de su ansiedad. Para el 2012, la ciudad ha perdido sentido como refugio o hábitat. Impera la perspectiva utilitarista, definición de lo moderno, de lo hip & trendy. Y aunque personalmente aborrezco la atmósfera del fumador, reconozco que éste ha sido un buen fuego. Gracias por el fuego. Saludos.