categorí según la taxonomía astorgiana: Barrabasadas


Un terremoto no tiene inicio. Es un extraño in medias res (que es latín, pero que no significa a media vaca) porque irrumpe, destroza, fracciona, fragmenta, bota, rompa, quiebra, raja todo lo que ocurría y lo cambia por un prolongado susto, un instante vital y fulminante donde solo existe el presente, un aniquilador presente que se pierde en su mismo vértigo y se alarga hasta que haya que respirar de nuevo o la tierra deje de moverse. Hay tanto que pasa por la mente y más aun que se hace, porque importa el presente, la confianza absoluta que si se sobrevive ese presente se sobrevive y punto. Cuando se oyen las cosas caer no importa si uno quiere ir a estudiar al extranjero o si uno quisiera llegar a los 60 o a los 80, porque en ese instante nada de eso importa, pero sí importan la columna de seguridad o salir corriendo afuera y todo cayendo y pasos y correr y la familia; y así lo imagino para tantos chilenos corriendo, caminando, destrozado su sueño por el temblor, extrañamente frotándose los ojos para volver a la vigilia, en esa calma inmensa después del temblor, justo para ver en la penumbra cómo la realidad se trocó por irrealidad y ruina. Todo a pedazos.

Un terremoto tiene muchos inicios, o muchas causas, porque los sismólogos hablan de subducción, de la placa Nazca, de sistemas de fallas, pero hablan con un cierto tono de apología , porque son sismólogos que de sismo tienen mucho y de logos poco, porque si tan solo fuera posible predecir, pero ni modo, nada que hacer sino dar explicaciones como si eso consolara a los que están en la calle sin tele para verlos explicar que es imposible predecir cuándo va a ocurrir. Solo modelos y simulaciones. Que son interesantes, pero también lo serían si el sismo hubiera sido en la Antártida donde los pingüinos no se quejarían ni llorarían en CNN (estoy seguro, eso sí, que la GreenPeace encontraría formas de hacerlos llorar conmovedoramente para la comunidad internacional)

Un terremoto tiene un final. Y continuamente vivimos en ese final. Si alguien lee esto, lo está leyendo después de un temblor, sea que lo haya sentido o sea que lo vivió a distancia a través de imágenes en algún periódico, revista, página de internet o en televisión. Pronto pareceré un insensible, por decir que el mundo sigue. Fue cambiado, sí, pero sigue. Existe un momento en el que impacto de la catástrofe ajena golpea, es como un curiosidad, un evento del que hay que saber algo y saber reaccionar: Si fuera un temblorcillo uno piensa en la canción de Soda Stereo que es una mera metáfora para el pibe que se masturba y sí es más fuerte entonces es un temblor para quedar con cara de susto, porque luego la carcajada y nada malo pasa hasta que uno ve gente que queda cinchoza, pero a la vez Jill Paer. Últimamente, sin embargo, está aquel otro extremo donde los periodistas internacionales insisten en no tener palabras para describirlo, pero aun así no logran callarse en sus transmisiones llenas de condolencias, notas repetidas, imágenes adquiridas de tercera de una cámara de seguridad, la familia llorando porque se cayó todo y todos lloran y siempre que hay que desearles oraciones y rezar por ellos y ayudar si es Haití o tener calma si es Chile y aprender de códigos sísmicos. El asombro inicial dura un rato, luego la consternación, la ansiedad de ver cómo se reacomoda el mundo, las familias, los gobiernos, especular (sí, Haití será de nuevo como una colonia, dependiendo de EEUU, Brasil y Francia) [interesante lo de Chile, sí, el nuevo presidente la tendrá incómoda] y luego el mundo sigue normal, yo como, tomo, amo, vivo como si nada. Como si no fuera conmigo. Porque, finalmente, no lo es.

El mundo no tiene final. Eso creo yo, pero noto que hay gente convencida de que lo tiene, que el planeta prosopopéyicamente actúa por su propia cuenta, como un perro que se rasca las pulgas, porque somos tan malos y terribles y olemos feo y consumimos recursos y somos el diablo y por eso merecemos morir, como si se tratara de un guión malo de una película de M. Night Shyamalan. Estas cosas pasan, han pasado, nos ha matado miles de veces y aun estamos aquí. En un mundo sin telecomunicaciones nadie en Chile sabría que en Haití había temblado menos de dos meses atrás, y alguien en Costa Rica no sabría de ninguno de ambos, ni en Alemania, ni en Kasajistán, ni en el Sudán, nadie andaría inventándose ni viendo fines del mundo donde no los hay. El planeta está vivo y actúa a su forma, obedeciendo sus secretas leyes, sus eónicos itinerarios, nosotros somos la pulga, sin saber la dirección que toma el perro [a veces es fácil entender por qué algunos antiguos creían que el mundo existía sobre el caparazón de una tortuga]. Al perro ni afectarlo realmente podemos, más allá de una buena roncha. Por cuestiones de economía (en su sentido original, de sapiencia del hogar, y no en su reducción financiera), creo en la conservación, en buscar un balance entre lo que tomamos y lo que protegemos, el mundo está cambiando, cada día el mundo que conocemos es menos verde, o está más habitado, o algo ocurre. Las cosas raras veces vuelven a su forma original, hay una violencia que nos impulsa hacia la tierra desconocida que Shakespeare o Hamlet llaman futuro, en Chile construirán nuevos edificios, en Haití nacerá más gente, la ciudad de Belgrado ha sido destruida y levantada 44 veces y donde existió Pompeya hay de nuevo una vibrante ciudad; el ser humano es cucaracheso en su habilidad de supervivencia, y terco como una mula. El mundo sigue, gira, pasan los días y el mismo mundo olvida sus grietas, el perro persigue su cola y olvida el piquete.

¿Será por eso que estoy conforme? Ante la polaroid de terror que trasmite la noticia sobre un terremoto, ese instante donde uno imagina todo, las cosas que caen, el edificio que se agrieta, llega esa calma, ese consuelo a lo social, a lo global nada nos matará jamás a todos. Y a lo individual, me quedo con la razón, sé que mi casa es sólida, lo suficiente, sé que es poco probable un sismo así, sé que es más posible morir atropellado o víctima de la inseguridad, o por qué no, de un plato de comida mala, la razón camuflada de cinismo, cargada de algo que sabe a resignación que me hace decir que si tiembla, ¿qué se le va a hacer?

La mañana es fría y oscura. Es nubosa y tiene esa pinta de lluvia que no se va a ir por un buen rato; ya puedo imaginar a más de un romántico creyendo que por alguna razón lo metereológico tiene que ver con lo político, que es natural que por el resultado de la elecciones el día amanezca triste y que hoy no hay ganas de hacer nada y que qué feo. El día seguirá con normalidad, como cualquier otro día, desde mi cuarto escucho los pajaritos, los intuyo felices por el día así y sé que los perros también andarán dando vuelta en el patio y que el día no será diferente a tantos otros, unos celebran el triunfo, otros –como dijo alguien en Twitter- ya saben lo que los futboleros sintieron cuando se fracasó al ir al Mundial. Son los gajes de la democracia: algunos partidarios saldrán decepcionados y se ven las caras largas del gol en contra, del partido que se pierde por goleada al minuto diez y ya la gente sabe el resultado y otros harán comentarios incoherentes como que los resutlados están raros y darán a entender una sospecha silenciosa de esa palabra con ‘f’ que me aturde y cuya sospecha me parece absurda. Sh! Ese rumbo no es el que tome este blog.

Amaneció también otro grupo nuevo en Facebook, lleno de resentimiento e indignación: “Laura no es mi presidente”. Yo insisto en no tomarme las elecciones tan personales. Costa Rica eligió. Laura Chinchilla es la nueva presidente de Costa Rica. Yo no la elegí, sin embargo no por eso deja de ser mi presidente. (No tolero el lenguaje inclusivo, Laura es presidente, sin ningún chiste de travestismo del Paté Centeno de por medio). Yo no la elegí por varias razones, que se resumen en que no encontré en ella ni en su plan algo que mereciera la confianza del liderazgo de un país. Quien la haya elegido, espero, tenga sus buenas razones para haberlo hecho. Su campaña tibia, sus recitales de promesas, y la media docena de puntos específicos que tocó no me convencieron por mucho.

Tal vez yo peque de cierto resentimiento, también. Siempre hay algo de hincha amargado que antes de decir por enésima vez que de fútbol nada quiere saber, siempre habla volúmenes del último partido que vio, para justificar su fuga, pero de la campaña ya hablé suficiente, del sistema no puedo decir nada sin pecar de anti-democrático, sugerir un examen para los votantes, para garantizar que estén entendiendo qué es lo que están votando sería visto con malos ojos. Y eso ¡dios libre! Sería casi tan malo como quebrar una hostia y echársela en la bolsa a un candidato.

Me quedaría hablar de los votantes, pero son tantos, tan pluriformes, cada uno una historia, una justificación diferente entre sí, que cansa sólo el prospecto de imaginarlo. Tuve, por cuestiones de la vida, que ir el sábado allá al norte sancarleño y el domingo al valle de Orosi y pude ver las banderas y los comportamientos de la gente. Intuía el triunfo de liberación, ahí lo empecé a entender, repensando en los debates, cosas que yo veía como fracasos, para otra gente eran enormes triunfos de Laura Chinchilla (verbigracia la insólita defensa de la memoria de Pepe Figueres), y así con todo la demás. Las prioridades de otra gente son diferentes a la mía, sus necesidades otras y las atenderán buscando a un candidato que les ofrezca cosas inmediatas; para muchos efectos prácticas Costa Rica es un potrero, uno con internet, pero potrero al fin, con preocupaciones de pueblito; tanta gente entiende poco de economía que los números de Ottón Solís don’t amount to a hill of beans, ni siquiera si son los nuestros; la campaña es diferente en cada lugar. La gente busca mantener su status quo, visión no necesariamente egoísta, pero sí, a veces, tan rural, donde no importa si China o no China, ni tantas cosas de principios, o reorganización, o políticas de protección, impuestos (que es una palabra que siempre asusta) cosas tan políticas, tan poco que ver con tanta gente que más bien se alegra de una mujer que sea presidente, porque es mujer, y que es por eso que el PASE simpatizó lo suficiente para cuatro curules, igual que Fishman que también se sonrió su camino a una diputación.

Yo voté, no lo anulé, tal vez la apología deba ser este post en vez del artículo en la nación, no lo sé. No me lamento. Quise ayudar a un partido a alcanzar una madurez que sólo va a lograr con la responsabilidad sobre los hombros, no fue así. Los votos, las papeletas, serán disecadas en próximos días en el TSE, pero ya todo está dicho. Costa Rica tendrá una presidente y yo seré de pronóstico reservado. Volveré a mis historias de mujeres que hablan de embutidos en el Automercado o figmentos de mi imaginación en el bus de San Ramón.

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