categorí según la taxonomía astorgiana: Ficciones


Cuantas posibles interpretaciones pueda tener la postura de una persona lo evidenció no hace mucho un suceso en los estudios de cine ruso Moszroprom; evento quizá insignificante y que no tuvo tampoco consecuencia alguna, pero que tenía algo de espantoso. –En los estudios apareció un hombre viejo solicitando trabajo durante el rodaje del filme “El Águila Blanca”, que trataba de los Pogrom en el sur de Rusia antes de la guerra y denunciaba la postura de la policía de aquel entonces. Este hombre entró en la portería y, dirigiéndose al portero, solicitó ser presentado a los productores a razón de su extraordinaria similitud con el famoso Gobernador Muratov. (Muratov, quien fue el iniciador de aquellas carnicerías, era el personaje principal del mencionado filme).

El portero se rio de él, pero, a razón de su edad, no le enseñó la puerta de una vez. Así, el hombre magro y alto, gorra en mano y perdido en medio del alboroto de trabajadores, estuvo con una débil esperanza, de pie, esperando que su parecido con el famoso y sanguinario sabueso pudiera conseguirle pan y techo por unos días.

Alrededor de una hora esperó el hombre, haciéndose un poquito más al lado para dar espacio al gentío hasta que fue empujado detrás de una mesa, donde aún habría de recibir repentinamente alguna atención. En una pausa –durante la filmación- los actores salieron del estudio. El famosísimo actor Kochalov entró a la portería para hacer uso del teléfono. Apoyado en el aparato telefónico y ante la burlona sonrisa del portero, giró y descubrió el blanco de las sonoras risas de los presentes: el hombre detrás de la mesa. Kochalov estaba maquillado según fotografías históricas; todos los presentes reconocieron fácilmente la extraordinaria similitud de la que había hablado el portero.

Una media hora después el viejo estaba sentado entre directores y operadores, no muy diferente al niño Jesús entre los sabios del Templo y comentaba su compromiso con ellos. Las negociaciones se simplificaron mucho, porque Kochalov tenía poco interés en arriesgar su popularidad al representar a semejante bestia, se mostró de acuerdo en que el ‘semejante’ intentara actuar su parte.

No era extraño que en los estudios de Cine Ruso Moszroprom los roles históricos fueran dados a personas de aspecto similar en vez de a actores. Estas personas se trataban según ciertos métodos de actuación; se presentaban al nuevo Muratov las situaciones históricas de un evento determinado y como prueba se le solicitaba que interpretara a este Muratov tal cómo se lo imaginaba. Se esperaba de esta manera que su semejanza física equivaliera a una semejanza en su comportamiento.

Se escogió la escena. Era aquella en la que Muratov recibe a la delegación de judíos que le implora detener los asesinatos. (Manuscrito Página Diecisiete: La delegación espera. Aparece Muratov. Cuelga gorra y sable en la percha de la pared. Va al escritorio. Hojea el matutino etc.). Ligeramente maquillado, con el uniforme del gobernador imperial, entra el ‘semejante’ en el plató, parte del cual es una reconstrucción de la oficina histórica del Palacio de Gobernación e interpretó ante todo el equipo de dirección a aquel Muratov, tal como se lo imaginaba. Esto fue de esta forma:

(La delegación espera. Aparece Muratov). El ‘semejante’ entra rápidamente por la puerta, las manos hacia adelante, pero dentro de los bolsillos, con una mala postura, encorvado hacia el frente. (Cuelga gorra y sable en la percha.) Esa indicación de la dirección aparentemente la olvidó el ‘semejante’. Se sienta enseguida, sin colgar las cosas, ante el escritorio. (Hojea el matutino). El ‘semejante’ lo hace como ausente. (Inicia la entrevista.) Ni siquiera ha vuelto a ver a los cabizbajos judíos. Vaciló antes de poner a un lado el periódico, no sabe –aparentemente- cómo encontrar la transición hacia el interrogatorio de la delegación. Con una mirada tortuosa vuelve a ver al equipo de dirección al quedar atascado.

El equipo rio. Uno de los asistentes burlonamente sonrió, con las manos en los bolsillos avanzó hacia el ‘semejante’ y trató de ayudarle.

“Ahora vienen las manzanas”, dijo tratando de animarlo. “Muratov era conocido por comer manzanas. Su actividad como gobernador consistía, además de masacres, en comer manzanas. Las manzanas las guardaba en esta gaveta. Vea, aquí están.” Abrió la gaveta a la izquierda del ‘semejante’. “La delegación ahora va a avanzar, cuando el primero comience a hablar, coma usted la manzana, buen hombre.”

El ‘semejante’ escuchó al joven con la mayor atención. Las manzanas causaron gran impacto en él.

Cuando se retomó la escena, Muratov efectivamente tomó con su mano izquierda una manzana de la gaveta y, mientras garabateaba con la derecha algunas letras en un papel, la comió. Sin prisa alguna, más bien como si fuera su costumbre. Mientras la delegación presentaba sus argumentos, él estaba concentrado únicamente en su manzana. Después de algún tiempo, durante el cual no puso atención, con su mano derecha hizo una seña en medio del discurso de un judío y así finiquitó este asunto.

El ‘semejante’ giró y buscó al equipo de dirección y murmuró su pregunta. “¿Quién se los lleva?”

El director permaneció sentado. “¿Acaso usted cree que ya terminó?”

“Sí, creí que ahora se los llevaban.”

Sonrío el director, con una mueca burlona. “No, no es así de fácil con las bestias. Tiene usted que esforzarse más.” Se puso de pie y comenzó a guiarle nuevamente por la escena.

“Así no se comporta una bestia”, dijo él. “Así se comporta un pequeño burócrata. Vea, usted tiene que pensar. Sin pensar no se puede. Debe usted imaginarse a este perro, a este sabueso, a este mastín de cacería. Lo tiene que tener aquí, en la punta de los dedos. Intentémoslo de nuevo.”

Esta vez comenzó a construir la escena según ciertos aspectos más dramáticos. Quería más intensidad, una mejor caracterización. El ‘semejante’ no se mostró torpe. Hacía todo lo que se le pedía y no lo hacía para nada mal. Parecía estar en capacidad de representar a una bestia tan bien como cualquier otro, si acaso le faltaba algo de fantasía. Al cabo de una media hora la escena se veía así:

(Aparece Muratov.) Hombros hacia atrás, pecho afuera, movimientos de cabeza cortantes. Entra, casi volando, por la puerta y lanza una mirada de hambriento buitre a la delegación de judíos. (Cuelga gorra y sable en la percha de la pared). El abrigo cae al suelo y lo deja ahí. (Va al escritorio. Hojea el matutino.) Busca las noticias de teatro, las marca. Con una mano marca un ritmo en el escritorio. (Inicia el interrogatorio.) Con un altanero gesto indica a la delegación que den tres pasos atrás.

“Usted no lo entiende. Lo que hace allí, eso no sirve”, dijo el director. “Esto es una actuación corriente. Un villano de antes. ¡Hombre! Esto no es lo que ahora entendemos como una bestia. Esto no es Muratov.”

El equipo de dirección se acercó a Kochalov que nuevamente se había acercado, buscaban convencerlo de retomar el papel. Todos hablaban a la vez. Agrupados trataban de dilucidar el carácter de Muratov, la esencia de la bestia.

Sobre la silla –histórica- del General Muratov, el ‘semejante’ con su mala postura y encorvado hacia adelante seguía sentado, torturado, no viendo más allá de lo que tenía al frente, aunque con el oído afilado seguía las conversaciones. Trataba de comprender la situación.

También los actores de la delegación judía participaban en la conversación. Durante un tiempo se le puso atención a un grupo de ancianos judíos de la ciudad que habían sido parte de la delegación histórica, real. Habían sido contratados para darle mayor realismo a la escena y consideraban que la primera actuación del ‘semejante’ no había estado para nada mala. Si bien ellos no podían especular qué efecto podría tener en otras personas, aquel sentimiento rutinario y burocrático les había producido una impresión horrible. Esta actitud la había podido transmitir bien el ‘semejante’. La primera toma de la manzana, casi mecánica, les evocaba aquello, aunque aclaraban que durante su entrevista Muratov no había comido manzana alguna. El asistente del director rechazó esta opinión. “Muratov siempre comía manzanas”, dijo cortante. “¿Acaso estuvieron ustedes ahí?”

Los judíos que no querían caer bajo sospecha de haber estado entre aquellos candidatos a morir, se refugiaron en la especulación que tal vez Muratov probablemente haya comido una manzana, acaso antes, acaso después de la audiencia.

En este momento ocurrió algo en medio del grupo. El ‘semejante’ había ido acercándose poco a poco al Director y a Kochalov. Con una mirada ávida a pesar de su magra fisionomía comenzó a hablarles. Aparentemente ya había entendido qué era lo que querían de él y ante la angustia de perder su pan le llegó la inspiración, de ahí la sugerencia que presentó.

“Creo, no, más bien, sé qué es lo que ustedes piensan. Él debe ser una bestia. Vean, lo pueden lograr con las manzanas. Figúrese simplemente que yo tome una manzana y la ponga ante la cara del judío. ‘Comé’, diré yo. Mientras él- ¡pongan atención!”, se dirigió ahora al que actuaba el rol del líder de la delegación, “mientras vos te comés la manzana, por el temor que sentís, no podrás tragar la manzana. Pero. Pero te tenés que comer la manzana, porque yo –el Gobernador- te la doy, además lo hago amablemente, para mí es un gesto de amistad hacia vos, ¿no es así?”, gira ahora hacia el director, “¿no podría además firmar ahora el decreto condenándolo a muerte, mientras él –comiendo la manzana- me ve?”

El director lo miraba fijamente. El anciano encorvado, magro y emocionado aunque agotado estaba ante él, quien le llevaba una cabeza de diferencia y por esto podía verlo por encima del hombro. Por un momento el director creyó que el anciano quería burlarse de él, pues creyó notar algo de desprecio, de un desdén profundo en sus llameantes ojos. Kochalov fue quien retomó la conversación.

Este había escuchado con atención la escena propuesta por el ‘semejante’ para las manzanas y aquello había prendido la chispa de su fantasía histriónica. Con un empujón brutal apartó de si al ‘semejante’ y se dirigió al equipo de dirección. “¡Brillante! Así es como este se lo imagina.” Comenzó a actuar la escena, de tal manera que todos quedaron asombrados. El silencio que reinaba mientras Kochalov firmaba la sentencia de muerte se rompió con un estruendoso aplauso. Trajeron las lámparas, se les informó a los judíos, se posicionaron las cámaras. Comenzó la grabación y Kochalov fue Muratov. Se acababa de demostrar que mera similitud con un mastín de cacería no indica nada, más bien era necesario el arte para transmitir la impresión de bestialidad pura.

***

El que una vez fuera el gobernador imperial Muratov recogió su gorra de la portería, se despidió del portero y salió al frío día de octubre con rumbo a la ciudad, donde desapareció en algún mísero caserío. Aquel día comió dos manzanas y obtuvo una pequeña suma de dinero, que le alcanzaría para un par de noches en algún cuartucho.

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Con Nombre de Guerra

“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta 56. Del lado de acá: la cocina de un casino, el haitiano vendiendo platanitos, la entrada de Plazavenida y el Mr. Churro; hay más cosas más abajo, pero eso es para la gente del bus de Sabanilla, hay más cosas más arriba pero ya eso es otra cuadra, el Hotel del Rey y todo aquello. De aquel lado un edificio con un vidrio roto y una cadena oxidada en las verjas, el New York Bar, un taxi parqueado (ese taxi son muchos taxis, uno se va y llega otro, gente sube y baja, dinero pasa, pero el taxi ahí es parte del paisaje). De sendos lados parqueos.

De aquel lado estaban las putas y de este lado no. No sólo porque no anduvieran caminando en la misma acera, porque sí, sí estaban de este lado. Andan con sus tacones abriendose paso, bajan o suben, vienen y van, se vuelven a ver. Pero. A la vez no estaban porque no, simplemente no. La gente les huyen con la mirada, unos, ven como si viera a través de ellas, otros. Negación en todo caso. No falta también la lectura automática de un lupino hombre, que ve los tacones y las piernas y todo lo demás tan elaboradamente expuesto y después de la degustación visual, agitando la cabeza el hombre vuelve a su antigua distracción. Sí de este lado, aunque anden no están. No son.

Del otro, están y son. Ahí las ven todos. Las mujeres subsombrilladas balbucean su desencanto, su desprecio, su crítica punzante. Esas. Ahí van. Ah. El tono es algo que no se puede poner aquí. No es arrogancia, ni desprecio en sus puras formas, van mezclados, se tiñe de lástima, de tristeza, de una inadmitible envidia, seguida del odio puro. Interpreto sus voces, sus comentarios, incluso cuando ya estemos los de la fila en el bus y el bus esté lejos algunas conversaciones aún se agitan en hablar de la parada, de las putas, de las putas que es un trabajo, que es un relajo, que sólo crimen y gringos pervertidos, que qué feo, pero también qué saladas, o qué descaradas.

Sincretismo entonces. Las putas están ahí al frente mío, del otro lado de la acera. Sus devenires me interesan poco, las veo como si viera una obra de teatro. Repiten las escenas de siempre. Eso. Sí. La fila del bus crece detrás mío y todos somos espectadores. Creemos que es algo Brechtiano, la vemos asumiendo que es un espectáculo, que es pura trama, un mero montaje y que al final la ilusión se manifieste como tal. Pero no. Eso no ocurre nunca. Sincretismo falso, inventarse dramas. Creer que lo de aquel lado está sólo de aquel lado. La putilla cruza la calle, saca su sombrilla de ese bolso (porque ella también se moja, y la sombrilla no será diferente a la de una de las subsombrilladas). Los tacones del desprecio (epíteto hurtado a Bunbury) van sobre el asfalto húmedo. De nada sirve reducir ‘este lado’ a lo individual, lo harán –imagino- las subsombrilladas, el bigotón, el tipo que por no andar paraguas se tapa con una bolsa plástica . Las putas siempre están allá, del otro lado, del show eterno de la ciudad ajena y decadente que vale siempre atacar, criticar, destruir. Allá.

“Sincretismo”, parecía insistir. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Tengo que aceptar que está de mi lado de la acera, del lado mío, yo, mi bolso, mi libro de Keats o de Luciano de Samósata, mi celular, mi cárdigan, mi San José ficticio, mis mil ideas para hacer una ciudad mejor aunque ninguna será puesta en práctica, mi lado, el lado del crítico que soy? Si la acepto qué. Es aceptar también al piedrero, al gringo pervertido y degenerado, al proxeneta, la plata sucia. Es aceptar que esa es la bajeza de mi realidad que sigue estando ahí cuando ya esté en el bus. Pero, me digo, con la anagnórisis a medio apagar: eso ya está aceptado. Si no, leería los periódicos como novelas. Sin preocuparme de muertos, ni asaltos, ni violencia, ni cifras. ¿Entonces?

¿Sincretismo qué? Pienso en ser metódico y volver a pensar. Sincretismo exigiría también ponerme en su lugar, en tratar de ver el mundo a través de los ojos sobre sonrisas falsas, cansados por andar en zancos de aguja y el frío por las tiras de tela que llevan por ropa. En pensar estar de aquel lado de la acera y ver la fila, ver la gente que hace caras pero que las ve, ve fijamente, verme a mí desde su óptica, ver al haitiano y ver el bus azul de la ruta 56 tan molesto recuerdo de la vida común y silvestre anegadas de mandados y sombrillas.

Aquella ruta es insensata y futil. Puedo imaginar, hasta ahí; esta imaginación mía se iría por otras tangentes, buscando algo heroico en aquello que es grotesco y vulgar. Mi razón se iría por lo darwiniano, por la respuesta, la adaptación, la supervivencia. No, no conviene imaginar un punto de vista ajena, ni siquiera el más verosímil deja de lado el –símil. C’est la verité.

Ya no sé cuántos días más he estado ahí. Bajo el paraguas en la parada. Es mi salida de San José, entre el vaivén pendular de prostitutas solas o mal acompañadas. La puta (no distinta al taxi ya mencionado) está ahí, siendo otra puta. Aún insiste en el sincretismo, en decir que los dos lados de la acera son iguales. No porque ella guarde alguna moral retorcida, no porque de este lado haya parangones de moral. Ni una ni la otra. Sino porque sí, porque los dos lados de la acera son lo mismo. No porque la gente sea la misma, no, no se trata de eso. Pero tenemos igual atribuciones, tenemos la misma relación con la ciudad.

No, no, huyamos de la idea de siempre, de que somos hijos de la ciudad, hijos de San José sólo porque nacimos en una clínica en su centro, o porque la visitamos con frecuencia. Más bien San José es el remedo de aborto nuestro, es nuestro sincretismo. La puta le da su color a San José. Se lo da el piedrero. El predicador. El tipo vestido de queque de spoon. El policia. El filólogo que se ríe solo por Luciano de Samósata. Los que la juzgan, los que son juzgados por ella. Sincretismo ante todo, decía la puta sin querer decirlo, pero no me lo decía a mí. Se lo decía a ella misma, a San José, tal vez. A la nube no digital, a todos los que leen algo de la gente que pasa al frente suyo en los bulevares y aceras; la densa niebla de caras larga o cortas, pintadas, sonrientes o furiosas.

Sincretismo, sí, entiendo. Algo así sólo se descubre estando ahí varias veces más, entender que yo también soy ese taxi. Siempre vuelvo a estar ahí. Otras circuntancias, otra expresión. Pero otra vez ahí. Yo no soy distinto a ella. También yo soy observado y bastaría yo estar duplicado para que alguien me examinara de la forma en queyo examino a alguien más para entender del todo la repetida pluralidad de juicios de las personas. Sí, es así como damos forma a San José, a partir de lo que vemos, de lo que pensamos cuando vemos. Así San José nos pretende resumir a todos; nunca lo logrará claro, pero el punto de vía mío, no es más que uno mas en el crisol de momentos josefinos. Sincretismo digo yo en el blog, sin decirlo a nadie en particular.

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