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	<title>Julián, su blog &#187; Ficciones</title>
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		<title>Luces de San Jos&#233;</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 00:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Barrabasadas]]></category>
		<category><![CDATA[Ficciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Las vi. Aunque las oí antes. Supongo que veía hacia el suelo o al habitual celular en la mano, o veía la calle, o veía a la gente llevando bolsas o niños a la avenida segunda, en todo caso veía el gris de siempre, y en eso escuché un bien conocido simulacro coral de truenos. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Las vi. Aunque las oí antes. Supongo que veía hacia el suelo o al habitual celular en la mano, o veía la calle, o veía a la gente llevando bolsas o niños a la avenida segunda, en todo caso veía el gris de siempre, y en eso escuché un bien conocido simulacro coral de truenos.</p>
<p align="justify">Las luces las vi luego, indirectamente, las vi viviendo y muriendo en los vidrios de un espigado y solitario hotel josefino. Parecían pequeñas bailarinas ocupadas con sus danzas, o más bien parecían juegos infantiles, o aún más simple, más elemental: luces que se persiguen como quetzales dorados remontando el cielo. Para los griegos los cometas tenían cabelleras como las mujeres, y así también algunas de estas podrías haber sido pequeñas niñas que sin ton ni son corrían hacia alguna oculta estrella cuyas cabelleras se agitaban. Otras luces más bien parecían frondosas copas arbóreas, por un segundo al menos; antes de desintegrarse en la múltiple fuga de titilantes puntos verdes hacia la inexistencia. Y así también efímeros globos de luz, saetas coloridas; todos los vi reflejados en los vidrios de ese no tan cercano hotel.</p>
<p align="justify">Si no veía las luces <em>de verdad</em>, las centellas fulgurantes de San José, se lo debía a ese bodoque amarillo decorado con ofertas extranjeras de cervezas extranjeras y vicios de importación. Pronto no me importó: un interés adolescente por la física, y la indiferencia de años posteriores me han permitido no sólo fabricar explicaciones y teorías verosímiles, sino que también me han liberado de cualquier preocupación por su veracidad. Si lo que pensé en ese momento de contemplación de las luces en los vidrios del edificio hubiera tenido alguna coherencia lógica habría sido algo así: los fuegos artificiales emiten luz, el reflejo en los grandes ventanales del hotel es un reflejo de esa luz, todo reflejo también es luz (que lo diga la luna oculta de esta noche), por tanto, ergo y q.e.d. ver el espectáculo real o el reflejo proyectado en el Holiday Inn daba igual. Además, el sonido -indiferente a mis problemas de perspectiva- me anclaba a cierta inmediatez. El olfato, en cambio….</p>
<p align="justify">Una brisa decembrina alzó el acre olor del orín desde un húmedo y oxidado vértice hacia mi nariz, apenas para ser relevado por el empalagoso dulzor del perfume de una prostituta, quien teléfono en mano y “amorcito” en boca, medía el tiempo y el espacio con siete pulgadas de tacón. Iba, seguro, a buscar sus doscientos dolaritos, precio estándar según un gringo atolondrado en el automercado, quien había vaticinado que no le habría de importar mucho el festival de medias-luces.</p>
<p align="justify">Ya después llegó el bus, los de siempre que no somos nunca los de siempre lo abordamos. La ruta no era la de siempre: pasó al frente del Calderón Guardia, como siempre atestado de gente, como si fuera una cuadra perdida de la Avenida Segunda, con todo y ambulancia y sus luces, y camilla. En ella inconsciente, un hombre entraba por la puerta grande a Emergencias.</p>
<p align="justify">Conforme mi bus se alejaba de San José, más jugaba yo con las observaciones hechas en esa no tan breve caminata desde la calle de “Mi Oficina” y del “Momentos” hasta la cuadra del “Del Rey” y del “Horseshoe” (en San José, por lo visto las referencias se pueden hacer de un putero a otro). Ese festival, según alguna luminaria, era una fiesta para los pequeños no pueden ir a Disneylandia; opinar sobre esa frase es casi tan vulgar como la frase misma. Aún así, negar los flujos de gente que convergían y divergían por las calles es innegable, eran innegables también los buses llenos que desde Heredia fluían a San José, innegable mi periplo de salmón en la Avenida Central, armado con un morral de cuero contra la violenta corriente de familias y sus compras navideñas que verían una carroza y ya, porque ¡los chiquitos amor, pobrecitos! no han comido, gordo comprémosle un combo, contra los novios con sus besitos muy cachichurris como en una mitosis elástica inconclusa, que te suelto y que te abrazo, de la mano o de la cintura, el aprete, o la mano en la bolsa-nalguial del pantalón ajeno, o contra los grupúsculos de amigos que más parecían jaurías de hienas risueñas o chacales gritones deslindados en muecas y gestos como esos ahí, al frente del “Del Rey”, que se carcajearon porque dos <em>puellae inter iuvenes</em>, nenas de quince o dieciséis, en la esquina se detuvieron y para molestar a sus amigos, se contoneaban deslizando las yemas lentas de su manos  por su caderas, guiñando ojos, y estallaron así las risas de los vendedores ambulantes con sus cajas falsas de cohibas dudosos, y un amigo de ellas, uno del grupo, al mejor estilo del galán llega y coloca una mano en la cintura de cada una, les dice algo al oído y se ríen todos y bajan juntos la calle.</p>
<p align="justify">Gente no faltaba en las nimias callejas capitalinas. Tampoco sonido: había risas, varias, había gritos, otros tantos, había –como en cualquier convergencia masiva de niños- llanto y gritos entrenzados, prohibiciones y regaños. Había incluso aún más vendedores ambulantes y –a pesar de los nominales esfuerzos de las autoridades- niños vendiendo el “confeto, confetti confeto a cien la bolsa”. Había gente vestida con sus ropas veraniegas adaptadas a la brisas. Había gente de toda tribu social, de toda etnia, y hasta tal vez de toda clase social. Sin duda alguna dijo presente todo el espectro geológico del casco metropolitano.</p>
<p align="justify"><em>N’importe quoi</em> faltó color.</p>
<p align="justify">En televisión luego vi parte del desfile, con su música y sus marcas telefónicas priapistas. Hoy no sé -ni me importa- quien ganó, si es que alguien gana. Insisto con lo del color. Tampoco hablo del “color” cuando siempre hablan que es una fiesta colorida. No es eso aunque tal vez sea algo semejante. Al igual que las carrozas –que no vi, pero imagino- o las bandas (que vi aniquiladas y regeneradas por el milagro de la electrónica, la radiotransmisión y un viejo buen fusil catódico) también en las gentes y gentecillas había colores en sus ropas, pelos, zapatos, tatuajes (polos y no polos, aunque todos lo son), bolsas y bolsos. Un buen snob hasta podría empezar a recitar los pantones (pantontos), numerarlos, computarlos y decirme que son un montón y aún así: faltó color.</p>
<p align="justify">Mientras más veo, menos sé: menos precisa me resulta esa idea que era real ayer a esta misma hora, y que ahora es lívida como precisamente el contenido de aquella, mi percepción.</p>
<p align="justify">Es diciembre, por lo visto el sonido de bombetas y fuegos artificiales suena por doquier. Aquí las oigo y no la veo, tampoco hay reflejo que las traslade a mí, ni siquiera un atisbo de color en las nubes. Y así, tampoco la estesis es la misma (estética, más que el mero degradado de “belleza”, refería a lo sensible, y a la sensación en sí).</p>
<p align="justify">Tal vez sea tan simple como eso, dijo Occam: la percepción de esa falta de color era sólo posible con el contraste de ese fulgor efímero en el reflejo de las altas vidrieras del hotel. Fulgor que a su vez acababa en pólvora quemada, cayendo lento sobre la capital. Caída universal, del extremo máximo de la luz colorida del brillo, cae como ceniza turbia hacia los ocres tonos de la nocturna ciudad. La ceniza cae porque pertenece al suelo: porque más que la gravedad la atrae la opaca luz ladrona del color de la ciudad, ciudad de putas o borrachos, ciudad sin luz, ciudad muerta de edificios vacíos, calles repletas, carrozas lentas, y espectadores inertes. Ciudades de gritos y risas, menos alegres que el más oscuro (e íntimo) silencio.</p>
<p align="justify">Así tal vez es que cae esa ceniza, caída universal, caída leve. Leve caída sobre el más oscuro festival de luz, ceniza invisible e imperceptible, velo silencioso de un fin, ceniza que cae sobre todos, sobre los niños y sus padres, las putas y sus papis, los vendedores y su propia ceniza falsa de papel, sobre las parejas amantes y los matrimonios pugnantes, sobre mí: descenso final sobre todos los vivos, sobre todos los muertos.</p>
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		<title>Los Vendedores de Libros</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Apr 2011 01:51:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[Punzocortadas]]></category>
		<category><![CDATA[ignorancia; costa rica; vendedores;]]></category>

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		<description><![CDATA[Yo soy un hombre de pocos gustos. Alguna ropa, mis variopintas tarjetas postales, mis libros y algunas inadivinables rarezas (juguetes, acaso, mementa, algún chiste personal encarnado en un producto). Soy estricto con mis gustos. Soy quisquilloso, eso quiero decir más bien. Más de una vez mi novia ha visto mi cara de decepción ante un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Yo soy un hombre de pocos gustos. Alguna ropa, mis variopintas tarjetas postales, mis libros y algunas inadivinables rarezas (juguetes, acaso, <em>mementa</em>, algún chiste personal encarnado en un producto). Soy estricto con mis gustos. Soy quisquilloso, eso quiero decir más bien. Más de una vez mi novia ha visto mi cara de decepción ante un zapato, una camisa que descubro en una tienda y que “casi me gusta”, sí, está chiva, pero… claro, una ínfima raya roja, un color sutil que no me agrada y acabó la magia. Eclipse total por un lunar. Y eso no se va. </p>
<p align="justify">Odio las tiendas de ropa, algún dependiente me sigue o me hace sugerencias que no me interesan. Yo no quiero saber lo que está de moda, ni lo que recién entró. Yo estoy buscando esa aguja en un pajar. Ese pajar mío, esa aguja que sólo yo busco. Casi todas las personas ignoran lo que yo busco, ergo son ignorantes. </p>
<p align="justify">Ocurre también en las tiendas de libros. Ahí soy peor de quisquilloso y a pesar del montón de prejuicios literarios que cargo –como cualquier otro- me intereso por conocer, por al menos tener un criterio. Busco como siempre lo mío y por costumbre de verme creo que ya no preguntan qué me pueden ofrecer. Sólo viendo. Porque yo sé qué busco. A veces me divierte ver cómo ayudan ellos. </p>
<p align="justify">La escena es habitual: La Lehmann. Yo soy el auditorio y entran por la derecha el DEPENDIENTE 1 y la TURISTA. </p>
<p align="justify">TURISTA: Busco algo de literatura costarricense, quiero conocer qué se escribe aquí. </p>
<p align="justify">DEPENDIENTE 1: [formalidades]. Este libro –por ejemplo-, que no he leído, es muy popular (Mamita Yunai, CaLuFa). Está en la lista de lecturas de colegio (sinopsis del libro). Y este (El Jaúl, M. Jiménez). Y bueno también &quot;Marcos Ramírez” (CaLuFa) pero está agotado.</p>
<p align="justify"><em>TURISTA muestra duda y sigue revisando libros agarrando libros, esperando que el DEPENDIENTE 1 le pueda decir algo sobre ello. DEPENDIENTE 1 mutis izquierda. </em></p>
<p align="justify">Yo sigo la escena sin darme por aludido, yo sostenía libros en las manos, valorando si invertir en profundizar mi interés por Bioy Casares o viendo los índices de los libros de Borges. De reojo vi a la TURISTA. Me dio lástima, risa. </p>
<p align="justify">No sé si por maldad o curiosidad me acerqué al cubículo informativo que tienen ahí. </p>
<p align="justify">JULIÁN: Hola, quería buscar un libro en el sistema. </p>
<p align="justify">DEPENDIENTE 2: Ajá, sí, cómo se llama, el libro o el autor cualquiera.</p>
<p align="justify">JULIÁN: Quería saber qué tenían de Augusto Monterroso. </p>
<p align="justify">DEPENDIENTE 2: ¿Cómo?´</p>
<p align="justify">JULIÁN: Augusto Monterroso, cuentista guatemalteco-hondureño…</p>
<p align="justify">DEPENDIENTE 2: ¿Pero cómo se escribe?</p>
<p align="justify"><em>JULIÁN lo repite lento y DEPENDIENTE 2 teclea y buscar por “August Mont”. No aparecen resultados, llama a otro DEPENDIENTE 3 para que use el sistema por él. </em></p>
<p align="justify">DEPENDIENTE 3: ¿August Mont? Suena a inglés….&#160; ¿Es nuevo?…</p>
<p align="justify">JULIÁN: No, es Augusto Monter&#8212;</p>
<p align="justify">Ahí me aburrí, me dijo que tal vez hubiera uno y me llevó al estante que yo le tuve que ubicar y que yo ya había revisado. Se fue y yo también, me fui a sacar un apartado. Tres monigotes en la sección de libros. Ninguno sabe nada de libros. Si acaso se saben la lista del MEP. Todo comprobado. Qué lindo vivir dentro de un canon. Qué lindo es no saber nada: sólo saber vender, saber cómo buscar en un sistema, pero no saber qué se vende, no saber qué recomendar. Fui por mi apartado: mis Edda, mi Orlando (V. Woolf), a la salida escuché a DEPENDIENTE 1 comentar que su autor favorito era Tolkien, pero que se le olvidaban los títulos de otros libros que no son “El Señor de los Anillos”. Recordé mis breves días en un par de diciembre en la Librería Internacional, recuerdo que había vendedores, pero también había lectores entre los vendedores. Un colombiano, si no mal recuerdo, impecable con recomendaciones de literatura latinoamericana. Yo recuerdo haber recomendado un par de Rayuelas en alguna navidad, algo de Borges y un libro de Asímov a esa madre que no sabía qué darle al hijo que describío como tímido, encerrado en sus juegos de compu. Hay una valiosa diferencia en eso. Un plus que no debería ser opcional. </p>
<p align="justify">También he visto con asombro a vendedoras de zapatos que se quedan maravilladas si mi novia pregunta por Oxfords o flats, o por telas en ciertas tiendas. Con el tiempo ya uno sabe no preguntar, para no escuchar el amable “no sabría decirle”. </p>
<p align="justify">Vender lo puede hacer una máquina –¿será por eso que prefiero las compras por Internet?-, será que es un lujo tener personal que sabe en qué trabaja y sabe qué decir, ¿el consumo según calidad está fuera del consumismo? ¿estamos en ese caldo ignorante, en el consomé de la viñeta de Montt?</p>
<p align="justify">Oh vendedores, oh transitoria gente que trabaja sin saber en qué trabaja. </p>
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		<title>&#8220;La Bestia&#8221; por Bertolt Brecht</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Aug 2010 03:40:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[bertolt]]></category>
		<category><![CDATA[brecht]]></category>
		<category><![CDATA[die bestie]]></category>
		<category><![CDATA[la bestia]]></category>
		<category><![CDATA[traducción amateur]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuantas posibles interpretaciones pueda tener la postura de una persona lo evidenció no hace mucho un suceso en los estudios de cine ruso Moszroprom; evento quizá insignificante y que no tuvo tampoco consecuencia alguna, pero que tenía algo de espantoso. –En los estudios apareció un hombre viejo solicitando trabajo durante el rodaje del filme “El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuantas posibles interpretaciones pueda tener la postura de una persona lo evidenció no hace mucho un suceso en los estudios de cine ruso Moszroprom; evento quizá insignificante y que no tuvo tampoco consecuencia alguna, pero que tenía algo de espantoso. –En los estudios apareció un hombre viejo solicitando trabajo durante el rodaje del filme “El Águila Blanca”, que trataba de los Pogrom en el sur de Rusia antes de la guerra y denunciaba la postura de la policía de aquel entonces. Este hombre entró en la portería y, dirigiéndose al portero, solicitó ser presentado a los productores a razón de su extraordinaria similitud con el famoso Gobernador Muratov. (Muratov, quien fue el iniciador de aquellas carnicerías, era el personaje principal del mencionado filme). </p>
<p align="justify">El portero se rio de él, pero, a razón de su edad, no le enseñó la puerta de una vez. Así, el hombre magro y alto, gorra en mano y perdido en medio del alboroto de trabajadores, estuvo con una débil esperanza, de pie, esperando que su parecido con el famoso y sanguinario sabueso pudiera conseguirle pan y techo por unos días. </p>
<p align="justify">Alrededor de una hora esperó el hombre, haciéndose un poquito más al lado para dar espacio al gentío hasta que fue empujado detrás de una mesa, donde aún habría de recibir repentinamente alguna atención. En una pausa –durante la filmación- los actores salieron del estudio. El famosísimo actor Kochalov entró a la portería para hacer uso del teléfono. Apoyado en el aparato telefónico y ante la burlona sonrisa del portero, giró y descubrió el blanco de las sonoras risas de los presentes: el hombre detrás de la mesa. Kochalov estaba maquillado según fotografías históricas; todos los presentes reconocieron fácilmente la <i>extraordinaria similitud</i> de la que había hablado el portero. </p>
<p align="justify">Una media hora después el viejo estaba sentado entre directores y operadores, no muy diferente al niño Jesús entre los sabios del Templo y comentaba su compromiso con ellos. Las negociaciones se simplificaron mucho, porque Kochalov tenía poco interés en arriesgar su popularidad al representar a semejante bestia, se mostró de acuerdo en que el ‘semejante’ intentara actuar su parte. </p>
<p align="justify">No era extraño que en los estudios de Cine Ruso Moszroprom los roles históricos fueran dados a personas de aspecto similar en vez de a actores. Estas personas se trataban según ciertos métodos de actuación; se presentaban al nuevo Muratov las situaciones históricas de un evento determinado y como prueba se le solicitaba que interpretara a este Muratov tal cómo se lo imaginaba. Se esperaba de esta manera que su semejanza física equivaliera a una semejanza en su comportamiento. </p>
<p align="justify">Se escogió la escena. Era aquella en la que Muratov recibe a la delegación de judíos que le implora detener los asesinatos. (Manuscrito Página Diecisiete: La delegación espera. Aparece Muratov. Cuelga gorra y sable en la percha de la pared. Va al escritorio. Hojea el matutino etc.). Ligeramente maquillado, con el uniforme del gobernador imperial, entra el ‘semejante’ en el plató, parte del cual es una reconstrucción de la oficina histórica del Palacio de Gobernación e interpretó ante todo el equipo de dirección a aquel Muratov, tal como se lo imaginaba. Esto fue de esta forma: </p>
<p align="justify">(La delegación espera. Aparece Muratov). El ‘semejante’ entra rápidamente por la puerta, las manos hacia adelante, pero dentro de los bolsillos, con una mala postura, encorvado hacia el frente. (Cuelga gorra y sable en la percha.) Esa indicación de la dirección aparentemente la olvidó el ‘semejante’. Se sienta enseguida, sin colgar las cosas, ante el escritorio. (Hojea el matutino). El ‘semejante’ lo hace como ausente. (Inicia la entrevista.) Ni siquiera ha vuelto a ver a los cabizbajos judíos. Vaciló antes de poner a un lado el periódico, no sabe –aparentemente- cómo encontrar la transición hacia el interrogatorio de la delegación. Con una mirada tortuosa vuelve a ver al equipo de dirección al quedar atascado. </p>
<p align="justify">El equipo rio. Uno de los asistentes burlonamente sonrió, con las manos en los bolsillos avanzó hacia el ‘semejante’ y trató de ayudarle. </p>
<p align="justify">“Ahora vienen las manzanas”, dijo tratando de animarlo. “Muratov era conocido por comer manzanas. Su actividad como gobernador consistía, además de masacres, en comer manzanas. Las manzanas las guardaba en esta gaveta. Vea, aquí están.” Abrió la gaveta a la izquierda del ‘semejante’. “La delegación ahora va a avanzar, cuando el primero comience a hablar, coma usted la manzana, buen hombre.” </p>
<p align="justify">El ‘semejante’ escuchó al joven con la mayor atención. Las manzanas causaron gran impacto en él. </p>
<p align="justify">Cuando se retomó la escena, Muratov efectivamente tomó con su mano izquierda una manzana de la gaveta y, mientras garabateaba con la derecha algunas letras en un papel, la comió. Sin prisa alguna, más bien como si fuera su costumbre. Mientras la delegación presentaba sus argumentos, él estaba concentrado únicamente en su manzana. Después de algún tiempo, durante el cual no puso atención, con su mano derecha hizo una seña en medio del discurso de un judío y así finiquitó este asunto. </p>
<p align="justify">El ‘semejante’ giró y buscó al equipo de dirección y murmuró su pregunta. “¿Quién se los lleva?”</p>
<p align="justify">El director permaneció sentado. “¿Acaso usted cree que ya terminó?”</p>
<p align="justify">“Sí, creí que ahora se los llevaban.”</p>
<p align="justify">Sonrío el director, con una mueca burlona. “No, no es así de fácil con las bestias. Tiene usted que esforzarse más.” Se puso de pie y comenzó a guiarle nuevamente por la escena. </p>
<p align="justify">“Así no se comporta una bestia”, dijo él. “Así se comporta un pequeño burócrata. Vea, usted tiene que pensar. Sin pensar no se puede. Debe usted imaginarse a este perro, a este sabueso, a este mastín de cacería. Lo tiene que tener aquí, en la punta de los dedos. Intentémoslo de nuevo.”</p>
<p align="justify">Esta vez comenzó a construir la escena según ciertos aspectos más dramáticos. Quería más intensidad, una mejor caracterización. El ‘semejante’ no se mostró torpe. Hacía todo lo que se le pedía y no lo hacía para nada mal. Parecía estar en capacidad de representar a una bestia tan bien como cualquier otro, si acaso le faltaba algo de fantasía. Al cabo de una media hora la escena se veía así: </p>
<p align="justify">(Aparece Muratov.) Hombros hacia atrás, pecho afuera, movimientos de cabeza cortantes. Entra, casi volando, por la puerta y lanza una mirada de hambriento buitre a la delegación de judíos. (Cuelga gorra y sable en la percha de la pared). El abrigo cae al suelo y lo deja ahí. (Va al escritorio. Hojea el matutino.) Busca las noticias de teatro, las marca. Con una mano marca un ritmo en el escritorio. (Inicia el interrogatorio.) Con un altanero gesto indica a la delegación que den tres pasos atrás. </p>
<p align="justify">“Usted no lo entiende. Lo que hace allí, eso no sirve”, dijo el director. “Esto es una actuación corriente. Un villano de antes. ¡Hombre! Esto no es lo que ahora entendemos como una bestia. Esto no es Muratov.”</p>
<p align="justify">El equipo de dirección se acercó a Kochalov que nuevamente se había acercado, buscaban convencerlo de retomar el papel. Todos hablaban a la vez. Agrupados trataban de dilucidar el carácter de Muratov, la esencia de la bestia. </p>
<p align="justify">Sobre la silla –histórica- del General Muratov, el ‘semejante’ con su mala postura y encorvado hacia adelante seguía sentado, torturado, no viendo más allá de lo que tenía al frente, aunque con el oído afilado seguía las conversaciones. Trataba de comprender la situación. </p>
<p align="justify">También los actores de la delegación judía participaban en la conversación. Durante un tiempo se le puso atención a un grupo de ancianos judíos de la ciudad que habían sido parte de la delegación histórica, real. Habían sido contratados para darle mayor realismo a la escena y consideraban que la primera actuación del ‘semejante’ no había estado para nada mala. Si bien ellos no podían especular qué efecto podría tener en otras personas, aquel sentimiento rutinario y burocrático les había producido una impresión horrible. Esta actitud la había podido transmitir bien el ‘semejante’. La primera toma de la manzana, casi mecánica, les evocaba aquello, aunque aclaraban que durante su <i>entrevista</i> Muratov no había comido manzana alguna. El asistente del director rechazó esta opinión. “Muratov siempre comía manzanas”, dijo cortante. “¿Acaso estuvieron ustedes ahí?”</p>
<p align="justify">Los judíos que no querían caer bajo sospecha de haber estado entre aquellos candidatos a morir, se refugiaron en la especulación que tal vez Muratov probablemente haya comido una manzana, acaso antes, acaso después de la audiencia. </p>
<p align="justify">En este momento ocurrió algo en medio del grupo. El ‘semejante’ había ido acercándose poco a poco al Director y a Kochalov. Con una mirada ávida a pesar de su magra fisionomía comenzó a hablarles. Aparentemente ya había entendido qué era lo que querían de él y ante la angustia de perder su pan le llegó la inspiración, de ahí la sugerencia que presentó. </p>
<p align="justify">“Creo, no, más bien, sé qué es lo que ustedes piensan. Él debe ser una bestia. Vean, lo pueden lograr con las manzanas. Figúrese simplemente que yo tome una manzana y la ponga ante la cara del judío. ‘Comé’, diré yo. Mientras él- ¡pongan atención!”, se dirigió ahora al que actuaba el rol del líder de la delegación, “mientras vos te comés la manzana, por el temor que sentís, no podrás tragar la manzana. Pero. Pero te tenés que comer la manzana, porque yo –el Gobernador- te la doy, además lo hago amablemente, para mí es un gesto de amistad hacia vos, ¿no es así?”, gira ahora hacia el director, “¿no podría además firmar ahora el decreto condenándolo a muerte, mientras él –comiendo la manzana- me ve?”</p>
<p align="justify">El director lo miraba fijamente. El anciano encorvado, magro y emocionado aunque agotado estaba ante él, quien le llevaba una cabeza de diferencia y por esto podía verlo por encima del hombro. Por un momento el director creyó que el anciano quería burlarse de él, pues creyó notar algo de desprecio, de un desdén profundo en sus llameantes ojos. Kochalov fue quien retomó la conversación. </p>
<p align="justify">Este había escuchado con atención la escena propuesta por el ‘semejante’ para las manzanas y aquello había prendido la chispa de su fantasía histriónica. Con un empujón brutal apartó de si al ‘semejante’ y se dirigió al equipo de dirección. “¡Brillante! Así es como este se lo imagina.” Comenzó a actuar la escena, de tal manera que todos quedaron asombrados. El silencio que reinaba mientras Kochalov firmaba la sentencia de muerte se rompió con un estruendoso aplauso. Trajeron las lámparas, se les informó a los judíos, se posicionaron las cámaras. Comenzó la grabación y Kochalov <i>fue</i> Muratov. Se acababa de demostrar que mera <i>similitud</i> con un mastín de cacería no indica nada, más bien era necesario el arte para transmitir la impresión de bestialidad pura. </p>
<p align="justify">***</p>
<p align="justify">El que una vez fuera el gobernador imperial Muratov recogió su gorra de la portería, se despidió del portero y salió al frío día de octubre con rumbo a la ciudad, donde desapareció en algún mísero caserío. Aquel día comió dos manzanas y obtuvo una pequeña suma de dinero, que le alcanzaría para un par de noches en algún cuartucho. </p>
<p> <span id="more-221"></span>La traducción es mía. No es la mejor, ciertamente es amateur, plagada de errores, probables malos usos del gerundio y quién sabe qué. Sin embargo es difícil encontrar el texto en español, sé que en Internet no lo encontré. Ni en alemán. (El cuento está en un libraco que le robé a mi madre que lo había comprando en una compraventa-mercado-de-libros-usados en Tübingen. Espero que al menos sea legible y comprensible.</p>
<div style="float: right; margin-left: 10px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http://julianastorga.com/2010/08/la-bestia-por-bertolt-brecht/&via=jules_astorga&text=&ldquo;La Bestia&rdquo; por Bertolt Brecht&related=:&lang=en&count=horizontal" class="twitter-share-button">Tweet</a><script type="text/javascript" src="http://platform.twitter.com/widgets.js"></script></div>]]></content:encoded>
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		<title>Con Nombre de Guerra</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Jul 2010 17:58:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
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		<description><![CDATA[“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta 56. Del lado de acá: la cocina de un casino, el haitiano vendiendo platanitos, la entrada de Plazavenida y el Mr. Churro; hay más cosas más abajo, pero eso es para la gente del bus de Sabanilla, hay más cosas más arriba pero ya eso es otra cuadra, el Hotel del Rey y todo aquello. De aquel lado un edificio con un vidrio roto y una cadena oxidada en las verjas, el New York Bar, un taxi parqueado (ese taxi son muchos taxis, uno se va y llega otro, gente sube y baja, dinero pasa, pero el taxi ahí es parte del paisaje). De sendos lados parqueos. </p>
<p align="justify">De aquel lado estaban las putas y de este lado no. No sólo porque no anduvieran caminando en la misma acera, porque sí, sí estaban de este lado. Andan con sus tacones abriendose paso, bajan o suben, vienen y van, se vuelven a ver. Pero. A la vez no estaban porque no, simplemente no. La gente les huyen con la mirada, unos, ven como si viera a través de ellas, otros. Negación en todo caso. No falta también la lectura automática de un lupino hombre, que ve los tacones y las piernas y todo lo demás tan elaboradamente expuesto y después de la degustación visual, agitando la cabeza el hombre vuelve a su antigua distracción. Sí de este lado, aunque anden no están. No son. </p>
<p align="justify">Del otro, están y son. Ahí las ven todos. Las mujeres subsombrilladas balbucean su desencanto, su desprecio, su crítica punzante.<em> Esas. Ahí van. Ah.</em> El tono es algo que no se puede poner aquí. No es arrogancia, ni desprecio en sus puras formas, van mezclados, se tiñe de lástima, de tristeza, de una inadmitible envidia, seguida del odio puro. Interpreto sus voces, sus comentarios, incluso cuando ya estemos los de la fila en el bus y el bus esté lejos algunas conversaciones aún se agitan en hablar de la parada, de las putas, de las putas que es un trabajo, que es un relajo, que sólo crimen y gringos pervertidos, que qué feo, pero también qué saladas, o qué descaradas. </p>
<p align="justify">Sincretismo entonces. Las putas están ahí al frente mío, del otro lado de la acera. Sus devenires me interesan poco, las veo como si viera una obra de teatro. Repiten las escenas de siempre. Eso. Sí. La fila del bus crece detrás mío y todos somos espectadores. Creemos que es algo Brechtiano, la vemos asumiendo que es un espectáculo, que es pura trama, un mero montaje y que al final la ilusión se manifieste como tal. Pero no. Eso no ocurre nunca. Sincretismo falso, inventarse dramas. Creer que lo de aquel lado está sólo de aquel lado. La putilla cruza la calle, saca su sombrilla de ese bolso (porque ella también se moja, y la sombrilla no será diferente a la de una de las subsombrilladas). Los tacones del desprecio (epíteto hurtado a Bunbury) van sobre el asfalto húmedo. De nada sirve reducir ‘este lado’ a lo individual, lo harán –imagino- las subsombrilladas, el bigotón, el tipo que por no andar paraguas se tapa con una bolsa plástica . Las putas siempre están allá, del otro lado, del show eterno de la ciudad ajena y decadente que vale siempre atacar, criticar, destruir. Allá. </p>
<p align="justify">“Sincretismo”, parecía insistir. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Tengo que aceptar que está de mi lado de la acera, del lado mío, yo, mi bolso, mi libro de Keats o de Luciano de Samósata, mi celular, mi cárdigan, mi San José ficticio, mis mil ideas para hacer una ciudad mejor aunque ninguna será puesta en práctica, mi lado, el lado del crítico que soy? Si la acepto qué. Es aceptar también al piedrero, al gringo pervertido y degenerado, al proxeneta, la plata sucia. Es aceptar que esa es la bajeza de mi realidad que sigue estando ahí cuando ya esté en el bus. Pero, me digo, con la anagnórisis a medio apagar: <strong>eso ya está aceptado</strong>. Si no, leería los periódicos como novelas. Sin preocuparme de muertos, ni asaltos, ni violencia, ni cifras. ¿Entonces? </p>
<p align="justify">¿Sincretismo qué? Pienso en ser metódico y volver a pensar. Sincretismo exigiría también ponerme en su lugar, en tratar de ver el mundo a través de los ojos sobre sonrisas falsas, cansados por andar en zancos de aguja y el frío por las tiras de tela que llevan por ropa. En pensar estar de aquel lado de la acera y ver la fila, ver la gente que hace caras pero que las ve, ve fijamente, verme a mí desde su óptica, ver al haitiano y ver el bus azul de la ruta 56 tan molesto recuerdo de la vida común y silvestre anegadas de mandados y sombrillas. </p>
<p align="justify">Aquella ruta es insensata y futil. Puedo imaginar, hasta ahí; esta imaginación mía se iría por otras tangentes, buscando algo heroico en aquello que es grotesco y vulgar. Mi razón se iría por lo darwiniano, por la respuesta, la adaptación, la supervivencia. No, no conviene imaginar un punto de vista ajena, ni siquiera el más verosímil deja de lado el –símil. C’est la verité. </p>
<p align="justify">Ya no sé cuántos días más he estado ahí. Bajo el paraguas en la parada. Es mi salida de San José, entre el vaivén pendular de prostitutas solas o mal acompañadas. La puta (no distinta al taxi ya mencionado) está ahí, siendo otra puta. Aún insiste en el sincretismo, en decir que los dos lados de la acera son iguales. No porque ella guarde alguna moral retorcida, no porque de este lado haya parangones de moral. Ni una ni la otra. Sino porque sí, porque los dos lados de la acera son lo mismo. No porque la gente sea la misma, no, no se trata de eso. Pero tenemos igual atribuciones, tenemos la misma relación con la ciudad. </p>
<p align="justify">No, no, huyamos de la idea de siempre, de que somos hijos de la ciudad, hijos de San José sólo porque nacimos en una clínica en su centro, o porque la visitamos con frecuencia. Más bien San José es el remedo de aborto nuestro, es nuestro sincretismo. La puta le da su color a San José. Se lo da el piedrero. El predicador. El tipo vestido de queque de spoon. El policia. El filólogo que se ríe solo por Luciano de Samósata. Los que la juzgan, los que son juzgados por ella. Sincretismo ante todo, decía la puta sin querer decirlo, pero no me lo decía a mí. Se lo decía a ella misma, a San José, tal vez. A la nube no digital, a todos los que leen algo de la gente que pasa al frente suyo en los bulevares y aceras; la densa niebla de caras larga o cortas, pintadas, sonrientes o furiosas. </p>
<p align="justify">Sincretismo, sí, entiendo. Algo así sólo se descubre estando ahí varias veces más, entender que yo también soy ese taxi. Siempre vuelvo a estar ahí. Otras circuntancias, otra expresión. Pero otra vez ahí. Yo no soy distinto a ella. También yo soy observado y bastaría yo estar duplicado para que alguien me examinara de la forma en queyo examino a alguien más para entender del todo la repetida pluralidad de juicios de las personas. Sí, es así como damos forma a San José, a partir de lo que vemos, de lo que pensamos cuando vemos. Así San José nos pretende resumir a todos; nunca lo logrará claro, pero el punto de vía mío, no es más que uno mas en el crisol de momentos josefinos. Sincretismo digo yo en el blog, sin decirlo a nadie en particular. </p>
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		<title>Epitafio del Ingenioso Hidalgo</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 02:17:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
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		<description><![CDATA[Ocupado lector: con juramento me podrás creer que este comentario será breve para no malgastar tu valioso tiempo con palabras tan torpes, largas y complejas. Tenés mi indulto para no leerlas, pues no dudo que galimatías de este tipo no son leídas por persona alguna pues ningún valor se extrae dellas. Procuraré contener el caudal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Ocupado lector: con juramento me podrás creer que este comentario será breve para no malgastar tu valioso tiempo con palabras tan torpes, largas y complejas. Tenés mi indulto para no leerlas, pues no dudo que galimatías de este tipo no son leídas por persona alguna pues ningún valor se extrae dellas. Procuraré contener el caudal de ideas que turba mi mente y hacer llegar acaso el mansa agua de un arroyo, pues comprendo que asunto más elevados requieren de tu urgente atención y reclamos sobre amarillentas páginas añejas poca relación guardan con el fulgor cromático de lo moderno. En fin, ¿qué tiene que ver un pobre loco que se nutriera de novelas de caballería hasta desembocar en la demencia con los hombres ágiles que van a cumplir sus labores de ciudad? ¿Qué pertinencia tiene la sabiduría de un villano como Sancho Panza? Ínsulas y escuderos ya pertenecen a la vetustez. Al igual que los caballeros andantes. </p>
<p align="justify">Enhorabuena que esto queda atrás. Ya los niños no habrán de deleitarse con las densas y tretas del tal Miguel de Cervantes o Cide Hamete Benengeli, pues como si embrujado por un encantador de Oriente hubiese sido jamás supe con claridad quién era el autor, quién la sombra del autor. Pensé en ese otro danés absurdo que habla de reinos en cáscaras de nuez y en dramas dentro de dramas y regocijo hayaré&#160; y sé que los niños también de que no se les torture más con esas profundas dualidades, ese tal Alfonso Quijano que no se decide a ser Don Quijote nada más. Ya ningún joven caerá en esas sutiles magias, en esos recovecos literarios en los que la ficción y la realidad se extrañan. Ya las locuras de ese manchego necio quedarán en un estante olvidado, pues son locuras nada más. </p>
<p align="justify">Ríen con esto, estoy seguro, el cura y el barbero, satisfechos por fin de lanzar el libro del tal Cervantes del estante, abandonarlo al olvido porque ni siquiera la hoguera le está permitida. Queda el mal ejemplo, la novela de caballería, fuera de consideración y por esta didáctica decisión reirá en secreto Platón, expulsando de uno en uno los poetas de la República. Perdón, pues me he alejado del tema, pero poco queda que aún deba ser dicho. Al hidalgo el consuelo del abandono aparece en la célebre compañía que tiene, están el Cid y el buen Dante con Beatriz y Virgilio en ese exilio. El gran agujero que semejantes tomos han dejado pretenden ser rellenados por otras obras, si bien de no menor calidad, sí pertenecientes a otro estante; el que está reservado para los jóvenes que bien deberían aprender las lenguas de los bárbaros y entender así las lecturas de estos. Bachilleres de mal ver andarán pronto por nuestros caminos; enseñados por torpes profesores preocupados por ahorrarse la fatiga de enseñar a brutas bestias que a las aulas acuden, que así de bestias nunca pasarán. El conjunto esfuerzo de maestros y aprendices que hace pasar de la mediocridad a la crisis es admirable. Con estas palabras finalizo y devuelvo la libertad a tu mente, roto así el encanto de las palabras bien hiladas; buscaré un libro de caballería para leer, luego otro, hasta figurarme demente. VALE.</p>
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		<title>Las galimat&#237;as de un psicr&#243;logo</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Apr 2010 14:13:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Aquí, a mí, al escribir me podrá faltar la sal. No así lo demás, porque la pimienta, el comino, el cardamomo, la albahaca, el perejil y ese tarrito mágico y amarillo que contiene mi azafrán, oh sí, my precious azafrán, están ahí donde deben estar, cerquita del aceite y la salsa lizano que, como my [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Aquí, a mí, al escribir me podrá faltar la sal. No así lo demás, porque la pimienta, el comino, el cardamomo, la albahaca, el perejil y ese tarrito mágico y amarillo que contiene mi azafrán, oh sí, <em>my precious</em> azafrán, están ahí donde deben estar, cerquita del aceite y la salsa lizano que, como <em>my precious</em>, cruzan océanos porque de eso se trata el mundo de ahora (o el mundo de siempre): que, las cosas que sólo se consiguen en un lugar, viajen en bajeles o container ships de un lado a otro, van y vienen, o los chips de intel que de aquí se van allá y se devuelven luego para terminar en el tarro que reproduce la música en el bar estándar y genérico donde también venden el alcohol polimorfo, la cerveza con apodo italiano y origen sumerio y hechura de aquí, de Holanda, Bélgica, Estados Unidos, México o Argentina o Alemania, cuando es mucho pedir, o los Vodkas escandinavos o esteparios y bueno, los otros licores, de aquí o de por allá y son casi especialidades con propio pasaporte, la cachaça brasilera, el tan-americanizado <em>bourbon</em> y el Bailey’s tan irlandés como James Joyce cuyas obras atrapadas en los papeles de Modern Library y Penguin terminan en mi librero, así como tambíén de una caja de amazon.com de forma casi pandoresca salgan Keats y Milton y Graves y el libro del piloto francés traducido a la lingua morta y las Edda en Prosa y a veces pienso que tiene algo de inverosímil que tantos libros tan variados terminen aquí en este rincón olvidado por los dioses y los gobernantes y la gente y que sólo es recordado por las mineras <em>infinitas</em> canadienses. No es de extrañar eso, porque las empresas son las primeras en recordar que del tercer mundo para abajo todo es más barato y como en el cuarto o en el octavo o en el catorceavo es donde están las fábricas de tenis Nike, los telares de Zara, los pequeños niños y sus pequeñas manos para coser las pequeñas cosas; de donde venía la seda ahora viene el plástico en cantidades casi transinfinitas y allá van el metal y el mundo enredado y el hambre de las industrias que se oye y se siente en esa extraña ciencia de números y valores que nunca he terminado de entender bien, pero, en cierta forma hay que obedecer. Así es el mundo, ni bueno ni malo, solo enredado, con mariposas que baten las alas en Shanghai y cae la bolsa en Frankfurt o algo así era. </p>
<p align="justify">Veo veo, qué ves, qué veo, ahora todos vemos, todos vemos todo. La mariposa puede batir sus alas en toda la imaginables formas, fotos, ilustraciones, por qué no esculturas, o todo lo que google ponga a nuestra disposición o que alguien nos pase con un link; la internet, la máxima representación de nuestra época es una mediateca proteica, toma la forma que quiera, que pidamos. Laberinto mediático lleno de videos como el de Salomón o de esos textos franceses del siglo XVIII que Google Books deja vinear, el universo de la representación está a nuestra alcance. Ya cada quién escoge qué ver e incluso cómo ver, porque em esa miríada de imágenes ya unos sólo ven problemas otros, selectivos del buffet sólo agarran lo que les guste, les interese les sea pertinente, les excite. <em>El que busca encuentra</em>. Entre lo que encuentra tiene que buscar de nuevo, porque el que busca, encontró demasiado. El mundo se nos revela de miles y miles de formas; la distancia es una ilusión porque sé que hay una webcam que me deja ver algún monumento en otro país, veo las muertes de gente de otros países, soldados o civiles con la apología del <em>miles gloriosus</em> luego, criminales de otros países, incitiativa para evitar declararlos criminales, el mundo despojándose de sus velos, la pornografía de la existencia que en algún momento se convirtió en la regla general. Saber lo que ocurre en Kyrgystan es evidencia de cultura, de interés de un alma esclarecida y curiosa, poder comentar que alguna cifra murió en un atentado donde entender las causas es importante aunque nada de eso siquiere llegar a ameritar más de una oración en un texto de historia, los videos porno de la Paris, o de cuanta cabezahuecamachatonta exista también es ese dato increíblemente útil. Casi divinamente el mundo nos pide su adoración; nos exige estar sentado absorbiendo todo lo que pasa aunque sea un ejercicio futil; el presente es un caos increíble cuántico imposible de captar en una imagen. Su comprensión implica que ya algo más ha cambiado, sea un volcán en Islandia o un terremoto en Taiwán, elegir este camino además evitar que yo esté allá haciendo algo, desencadenando un evento en el mundo, escribir en el blog es negarme a hacer otra cosa, sea leer, sea quién sabe qué. E incluso leer, esas otras cosas, reliquias de un mundo recordado sólamente por lo que nos lega, pero del que se ha perdido su “presente”, sus cosas baladíes que importaban poco para los textos, es enajenarse, es construir un ‘idilio’, porque no todo tiene que ser bucólico para ser idílico. Muchos preferiremos la vida del Quijote, atrapados en libros, enterrados en tomos, personajes, metáforas; desovillar los finos intertextos, saltar de una poema a una elegía o una epopeya para venir a dar en una novela <em>epi oinopa ponton</em>. Sin incurrir en la ira de Poseidón, <em>thalatta thalatta</em>, nos volvemos a enredar, porque la red que se teje entre textos no es menos espesa que la babilonia de imágenes en un monitor. Hacia atrás o hacia adelante, del mundo huímos hacia lus lugares idílico, a veces son utopías o distopías, pero están lejos del infinito tentacular presente, refugiamos en tinta y papel o saltamos a la parafernalia gráfica y en Star Wars, Avatar, o cuanta otra historia, The Notebook, trama, romance, simplificación, abstracción, exageración, exista nos perdemos, dos horas a la vez, con suerte más, y ahí podemos ser héroes, anagnórisis, identificación, no más mundo, mejor ser, lo que se es dentro de la ficción que es y será mi única realidad. Tal vez sea esa la mejor lección de este mundo. </p>
<p align="justify">El final es predecible. Terminará con que yo deje de escribir, dé el botón de enviar, me levante, me vaya a bañar y asista a clases de mitología griega. Antes de eso habré balbuceado algo más, sin aclarar qué son galimatías, ni explicar que la psicrología es una palabra que Eddie azarosamente encontró en la página 652 del diccionario, la charla insulsa, o que muy a su manera el diccionarito vox, acertadamente, llamará cháchara. No nos precipitemos que aun no me voy, que aun tengo qué inquirir pegar el grito al cielorraso de mi cuarto, porque realmente la voz mía no da para llegar más allá y la libertad propia me impide afectar la libertad de los demás. El mundo es el único que nos afecta a todos, nos obliga a refugiarnos quijotescamente en novelas, telenovelas, noticianovelas; por el momento nos limitamos a vivir en esas parcelas intelectuales que hemos definido para cada uno. Este siglo insípido y sin gracia es vulgar: vulgar en su violencia y su afán de oro, con ejecutivos y sus bonificaciones, con Goldman Sachs, con Grecia asociada a finanzas desfalcada y no a Homero, con petróleo y todo lo demás también. Mundo aburrido donde la ciencia y la tradicíón se terminan reduciendo a una encuesta en televisión para que respetuosamente la gente eligar qué es verdad, si el mono o el quick-six-day creation del barbudo arquetípico. Lo sublime de lo absurdo, del que cambie biblias por metralletas pone en evidencia lo estéril de lo real. Ojalá algún quijotillo vuelva a confundirse y bañe el mundo con su locura, cambie al mundo al asaltar molinos y nos convenza que Dulcinea está ahí y nos la enseñe a todos. Ahora sí, el momento justo, iré a bañarme. Mutis.</p>
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		<title>Achilles Last Stand</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Apr 2010 05:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
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		<description><![CDATA[¡Canta, oh musa! Sí, cantá, cantate una de esas, las que me gustan, las canciones que me saben-huelen-parecen-sienten-escuchan como el mar como el vino. Epi oinopa ponton. Dale entonces musa y empezá una de esas canciones que son como el mar y por tanto como la tempestad porque son ambas una y la misma cosa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¡Canta, oh musa! Sí, cantá, cantate una de esas, las que me gustan, las canciones que me saben-huelen-parecen-sienten-escuchan como el mar como el vino. <em>Epi oinopa ponton. </em>Dale entonces musa y empezá una de esas canciones que son como el mar y por tanto como la tempestad porque son ambas una y la misma cosa que son un ciclo de condensación o evaporación y me faltará ahí la sublimación pero que no tiene fin que tampoco es problema porque lo infinito es bienvenido como también le tocó aprender a Aquiles, de pies ligeros. <em>A kill-ease</em>. Un-ease. Crept. Repta. Como una tortuga que es un reptil, <em>ergo </em>repta, pero que así y no de otra forma logra vencer a Aquiles, de pies ligeros; la velocidad del Pelida poca importancia tiene porque en la infinita sucesión de persecuciones una flecha lo alcanza. Arma más cercana a lo efímero. Dura un instante apenas. Tensar. Soltar. Morir.</p>
<p>Son diferentes la lanza y la espada, eso lo sabía bien Aquiles, de pies ligeros. Hacen sentirse en el atacante, es más cercano, que lo diga el poeta que describe de-ta-lla-da-men-te los desparramamientos, las rodillas desarmadas, las tripas regadas, las caída como encina o los que son menos gloriosos y mueren retorcidos como gusano y todo eso ocurre con la lanza ahí, clavada, luego retirada, pero es peor con la espada porque la mano que da el golpe debe sentir como se desgarran piel y corazón; la flecha no. Sólo mata. Y ya. Y ya. Y ya. Y ya. Y el buen arquero fácilmente podría matar a tantos. Ulises y los pretendientes. O Paris. O Teucro. O Filoctetes, pero ese hasta el final y no hay que adelantarse, porque para qué, ya es mucho saber para Aquiles que muere. Porque hasta en muerte Aquiles entiende que está en una eterna competencia; tiene sus muertos que lo preceden y lo matan, sí lo matan ellos, porque cada uno lo acercaba más, porque antes de él murió Memnón, antes Antíloco, antes Pentesilea, antes Héctor, antes Patroclo, antes Troilo y en cada uno estaba escrita su suerte.</p>
<p>Luego Áyax, luego Paris, luego la ciudad y Príamo, luego las atrocidades de Neoptolemo y en cada uno está la estela de la muerte del Pelida. En los mismos Nostoi está el fantasma de Aquiles. Veo el talón, despedazado, la flecha mordiéndole la carne y consumiéndole la vida, en ese momento la final comprensión que toda esa guerra gira entorno a él. Con las bodas de su padre inicia, con su muerte, producto de esas bodas por dioses temerosos conjuradas acaba. Él, héroe, nació para destruir tanto a troyanos como a griegos, su vida fue su cólera; fue perseguido por su destino que los dioses sutilmente dirigieron, como la saeta. Ahí, al fin alcanzado, la destrucción total logra. Si mil veces naciera, mil veces ardería Troya, de amplias calles, con sus tumbas de príncipes muertos, mil veces morirían también los caudillos, a los dioses caros.</p>
<p>Ulises, más querido a Aquiles de los caudillos aqueos, he de imaginar, presenció el último momento de Aquiles pero no le correspondió entender <em>nada</em>. Sí, en cambio, le correspondió entender la solución del otro Aquiles. El que sí venció a la tortuga y de esa se apropió: <em><strong>Solvitur ambulando</strong></em>. Y es por eso que Ulises en el Mediterráneo erra.</p>
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		<title>Wrapped Up in Books</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Mar 2010 04:55:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[divagacion]]></category>
		<category><![CDATA[eneas]]></category>
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		<category><![CDATA[san jose]]></category>
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		<description><![CDATA[Abro el libro. De él salen descripciones finamente hiladas, genealogías esclarecidas, uno que otro dios que discute, debate y, por qué no decirlo, hasta hace berrinche. Eneas, cada vez que abra el libro en la página cientoveintisiete, estará bajando con la Sibila de Cumas por una caverna hacia el reino de los muertos, encontrará a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Abro el libro. De él salen descripciones finamente hiladas, genealogías esclarecidas, uno que otro dios que discute, debate y, por qué no decirlo, hasta hace berrinche. Eneas, cada vez que abra el libro en la página cientoveintisiete, estará bajando con la Sibila de Cumas por una caverna hacia el reino de los muertos, encontrará a Palinuro esperando un digno entierro para poder cruzar y le mostrará a caronte el muérdago para Proserpina y luego el Inframundo, los condenados y Anquises y aquellas futuras almas olvidándose en el Leteo para volver, para ser césares o reyes, latinos o romanos. Con el libro abierto sé que estoy ahí, detrás o al lado del héroe, a veces me le anticipo porque no evito leer un párrafo unas cuantas páginas más adelante, a veces el autor, me da las pistas, la profecía que deshoja páginas para cumplirse, para agotarse el tiempo antes del irremediable triunfo. Yo voy ahí vertiginosamente devorando las palabras que equivalen a los azules mares del Mediterráneo ancestral, a las escallosas rocas donde mueren los marineros, donde los dioses juegan a sus seducciones, donde cada quién es hijo de algún héroe y se obsequian valiosos tesores de oro o marfil.</p>
<p style="text-align: justify;">Cierro el libro. Hay que caminar y eso hago. Hace sol. La ciudad gris se agota cuadra a cuadra mientras camino. Torpemente se deslizan frente a mí los rótulos de San Pedro. La iglesia con su inútil Latín al cual nadie le presta atención, la Lehmann escasa y pobre, el Pomodoro con su fuerte aroma a ajo y a madera podrida, la calle, el asfalto, el humo de los carros, los murmullos universitarios de cada lado de la calzada, mosaicos imposibles que se construyen a partir de palabras sueltas, la extraña iglesia bautista, el cruce de calle en diagonal de Fito’s al otro lado, el otro cruce sobre las vias de hierro que guardan un eco del pito molesto del tren, la facultad de Arquitectura al otro lado de la malla, la entrada a la U, radio U, canal U, lo que sea U, la radio y sus ventanales con reflejo donde vanidosamente me veo al pasar, bambuzales y El Kiosco, otra entrada a la U, la acera de las paradas de bus donde la Periférica suba y baja gente, cobra y da vueltos y los torpes artesanos o mercaderes venden sus baratijas, el horrible sol de mediodía que ya me afecta, siento el sudor que baja y la parada de Heredia y el bus con la puerta cerrada, porque llegué muy temprano, y al menos tengo una sombra, en eso: prestidigitación. El libro, el seis de corazones marca la página (52 marcapáginas al precio de una baraja de bazar).</p>
<p style="text-align: justify;">El libro volvió. Tal vez razono que no es tan alegórica la Historia Sin Fin. Leer implica trasladarse a otro mundo, perderse, entrar en un laberinto dado por los números en las esquinas de cada página. De nuevo estoy con Eneas en Italia; la Odisea dio lugar a la Ilíada, son batallas y bodas inconclusas, guerreros que no son el hermoso pelida ni el politrópico Ulises vuelven a batirse, Hera y Venus opuestas entre sí de nuevo, Diómedes se menciona para dar su negativa y ya no trata el poema sobre los vericuetos marinos de Eneas. Se enumeran los bajeles etruscos sobre el Tíber, las huestes tirrenas y arcadias y Eneas y yo escuchamos a las driadas dar aviso del ataque de los latinos liderados por el gigante Turno. Estoy ahí, mi mente le dio cara, color y forma a esas driadas en las olas, Eneas y la batalla sobre la playa saltan a la realidad, lo puedo ver todo a la vez, disperso en varias páginas completo la escena, la batalla, en espacio y tiempo variable, pasan las horas y se acumulan los muertos en el río, releo un párrafo y Palanto vuelve a morir. Una y otra vez, degusto la herida, el pecho blanco roto por la lanza. Se vuelve a colar el seis de corazones en el medio. Cierro el libro.</p>
<p style="text-align: justify;">Camino nuevamente, las caras a mi lado son insípidas y olvidables. El día ha girado y los carros del Sol se pierden allende del mar, en el crepúsculo las caras son grises e indistintas, como los edificios o el asfalto requesbrajado de la calle. Impelidas por la madre Cibeles las plantas torpes crecen en las rajaduras del pavimento en este <em>reino </em>tropical donde lo edificado por los hombres sucumbe a la humedad, a la agresiva vegetación (cosa de por sí contradictoria, vegetación que de vegetal tiene poco, que tiene una vida más decidida que los hombres), al descuido y al olvido de una estirpe que vive para sus necesidades inmediatas como los bárbaros que piensan solo en el día presente y jamás en los destinos de los hombres. La ciudad sufre de los hombres. El polvo se acumula en las cornisas, en los dinteles, bordes de ventanas, en las caras de los niños y hasta en el aire queda suspendido, como una seda invisible que se corre suavemente al caminar, manchándonos de la mugre de la ciudad; suciedad y vidrios rotos, caras rotas y sucias, bañadas en el aceite de la lucha incesante de cada día. La ciudad, o si acaso su esencial parte, que la represente toda, la larga avenida se troca en un singular campo de batalla, unos esperan y buscan sus agüeros, los leen en la forma de la hamburguesa que ávidamente consumen o en la disposición de los taxis, otros marchan ya, las divinas armas portando, a dar la cara en la batalla, probarse en los campos de Marte, o en las oficinas o las tiendas o los bares, fieramente lanzándose a luchar silenciosamente contra el mundo, donde todos son rivales y todos son aliados. La vida, pienso, al comenzar a imaginar nombres y gestas de los hombres que caminan a mi lado, tiene sus odiseas e ilíadas o pues, sus eneidas en las que figurarán los caballos de madera o los guardados por la divinidad, o los que descienden al Inframundo y emergen con el conocimiento del futuro. Menos grises, veo las caras de las personas, e imagino su linaje, sus maldiciones, sus historias. Aquella, una ninfa de robada virginidad que aun cree en un Júpiter celestial, aquel, cuida las armas de su anciano padre, su casa y su raza, otros buscan entre la gente a sus enemigos, al raptor de su amor, al que le hizo mal, justicia, venganza, reivindicación, ambición, destino entretejidos entre las fibras de la ciudad, de la gente que la habita; ciudad que sufre de gente y por eso mismo es ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">Camino y en algún vidrio reluciente me veo reflejado e imagino una extraña inversión. Con el libro abierto me sumergo y acompaño a Eneas, como lo hiciera Venus; cerrado el libro, sus palabras adheridas a mi mente, presiento al troyano acompañándome.</p>
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		<title>Juli&#225;n in Wonderland</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Mar 2010 04:37:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
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		<category><![CDATA[país de las maravillas]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Aun queda por decidir si el agujero de conejo se apareció debajo de Julián o si Julián apareció sobre el agujero. Lo que importa es que la relación entre agujero y Julián es regulada por la gravedad que exige indiscutiblemente que se produzca una caída, sin importar el orden de las cosas. Es así como Julián se encontró en el fondo del agujero de conejo, que no necesariamente sería un agujero, ni un conejo, sino que podría ser un lugar más ordinario, como un bus, una sala de cine o incluso una ciudad, en la cual cualquier puerta posiblemente pueda tener una llave lejana o improbable, o donde haya alfajores que pidan ser comidos o cervezas pidiendo ser bebidas y, naturalmente, Julián no duda en obedecer, porque sabe que no está sólo sino que la compañía en esa lejana tierra es buena, agradable, y digna de ese mundo al otro lado del espejo, en el fondo del hueco de conejo, o simplemente ajeno a su propia, josefina realidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Wonderland (cuya torpe traducción como País de las Maravillas me ha puesto a pensar en una que otra ocasión) está poblado de multitud de criaturas inimaginables, o más bien tan terriblemente reales que asustan. Cada ser es terriblemente diferente entre sí, pero a la vez es terriblemente igual, comparten entre sí características esenciales que los hacen parecer torpes repeticiones, indistinguibles entre sí. Hay personas que parecen barajas ambulantes, niños modernitos en sus uniformes dispares y coloridos, masas y multitudes de gentes que son tan poco originales como un siete de tréboles o un cuatro de oros. Otras gritan sin razón. Otras pretenden algo que no son. Y otras son algo que no pretenden ser.</p>
<p style="text-align: justify;">Naturalmente también hay esa gente especial, esa oruga que lentamente se fuma al mundo, esos gemelos necesarios y trascendentales o el mágico gato, cuya sonrisa imposible, es un recuerdo constante que el mundo está –afortunadamente- lleno de detalles que continuamente desafían las probabilidades, a veces del gato queda no sólo la sonrisa, sino los ojos, gatunos y a la vez no, juguetones e inteligentes, guiños y verdes, y a veces no son verdes, lo que hace a Julián pensar en imposibilidades cromáticas, y descubre que el pelaje también tiene color al no tenerlo, porque se puede evaporar, o los gatos a veces se duermen con caricias en la frente. Finalmente Julián, tan terriblemente espantado, por las barajas sentadas en sus buses o atendiendo en cajas, en cafés o andando por las calles, se refugia en una que otra sonrisa que se evapora, en un sombrero de copa de talla 10/6, o en pares de personas que discuten, sin darse cuenta de que dicen lo mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras tanto, la Reina de Corazones, sutil e invisible, logra convencer a Julián de querer cortarse su propia cabeza, tan súbitamente hinchada al tamaño de un chiverre o algo así, que lo hace añorar al verdugo o al acetaminofén, que se figuran como únicas salidas, del laberinto. Sospecha, secretamente Julián que se ha convertido en un flamenco y lo han usado para jugar al criquet y sabe que eso es perfectamente posible, pero aguarda y espera, pero por aguardar y esperar a veces se debe entender pasearse impacientemente. Otros, por cuestiones de relatividad, podrán deducir que también puede implicar un movimiento del mundo alrededor de él, otros se conformarán con saber que se puede descender o salir de un espejo y despertar del país de las maravillas para dormir sin dolor de cabeza ya, y sí con gata, pero no la que sonríe.</p>
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		<title>Dancing With Myself</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Jan 2010 17:01:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[alterego]]></category>
		<category><![CDATA[cortázar]]></category>
		<category><![CDATA[cronopio]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[No sé en qué momento me percaté que él estaba ahí. Varios asientos delante de mí, del lado izquierdo del cetáceo bus apoyado a la ventana por la cual se escurría el paisaje mitológico mitad-rural, mitad-urbano que carecteriza inequívocamente el viaje a San José. No sé por qué me fijé en él. Yo leía un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé en qué momento me percaté que él estaba ahí. Varios asientos delante de mí, del lado izquierdo del cetáceo bus apoyado a la ventana por la cual se escurría el paisaje mitológico mitad-rural, mitad-urbano que carecteriza inequívocamente el viaje a San José. No sé por qué me fijé en él. Yo leía un libro de Cortázar y en una vez finalizado una de sus narrativas levanté la mirada en consecuencia a un reflejo epifánico de masticar a la vez las últimas palabras, recordar el título del cuento y resistir la tentación de buscar en el texto cuándo fue que la trama se contorsionó, en qué malabar semántico el viejo zorro argentino se me escurrió, me adelantó y me dejó como a Aquiles persiguiendo tortuga ideológica. En esa sonrisa intelectual burdamente comprimida en un intérvalo de imprecisa cronografía lo vi y lo comencé a analizar. Le veía sólo la espalda, pero supe de inmediato que leía. </p>
<p>Confieso que en ese momento no reconocí en él nada particular, no vi nada familiar. La contextura delgada y el alborotado cabello no tienen nada realmente extraordinario, en ese momento me dejé llevar por una fuga de optimismo en medio del cinismo de cada día y noté lo verdaderamente singular que me resulta descubrir a otra persona leer en un bus, al menos en el mío en el que las bolsas plásticas hediondas a pollo o los rítmicos jadeos camuflados como música son harto más comunes. </p>
<p>Me volví a sumergir en Cortázar. En menos tiempo del que creí ya veía por la ventana el Registro Civil, el paseo de Damas que se agotaba y tres párrafos por leer aun para terminar otro cuento y esa rápida duda si cerrar el libro y dejar esos tres párrafos que me carcoman mientras busco dónde terminarlos o leerlos en el bus luchar contra la presión de leer rápido para no perder una palabra luego finalmente&#160; decidir que me da tiempo e ignorar la visión del parallax sobre el Morazán y rosado burdel camuflado como hotel a la izquierda y sí leer. Ignoré el movimiento normal de la gente que anticipa la salida y me concentré en disfrutar ese momento en que el autor le clava a uno las espuelas para llegar al final del cuento en ese ritmo vertiginoso de un ovillo de lana que se enreda y pronto todo se va entendiendo pero a la vez no. </p>
<p>Terminé. El bus llevaba un par de minutos detenidos y ya casi todo mundo había descendido, quedaban las viejecitas paciente que preferían bajarse de últimas en vez de someterse a la agresiva cortesía de quiénes les daban espacio para bajarlas más rápido como un ganado milenario y ancestral. También estaba él. Él, quien parecía replicar mis movimientos al hacer desaparecer su libro en su bolso con la presteza y agilidad con la que un espadachín envaina su espada después de hacer gala de su arte, elegancia y presteza. Se puso de pie, al mismo tiempo que yo, avanzó hacia la puerta, hacia ese punto de escape a medio camino entre él y yo. Cara a cara nos vimos. Él tal vez no me vio. Era más viejo y yo le parecí un transeúnte más. Yo me quedé pasmado. Me detuve. Él balbuceó un <em>con permiso</em> y salió, detrás de él se escurrieron las viejitas más hábilmente que lo que yo esperaba y por la puerta de adelante el chofer del autobús ya le cobraba a los nuevos pasajeros. Y yo seguía incrédulo ahí, pero a la vez bajando las gradas y siguiendo el cordón de la acera para doblar una esquina, pero aun seguía detenido en el bus, maldiciendo a Cortázar, pues sólo ese cronopio atrapado entre tintas y papeles podría ser capaz de embrujarme a partir de un cuento insólito, hacerme desconfiar de la lógica de este mundo ordinario y recurrir a la imaginación por explicaciones. </p>
<p>Él, el otro hombre que leía en el autobús y que me vio a la cara, él, él no era otro, porque era yo; tenía una buena decena de años más, la moda era otra así como la forma de peinarse o la decisión de dejarse crecer un bigote. Sus ojos eran los mismos, la cara de distracción aparente, la mente jugando a tirar el avioncito de papel cada vez más lejos hasta que el avión se vaya donde no se pueda alcanzar y que simplemente queda volver a la realidad y hacerse otro avioncito con lo que se ve. Perplejo yo evadía los tumultos de la Avenida Central y aun visualizaba el momento en el bus. El encuentro, el pequeño baile de gente que se disputa el derecho de salida, los ojos, la mirada, el libro, las manos, el <em>con permiso </em>y <em>gracias</em> tan mío, tan en otra boca. Yo caminaba y ya mi mente se quería distraer en las conversaciones que flotan en los semáforos peatonales. La muchacha que dicta cátedra sobre los rituales de apareamiento entre brasileños y su comprobación práctica, el tipejo de sonrisa esquiva cuya mirada fija se perdía buscando Canaán debajo de esa falda blanca prohibida y distante que no vería nunca jamás. </p>
<p>Yo seguía un rumbo equívoco a un café mocachino (¿y por qué no también?) un arreglado que tal vez fuera de jamón o pollo o un cangrejo. Pero pensaba en Borges, ese otro magnífico argentino que también tuvo un encuentro a la vez real y a la vez sueño de una fecha imposible. Pensé en la Ciencia Ficción, en los viajes en el tiempo qué deseché como explicación pues el baladí encuentro consigo mismo en un autobús no amerita el rasgado de las fibras del tiempo. Doppelgänger o alterego o tal vez, Fata Morgana, pero seguía dándole vueltas a explicaciones, daba vueltas a la cucharilla en el café y el azúcar que se disolvía y que sabría que no iba a tener respuesta que más bien todo lo habría imaginado para jugar conmigo mismo mientras esperaba en ese café y ya el juego se me agotaba y extraje de una vez el libro de Cortázar de nuevo, pero que no dejaba de verlo sin abrir con una mirada de sospecha. Caja de pandora de imaginaciones, fantasías y magia. Decidido a no olvidar el episodio saqué el bolígrafo y el cuaderno que siempre ando y escribí esto, pausando a veces para recordar, porque ya el azúcar se me disolvía y veía por la ventana a los pasantes que nunca veían para arriba y terminé de escribir, y pensé en encuentro improbables al cerrar el cuaderno y abrir la página doscientes dos y agradecí a Cortázar, agradecí de lo más profundo de mi ser, por enseñarme a ser un cronopio.</p>
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