categorí según la taxonomía astorgiana: Punzocortadas


Anarchy in the U.C.R.

Bueno, de aquí nadie sale. Este blog, siguiendo las inmaduras tendencias del día, toma su atención. No lo va a dejar irse. El botón de ‘cerrar’ está detrás de una barricada, entre gritos y demás salvajismos se impedirá la fuga. Las palabras se encadenan a su pupila. ¿El por qué? El por qué es muy importante, no se puede reducir, es un argumento irrefutable: porque me da la gana. [Huyan por la salida de emergencia antes de que la cierre, también.]

El FEES ha sido el tema del mes en la UCR. Es un tema delicado, porque en esta época todo lo que tenga que ver con dinero es delicado, casi cualquier otra cosa más bien es tratada burdamente. Los millones se cuentan a cuentagotas. Hubo “semana de la reflexión” que no pocas veces se extendió a un adoctrinamiento, en algunas valiosas otras sí cumplió con la reflexión. Hubo marcha, hubo discusiones, noches de encerrona entre ministros y rectores.

Quien alguna vez haya regateado un precio entiende la premisa básica de una negociación. Yo quiero algo que usted tiene, usted quiere algo de mí. Si no puedo ir a regatearle a otro vendedor, pues toca entre usted y yo. Es un tango, va de un lado para otro, es una lucha a muerte en un mercado en Estambul. La negociación concluyó, la oferta quedó bien. No es óptima, no, no es pésima. Tampoco. Se aplaude el esfuerzo. Se toman medidas. Se sigue.

Lo que no se hace es lo que hicieron los pelagatos de la FEUCR. Es una inmadurez, por no decir ridiculez. Es algo que lo vi venir desde que supe que los rectores querían un 11%, la FEUCR y el sindicato un 13%. Desde el día previo a la marcha, hablaban de traición. ¿Traición? Es una palabra grave, más si se trataba de algo cuya prioridad debería ser la Universidad. Aquí podría insertar alguna de esas hermosas historias de bueyes, que para labrar mejor deberían ir ambos en el mismo sentido y al mismo ritmo, que sólo así se obtiene lo mejor. No la mencionaré por obvia, tanto así como decir que algunos se comportaron como las vacas, más bien.

Tomar un edificio. Tomar otro. La Universidad cumple años. Había un acto, pequeño, simbólico en el teatro Melico Salazar y se canceló. La Feria Vocacional terminó evacuada por las puertas de emergencia del edificio de Sociales. Las otras puertas, estaban ocupadas por algunos tipos encadenados. ¿Por qué? ¿Porque les dio la gana? No sé, la verdad no lo logro comprender. ¿Por un ideal? No, no, un ideal no. Me atrevería a decir que es orgullo, patético y simple orgullo, es aferrarse a las palabras que han repetido tres semanas, por ser sus palabras. Pero incluso eso es Brechtiano. Sigo sin entender. Los rectores se encargan del día a día de la U. La oferta que aceptaron, arguyen, permite mantener el status quo. Me atrevería a decir que incluso permite crecimiento, escalonado, pero crecimiento, e incluso podría ser el inicio de una reestructuración y optimización de la U a lo interno. ¿Por qué juzga la FEUCR que su cifra, su 13% es mejor? ¿Por ser más plata nada más? ¿Hay algún interés –porque siempre hay alguno y hay que ser honesto- de por medio?

No empezaré con los chismes de la FEUCR. Un árbol genalógico es un buen referente para saber quién es quién ahí. Otros podrán decir esas cosas, sí esas cosas como que la plata de la caja chica es para comer en FRiday’s (aunque eso fue hace años, ahora debe ser Hooters) o que qué bueno porque la FEUCR sirve para tener patas y salir a un buen puestito. O que, bueno, pero no digo nada más. Porque no quería empezar con los rumores y no lo cumplí. Me limitaré al hecho que la FEUCR no me representa, más bien me avergüenza y que haría más por mí al no existir. (Porque la única vez que recuerdo haber acudido a ella su solución fue tan negativa y desinteresada como pudo haber sido).

Sí, me avergüenzo de ellos, en particular hoy. Porque es ser hotheaded. Es no tener un criterio, es aferrarse a la terquedad. Es darle rienda suelta al orgullo. Es tal vez lo que está mal y lo que va para futuro (y no solo en la U, porque el nombre de esa chiquita de apellido Herrero lo seguiremos escuchando en otros lugares y otros momentos).

1968 fue hace mucho. fue en otra circunstancia, en un mundo diferente. El remedo que aquí intentan no es más que una rabieta, una falta de respeto y ni siquiera ante el Consejo Universitario o las autoridades, sino más bien ante los propios estudiantes que dicen representar, ante los futuros estudiantes que asistieron a la Feria Vocacional. A todos los que de verdad sentimos orgullo por la UCR, los que somos capaces de criticar o defenderla sin ceder a pasiones.

Addendum: Me he enterado luego que fueron dos grupos diferentes. Uno, el de la FEUCR tomó la rectoría, su presidenta se pavonea, llama la atención; el otro, el de sociales, aparecen en un video en youtube enmascarados y hablando incoherencias de privatización. Mantengo mi posición de desprecio a ambos. A los primeros por dar el mal ejemplo que siguen los segundos. A los segundos por la cobardía en sus acto. A ambos por igual por adjudicarse el derecho de representarme.

All The Small Things

Tosía. Tosía y toda se estremecía. Sé que me vio feo cuando me alejé de ella y fruncí el ceño; hay algo terriblemente repugnante en esos tosidos trompo, no puedo dejar de imaginar los gérmenes esparcidos por el movimiento, toser sin taparse la boca, haciendo que se volvía hacia otro lado, pero sólo imaginaba yo que los gérmenes estaban quedando untados, sí untados como mantequilla en un pan añejo, untados sobre cualquier producto en la góndola del supermercado.

La tipa, achatada en los polos y ensanchada en las caderas, se me hizo insoportable. Todo en ella se me hacía un defecto. No sabía toser y eso me bastó, a la manera de un diagnóstico médico, para emitir un criterio sobre ella. Confieso que no estoy aquí para sutilezas ni consideraciones. Mi voz es mía, quiero usarla contra ella.

No dejaba de toser, yo me di la vuelta aún sintiendo el asco. Yo estaba seguro que era tonta, pues de ninguna otra manera tosería así, menos después de tanta campaña educativa por ello. Hace un año el país entero aprendió a toser. Ella no. Pero qué podía esperar de ella, la ropa la delataba, las caderas fofas, el pelo desgreñado. Y la tos. Esa tos más desesperante que le latido de Poe. La tos que no acababa.

Ya estaba lejos yo. Me alejé. Aún sentía asco y le imaginaba. Todavía con un cierto escalofrío. Me negué, sí por capricho y asco a agarrar cualquier producto de ahí cerca. Son las pequeñas cosas dice el adagio, como saber toser, las que hablan tanto de la gente. Hace un año el país entero tuvo que aprender a toser. Son las pequeñas cosas. Mastico la idea y la llevo hasta el final del silogismo.

Son las pequeñas cosas y vienen a mi mente las fórmulas tradicionales, hola, con permiso, gracias, por favor, que si acaso aparecen ahora entrecortadas por sonrisas automáticas o se ven transformadas en ladridos. ¿Será necesario enseñar a decir esas cosas también? ¿Acaso masticar con la boca cerrada? Con permiso, claro, esa frase se le olvidó al tipo que se me lanzó en el pasillo, no creo que necesitara tanto el champú para embestirme de tal forma. Eso es mío, me dijo aquella mujer, está en el mostrador, dije yo. Sí, pero es mío yo lo tenía ahí mientras iba por otra. Hombros encogidos bajo mi cuello, se lo di porque para qué pelear. Me ahorré la palabra punzocortante porque no vale la pena. Son fanáticos, fanáticos de sí mismos, egoístas. Su espacio, su producto, su forma de toser.

Son las pequeñas cosas en las que se nota eso, esa rastrera egolatría que se les mete por todo lado. Esa ponzoña que se les escapa por la mirada cuando uno dice algo, cuando uno está buscando el champú, cuando uno quiere la carne empaquetada que es de alguien más de antemano, cuando uno se repugna por la tos ajena. Tangos de intromisiones y rechazos. La edad del a usted qué le importa. La reacción a la intromisión violenta. Van de la mano. (Me dicen que por ahí hay alguno de esos escándalos que alguien decidió que eran importantes).

Cabría decir algo más, alguna anécdota más que dé más color a este texto tan lleno de verdes gérmenes. Por otro lado, para qué callar en perífrasis, silenciarse en torpes momentos si es tan fácil señalar el lugar, la gente y acabar diciendo con un tono de decepción que este es un país de polos. Sí. Ah, catarsis. No más recovecos. Se lo digo a usted señora, aprenda a toser, tome un kleenex, suelte el cacique que lleva en la mano, compre un pañuelo.

Las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas corroen, afectan las grandes cosas. Esto es un leap. De dónde saco eso, no lo sé, pero sé que es cierto. Las pequeñas cosas reflejan las actitudes de las pequeñas personas, las pequeñas personas imitan las actitudes de las grandes personas. No conozco suficientes grandes personas para saber si toserán así de feo, pero supongo que también tienen sus egoísmos de ese tipo. Ah, la magia de una suposición. Confirmada por las torpezas de nuestra realidad. Nos tuvieron que enseñar a toser y la gente no aprendió. O lo hizo mientras duró. Así como se maneja para la prueba de manejo donde el soborno la gana. Así como se barre por donde se ve la suegra. Polos. Así como la ecología es bonita, pero fuera de San José donde la basura cae de la mano al caño. Así como van dos millones a Cartago, va la presidente que acaba por chorrear más promesas. El día siguiente es un martes con sabor a lunes, lluvioso y sin gracia como cualquier otro día aquí. Ah, sí, ser polo es la mayor de las hipocresías, es querer aparentar algo, pero más importante su definición es ni siquiera aparentar bien, fracasar en eso y defenderlo. Reaccionar ante el reclamo, sacar la grosería, la mirada de odio. No sé toser y qué decía la mirada de la tipa. No sabe toser, señora, debería corregirlo.

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