categorí según la taxonomía astorgiana: Punzocortadas


La tijera se acerca a la cinta, única prenda, la corta, la cinta cae suavemente y deja al desnudo las nuevas ropas del emperador.

En todo caso la inaguración fue feliz y se puede brindar con la champaña, abrazarse, tomar fotos, aplaudirse, posar para la foto, para la posteridad, mirada al horizonte, visión, sí, visionario. El estadista inmortalizado por sus obras. La historia caprichosa e injusta en no pocas ocasiones ha olvidado a sus grandes hombres. ¡Ah aquellas épocas! Con un cincel y un mazo era tan fácil hacer olvidar el legado de algún faraón. Cincelazo. Cincelazo. Y desparecía así el nombre del registro de reyes, de sus obeliscos, se reescribía la historia así de fácil; alguien aprovechaba y se jactaba de obras que no eran suyas. Orwell nos exagera la manipulación de la historia, 1984 distópicamente describe cómo se puede mantener la guerra, manipular la propaganda los libros de historia, Eurasia siempre ha sido nuestro enemigo, Asia Oriental el aliado, luego el Gran Hermano lo rebaraja todo. ¿Y qué importa?

Todo es susceptible a ser manipulado. La historia la escriben los inauguradores, digo, los vencedores.

Reconozco que ahora la originalidad está en robarse el mandado. Por adelantado. Un hospital que no atiende gente, un estadio poblado por constructores de la lejana Asia Oriental (¿se referiría Orwell a ellos?), una Casa Presidencial en un parqueo ajeno. En todo lugar la foto. Habrá plaquitas, imagino, bien bonitas, de metal, para conmemorar la excelente gestión de esta actual administración que avocó tanta obra pendiente. Tanta obra que ahora, además de pendiente, es fantasma.

Un rotundo cero recibiría si para algún trabajo de la Universidad entrego algo atrozmente incompleto, así como si sólo tuviera la obra gris y los chinos aun tuvieran que poner las conclusiones o la bibliografía, o si elaborando algo más práctico (recordando mi formación de computín) si entregara un software que no es capaz de ser utilizado, casi tan insensato como cortar el listón de un hospital que no puede atender aún. O peor, poner inaugurar la introducción de un ensayo del que no tengo tema, ni los terrenos para construir.

Existe algo de surreal, casi kafkiano en esto. Absurdo, sí, terriblemente. Soy ciudadano de un país que promueve oficialmente la mediocridad (y la vive con emoción en los demás aspectos de su vida [para el cliché de siempre que es el futbol está Bryan Ruiz y su Twente como la reducida masturbación en sustitución de lo que habría sido la orgástica experiencia de otro mundial, la solución placebo para el futbol nacional]). Tenemos una carretera nueva, que no abastece bien el volumen de tránsito, tenemos una carretera costanera que vive en un casi-casi-casi-está-casi-un-poquito-nada-más, tenemos los semáforos inteligentes que deben haber sacado mala nota en algún examen porque no se ha vuelto a hablar más de ellos, la palabra “mantenimiento” es una papa caliente que se la pasan de lado a otro y nadie atiende, la nueva ley de tránsito se reduce porque ¡qué fuerte era!, el sistema de justicia por un lado arresta y por otro suelta, así como el Minaet que por un lado protege y por otro explota; y todo está bien tal cual es porque ¡algo es algo! y ¡diay, peor es nada! o el ¡mucho enredo cambiar las cosas, si sirve no se cambia! y ¡deje de criticar si no lo puede hacer mejor, agradezca que están haciendo algo! Ok. Gracias.

Pienso, en el fondo, que esos argumentos defensivos son igual de irreducibles e intransigentes que los de un fanático. Lo cual es terriblemente preocupante. ¿Por qué? Por la simple implicación que hay gente que defiende a capa y espada lo poco que se hace, por el mero hecho que se hace, sin poner en tela de duda la eficacia, la eficiencia de lo que se hace, o de cómo se hace siquiera. Ven y aplauden las nuevas ropas del emperador [serán nuevas, pero no hermosas, probablemente arrugadas, quien conozca el cuento no querrá imaginar al emperador]. Cualquier crítica es apabullada por el fanatismo en el comodismo del sistema.

Es realmente cansado llevar algo a su fin, sí lo es, para qué ponernos en eufemismos. Lo es. Requiere esfuerzo, disciplina. Lo vale, es cierto, pero hay que tener conciencia de lo que cuesta. Construir un puente, arreglar una calle, invertir en tal o cual desarrollo urbano implica un mantenimiento, mantenimiento implica un compromiso, una inversión igual o incluso superior a lo que fuera la obra per se. En muchos casos es algo de nunca acabar; asusta un poco, pero está bueno, así se ponen los pies en tierra, así entendemos que cortar una cinta es una tibieza, una cobardía. La cinta la deberían cortar quienes se comprometan a mantenerlo, a entregarlo listo, no el que se desentiende de esto en una semana o menos.

Contrario a Óscar Arias, yo dejaré este post inaugurado, porque lo he finalizado.

Es un asunto simple: No a la minería a cielo abierto. No a la mina de Crucitas. No a las otras minas que se vislumbran que vendrían después de esta. No, simplemente no. Y no. Punto. He dicho.

Es un asunto simple: El oro vuelve loca a la gente; empezó, cuando todo empezó, con aquel extraño casi troglodita que seguró encontró un poco de metal que le recordó al brillo del sol. Le daba prestigio, fue ornamento de sacerdotes y reyes, era un metal maleable que no se corrompía (¡ah, pero cómo corrompe el metal!), cuántas guerras inició, cuántos mercenarios pagó, muertos aquí y muertos allá y el oro cambiando de manos, ídolos que se derriten, se funden en nuevos ídolos, luego la idea, tan vigente, de que el que más oro posea más rico es; van los españoles, sacan el oro y lo hacen lingotes, luegos los estadounidenses y ahora los chinos que también lo quieren para lo mismo, para guardarlo. Oro también despilfarrado en los lujos, en el anillito, en la cadenita que a más de uno hizo morir por un asalto trivial. Ahora también, al servicio, pero esto es el menos, de la ingeniería eléctrica en cuanto trombofonoscopio digital que exista, porque el oro es un noble metal y excelente conductor, pero qué vil. La sed de oro se mantiene, sigue, de las minas agotadas salen las mineras a buscar otros yacimientos; a ofrecer saciar la sed de oro de algunos gobernantes como pago para poder liberar las vetas doradas del abrazo de la Tierra, dárselas a ese mundo hambriento. ¡Oh noble incorruptible metal, vil y corruptor! Tal locura es un asunto simple.

Es un asunto simple: Con el ambiente no se juega. Es una verdad elemental, obvia y transparente, a tal punto que la hacemos de lado, que no la recordamos. La suerte de las grandes civilizaciones va de la mano con el trato que den al ambiente, en muchos, pero verdaderamente, muchos casos el colapso de una civilización se da por la irresponsable explotación del ambiente (deforestación, erosión, caza excesiva, pesca excesiva, manejo de aguas, sobrepoblación) y eso desde la Antigüedad. La región que conocemos ahora como Siria, Palestina o el Medio Oriente está en gran parte árida por la eliminación atroz de los grandes bosques de cedro de líbano para hacer enormes flotas mercantes o militares, la región que conocemos como Túnez después de ser conquistada por el Imperio Romano fue el granero del Imperio, ahroa el desierto se extiende y mucha flora y fauna se ha extinto; la isla de Pascua es el ejemplo clásico de una sociedad aislada que decayó por lo mismo, por si misma. Los polinesios que ahí llegaron arrasaron con los bosques conforme su población creció, murieron especies nativas [que incluían la variedad más grande de Diente de León existente], luego, a la llegada de los europeos ya habían llegado al punto de botar su famosas estatuas de piedra, maldiciendo el abanadono de sus dioses. El mecanismo es evidente: La explotación del ambiente da enormes recursos, estos recursos permiten el crecimiento de la población, el crecimiento de población aumenta la riqueza, la economía mediante la producción, se agota la fuente de riqueza, la sociedad se debilita: cae influencia externa o interna: Colapso. Dirán algunos, que todo esto no es posible, que existirá una torombola tecnología mágica que reparará los platos rotos, pero ¿acaso hemos arreglado los desastres de nuestros antepasados? Dicen otros, que el progreso así se consigue, que hay que pensar en el presente y que el futuro se arreglará solo. Pero, por algo ya no hay mayas (que quemaban bosque para tener campos arables), por algo la terrible pobreza de Haití (que practicaba una excesiva producción de caucho). No hay un Ctrl+Z para la Tierra, si algo hacemos las consecuencias nos tocan y son reales, es un asunto simple.

Es un asunto simple: Aquí hay oro. Tal vez no mucho, pero lo pueden sacar. Algo que aquí resulta fácil y barato. Mucho más ganancias perciben si explotan aquí a que si explotaran en sus países primermundistas, que tantas lecciones han aprendido de tantantísimas metidas de pata. En una Pangea restituida por las telecomunicación, la aeronáutica y los enormes contenedores, resulta fácil que Freeport vaya a meterse a Indonesia y Papúa Nueva Guinea y que Infinity Gold venga a meterse a San Carlos, aquí las leyes, como rezan en un coro singular Laura Chinchilla y la Sala IV, lo permiten; es más, ¿lo promueven? Allá en Indonesia la Freeport dejó un montón de oficiales gubernamentales con demandas de corrupción, un montón de pueblos mineros donde prolifera la prostitución y las drogas, toneladas y toneladas de materiales, de basura pétrea lanzada a ríos como un inmenso desagüe. ¿Y aquí? Aquí. Aquí. ¿Podría ocurrir algo similar? Mejor no averiguarlo, mejor rehuirle a ese miope progreso que parte de la explotación desmedida del ambiente. Porque, si se aprueba Crucitas, también se le va a allanar el camino a tantos otros proyectos mineros que vienen, casi encadenados, detrás. No sólo ese yacimiento se ha encontrado. Tenemos los instrumentos legales para prohibir la actividad minera de este tipo, la Sala IV fue lo primero, sigue el Tribunal contencioso, hay métodos legales por agotar, por detener esta actividad. Falta, sí, la voluntad política, pero si Costa Rica quiere se puede detener, es un asunto simple.

Es un asunto simple: Hay que ser decisivo. Tal vez Túnez, la Isla de Pascua y Papua Nueva Guinea suenen lejanos en el tiempo y en el espacio; San Carlos en cambio es real, está a menos de seis horas de San José. Es nuestro país. Esta protesta no es gratuita, el asunto es importante, importantísimo y no se debe dejar en el aire. Mucha gente ya se ha manifestado por prensa, por medios virtuales, el jueves lo harán en una marcha. No se trata de una negativa, terca; existen sólidos fundamentos en contra de la minería, que van desde el impacto ambiental, desde el mal manejo administrativo que se le ha dado a todo el proceso, pero más importante, la pregunta crucial: ¿se beneficia el país realmente? ¿es un 2% (establecido por el canon minero) de lo que se extraiga realmente un beneficio para el pueblo de Costa Rica? Sea egoísta, si quiere, ¿se beneficia usted? diga entonces: ¿quién se beneficia de Crucitas? ¿quién se beneficiará de los demás proyectos mineros? ¿qué daña, en cambio? ¿la imagen? ¿el turismo? ¿el enorme riesgo de contaminación? La respuesta, que parece evidente, es un asunto simple.

¡No a Crucitas! No al escaso oro a cambio de daños irrecuperables, imposibles de deshacer.

Es tan simple como eso.

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