categorí según la taxonomía astorgiana: Del lado de allá


Estoy sentado en el asiento 21F en un vuelo entre FRA y DFW. Deberían ser alrededor de 10 horas de vuelo, ya han pasado al menos cuatro y me quedan cinco horas y algo más. Estoy inquieto. Aburrido. Como un gato encerrado. Escucho música para calmarme. (En el Zune suena ‘Believe Me Natalie’, de The Killers).

Estoy en el asiento 21F en un vuelo entre FRA y un lugar que aun está a 4389 kilómetros de distancia, estoy en un Triple 7, un avión grande y moderno, diseñado con la comodidad de los pasajeros en mente. (Ajá). Es un vuelo de American, por tanto va lleno de estadounidenses y gringos, unos serán yupis, hombres de negocios, y otros son rednecks y hillbillies, o soldados que estás siendo ‘relocated’ con todo y sus familias. Es un vuelo de American, la comida es mala y escasa. Es un vuelo de American: por tanto, apesta.

Estoy en el asiento 21F en un vuelo entre un lugar que dejé hace mucho y otro al que parece que no llego lo suficientemente pronto. El pequeño sistema de entretenimiento incorporado en el asiento me entretuvo por unos muy escasos minutos. Hay que reconocer que hacen el intento de ofrecer entretenimiento, pero una varieté de películas malas y de episodios de series peores simplemente no son tentadores. Los juegos de video incorporados al sistema son juegos viejos con calidad gráfica mediocre que parece hecha por chiquitos de Progra II. (Y la eficiencia de algo corrido con Java en un Pentium III. Los computines podrán imaginar).

Estoy en el asiento 21F en un vuelo entre dos lugares, y aun me faltará un vuelo más. Puedo agregar que en el asiento 20F hay un niño que pendula entre los diversos grados de reclinación que ofrece el asiento. Por minutos ya delante mío el tejido que se lee “FASTEN SEAT BELT WHILE SEATED” se ha movido hipnóticamente hacia atrás y hacia delante, como si el asiento del niño fuera una mecedora. Tal vez de pequeño no lo mecieron bastante.

Estoy en el asiento 21F en un vuelo entre Frankfurt y Dallas. En este momento estoy sobrevolando alguna de las calles y estrechos que existen entre Groenlandia y Canadá. Los monitores centrales del avión me torturan con esa información, estadísticas de horas y distancia. Todo avanza muy lento. Todo. Muy. Lento.

Estoy en el asiento 21F en este maldito vuelo entre la Sacrosanta Germania y Gringolandia. Debo agregar, muy a mi pesar que además del niño en 20F, hay otros en 20E y 20H, y un bebé en 20D. Detrás de mi hay uno o dos también, pero esos -por dicha- brillan por su silencio. 20D en cambio ha querido imitar a Steve Tyler o a Mick Jagger y ha dado sus recitales de alaridos en distintos momentos. Lo que no daría por un par de Sound-Cancelling Earphones.

Estoy en el asiento 21F aburrido ya de escribir siempre lo mismo en este vuelo de nunca acabar. Naturalmente (ante los imaginarios dohs de mis imaginarios lectores) he intentado dormir y tal vez di rienda suelta al hilo de baba por una media hora, pero el horario simplemente no ayuda. Cuando un vuelo sale a las dos de la mañana y parece avanzar hacia el Oeste al mismo ritmo que el día. (Desde que despegué han sido siempre las 10:30 en hora local , las malditas pantallas me presentan con lujo de detalles el avance paralelo del avión y el de la superficie sub-sinoica que representa la luz de día.). Aunque apaguen las luces y cierran las ventanas, el reloj biológico no se deja engañar. Es de día.

Estoy en el asiento 21F y el Zune sigue sonando en su incansable aleatoridad programada. (Después de ‘The Killers’ han sonado Sublime, Oasis, Sigur Ros, The Who e Incubus, y ya comienza Yves Jamait). Otra aleatoria variedad es la que reside en la pequeña bolsa de delante. Además de las revistas y panfletos de rigor está una colección de cuentos de Aldous Huxley, la edición especial de The Economist para el 2009, y cerca también el entretenido ‘Bild’ alemán. Tal vez debí haber tomado una copia del ‘Maxim’ alemán que la aerolínea ofrecía como cortesía. (No lo hice porque la portada con Mischa Barton me pareció poco tentadora). Tampoco quise ejemplares de la Süddeutsche Zeitung, ni del Wall Street Journal, tal vez solo para coleccionarlos para tener más cosas que no leer.

Estoy en el asiento 21F y algo de tiempo ha pasado en este vuelo entre FRA y DFW que en algún momento llegará a SJO (si esto se postea es porque habré llegado). Oigo a los niños, así como oigo el rugido del aire acondicionado y con algo de suerte escucho pedazo de alguna canción de The Knack.

Estoy en el asiento 21F en un vuelo que ya está sobre la península de Labrador y dejo de escribir, porque ya esto también perdió su encanto.

“No, señor, no gracias. Aprecio mucho su interés en ayudarme, pero no lo necesito, creo que puedo encontrar mi camino por mí mismo. Sí, hablo español, pero no soy de España. Casi, no es Sudamérica, sino Centroamérica, cerca de Panamá. No, no, eso es Puerto Rico. Puerto Rico es una isla, Costa Rica está en tierra firme, en el mainland, exacto.

Sí, es mi primera vez en Turquía, me ha gustado mucho. Istanbul es increíble… y no, nunca imaginé que la ciudad fuera así, y Anatolia me ha encantado también. Sí, me encantaría, naturalmente tengo que volver y verla en verano. Invierno tiene su encanto, pero definitivamente debo volver cuando se vea colorida la ciudad.

Claro, algo he visto de las tradiciones turcas, de los productos que hacen, ah, sí las alfombras claro las he visto. Sí, he oido que son diferentes a las persas, con un doble nudo al tejerlas en vez de uno simple, claro, son más fuertes, y un trabajo de años. Pero, no, no me interesa comprar una. Entiendo algo de las tradiciones de hospitalidad, y que los turcos se esfuerzan por hacer sentir a gusto a los visitantes, pero en este momento no puedo aceptar su invitación a tomar te de manzana.

Sí, claro le entiendo, y su ayuda ha sido grande, le agradezco que me enseñara el camino, pero le repito que no puedo aceptar su invitación y tomar te en su tienda de alfombras. Claro, yo sé, el negocio familiar pero, le repito que no puedo. Yo entiendo, no es una obligación comprar, pero aun así yo no quiero ir, le agradezco, pero no quiero entrar a tiendas, quiero ver la ciudad.

Hasta luego, gracias, hasta luego, en una próxima, hasta luego, adiós, sí, yo puedo ir solo, por favor no me siga, adiós, no le voy a comprar una alfombra, lo siento. Adiós. “

Esto es parte de un diálogo como se puede dar en las calles de Istanbul. A la salida de Ayasofya, o de la Cisterna Subterránea, o de la Mezquita Azul. Ser turista es exponerse a ser presa, de hombres, atracadores, que hablan y ofrecen amistad y te de manzana para vender una alfombra. Sus redes las construyen con palabras y persuasión, el mercadeo molesto y sutil que se ha depurado tras siglos de negociar en mercados y caravanas.

El diálogo es imposible porque en la realidad solo se puede ignorar al estafador al inicio, o comprar una alfombra al final. No hay punto medio, no hay negativa posible. Hay un tercer desenlace posible. Un punto gris, un punto que se pierde rápidamente en la distancia. Huir.

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
7 visitors online now
7 guests, 0 members
Max visitors today: 7 at 03:18 am UTC
This month: 33 at 09-05-2010 11:24 pm UTC
This year: 43 at 07-12-2010 10:12 am UTC
All time: 43 at 07-12-2010 10:12 am UTC