Recién salido del horno »

Espacio No Político Ni Pagado

Interrumpimos la transmisión de su procrastinación por internet para desearle un feliz cumpleaños a la señorita Melissa Hernández.

Miaus y gracias.

Grey Street

Comentaba con una amiga hace no muchos días que San José es una ciudad profundamente gris; el color inicia en el cielo y no se parece agotar, está en el asfalto y en las aceras, en la mugre de paredes y marcos de ventanas, en las caras largas de la gente, en sus palabras descorteses e interesadas. Sea esta una de las razones que tornan la capital horrible.

La otra es la fantasmagoria en cada uno de sus recovecos. La nostalgia correspondió a las generaciones previas; las que recuerda de su infancia, lugares, cafés, plazas o el Obelisco en Paseo Colón. Ya nada de eso existe y nuestros padres y abuelos sólo pudieron heredarnos el recuerdo de que alguna vez existieron, de que las vieron desaparecer. Poco queda de ese San José para nosotros, a excepción del sentimiento de que algo falta, pero que ya ni sabemos qué fue.

A pesar de su arquitectura chocante, de su escasa estética y de todos los bloques de concreto que meramente sugieren San José no tiene más de cuarenta años, sí se siente alguna vejez previa, perdida. No sólo por el teatro con su sincrético rococó que fluye hacia todas direcciones y da esa sensación de anacronismo total, no, son sus vetustos edificios más viejos en los que se siente algo de esa prehistoria de hombres con sombreros de copas y damas con manteletas. (La exposición actual en el Teatro Nacional, puede ayudar a dar un idea de las vestimentas de los elegantes fantasmas, otra en la casa de la cultura en Heredia, puede llenar una que otra imagen del tren y del tranvía).

Historias diferentes son las del Edificio Steinvorth y la de otro llamado la Casona. El primero ha vuelto a ser un referente, parte de una renovación, porque sí, implica algo nuevo, en forma vieja. El Steinvorth, el 13, el Morazán, pequeños bares para jóvenes son un pequeño enclave de avanzada hacia el centro de San José. Son forma que van poblando de nuevo la noche josefina con música, risas, besos, en fin, vida. El otro, la Casona es un edificio más grande y a juzgar por su principal escalera, mucho más pomposo en el pasado. Su estado actual es deteriorado. Mucho, habitado por ventas de artesianas, propias de un mercado y no un edificio semejante. (Sé que a ese edificio he entrado varias veces, sé que de pequeño me confundía, me era un pequeño laberinto, pero la gran escalera, amplia, desentonaba, siempre, fue hasta ayer que la vi y entendí la total decadencia de ese edificio, las escaleras las columnas). La Casona, nefasto nombre para algo que habría merecido una mejor suerte. (Pero para lo viejo no hay suerte que valga en nuestra capital).  Arriba, subiendo no por la amplia escalera, sino por otra, mugrosa y estrecha se encuentra una tienda de Antigüedades. Es surtida.

Pululan ahí sombreros que cubrieron ideas ajenas, Gramófonos, la lonchera de Lata de Bonanza, el cuadro de un desnudo necesitado de urgente restauración, la Fotonovela de Corín Tellado, Relojes que vomitaron sus ruedecillas y nunca latirán de nuevo, el Radio Zenith no posterior a 1970, partituras apiladas y olvidadas en una caja donde el comején hace fiesta, la taza tan kitsch y de porcelana lacquerada, trencitos y carritos de lata, las botellas de vidrio de la Leche, la alcancía en forma de Caja Fuerte, el mismo propietario con su gran presbicia y su dispar aumento. Su gran ojo derecho y su normal ojo izquierdo asombrados de que Tres Ríos y San Rafael de Heredia entren en su tienda, que pregunten y husmeen, que rían y se maravillen. Esos tiliches que para ellos son antigüedades, para él son mementos, son cosas que vio funcionar en su vida, que fueron novedades en su San José.

Viajar es una cuestión de óptica y el viaje en el tiempo lo es mucho más. Fueron tres las escalas en esa mañana (gris, siempre gris aunque las risas sean coloridas, porque San José es gris y eso no se debe olvidar), la Librería con fachada vieja, donde se compran libros un par de milenios más viejos, la casona y su rincón oculto, paria de artículos de lata, polvo y tiempo entre las tiendas de decoraciones aburridas de madera y ranas y loras, el Teatro con esas ropas de hace un siglo, extraño contraste. Tan bien cuidados el sombrero de copa, los abanicos labrados en marfil el corset de seda pura, así como el teatro, tan bien cuidado y preservado. Tan distinto a la casona y la tienda de antigüedades.

En la noche, recostado, cansado en mi cama, mientras envejecía en pensamientos pensé que ya había sido un transgresor. Entrar a la casona, a la Lehmann, al Steinvorth, a los pequeños varios edificios viejos que a veces aparecen dispersos por San José ya los hacen pasar a mi memoria, a mi apropiación de esta gris ciudad. Ya me lamentaré y agregaré más nostalgia si los veo desaparecer. Ya no hay vuelta atrás. Son míos y lo poco que queda de una ciudad que conozco a través de recuerdos fantasmas.

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