Julián, su blog

Ceci n'est pas un blog.

A Never Writer, to an Ever Reader

Publicado el | 4.11.2011 | 3 Comentarios

Ocurren cosas, así también el abandono. Un abandono que no es olvido, porque existe un recuerdo latente, un saber que algo está ahí, pero guardado en el fondo de un baúl, como un juguete viejo. Si este blog fuera un hijo el PANI ya habría intercedido y su custodia estaría en manos de un hospicio de huérfanos blogs a la espera de una adopción que no llega, si fuera un edificio tomado ya estaría por piedreros, los enlaces estarían rotos, el orín habría corroído los bordes, el blanco del fondo tendría el color de la mugre, y telas y cartones lo habrían hecho un hogar que no es hogar; si fuera un animalito, una mascota ya estaría o en las calles ladrando y llorando y hurgando bolsas de basura, o sería de los que son dejados en esos albergues donde al cabo de pocas semanas son puestos a dormir porque nadie los busca y la comida no se paga sola.

Ayer fui al Mall San Pedro, por azar. Ahí, en su centro, el más bajo nivel de la caverna y la penumbra, abrazada por un cordón tenue, compuesta por cuatro mesas y una caja registradora había una aglomeración de productos demacrados que se hacía llamar una “Feria de Saldos”. La curiosidad llamó a inspeccionar. Las más básicas observaciones por hacer son casi sociológicas, o, al menos, mercadotécnicas, o como sea que se llame esa ciencia que especula sobre el consumo, que describe e interpreta lo que múltiples nadas individuales significan: estos libros están aquí porque nadie los quiere, ya no atraen a nadie, esta es su Ultima Thule, es la última esperanza antes del borde del mundo, donde dragones los devorarán con un fuego absolvedor. Libros que no pueden volver a sus editoriales, que lo harían como material reciclado, cadáveres purificados de la tinta de palabras que les pretendió dar un propósito que jamás se vería cumplido. Potencia sin acto. Como una idea que no se escribe ni nos llega a obsesionar, como un amor que no se confiesa; esteril. Los títulos correspondientes a esta condición están subordinados a tendencias y atravesamientos sociales: eran libros torpes de religión, de cocina saludable, libros infantiles –derrotados finalmente por los juguetes tecnológicos-, fotografía o arquitectura postmoderna hiperrealista.

El abandono pues de esos libros, es triple; olvidados por las más menguantes masas de lectores que recorren cada vez menos librerías han acabado en cuatro tristes mesas en el fondo de un triste centro comercial a causa de tratar cosas que ya no interesan; olvidados como libros porque un libro ya no es caché ni classy en los impetuosos tiempos del ipad y el kindle; olvidados por las propias editoriales que en su frenesí de publicaciones han inundado un mundo con cosas fácilmente consumibles y así también fácilmente despreciables. Así, pensé en este blog, también tal vez así olvidado, porque un blog no es classy -ya no es classy-, porque son más de 140 caracteres, porque no tiene fotos graciosas, ni goza de memes y esas tantas chabacanerías, y porque no educa ni enseña, ni polemiza, ni critica al gobierno sino simplemente se critica a sí con una altividad no justificada. Pensé, mudarme a tumblr donde estos ejercicios se camuflaran entre la variopinta cantidad de imágenes y sonidos que siento la compulsiva necesidad de compartir y revisar; pero, me abstuve.

De la Feria de Saldos me fui con algo entre manos. Ahí entre los libros vírgenes que ya muestran las máculas jantas de la edad, están también los fracturados, los que el descuido han hecho invendibles. A uno de esos salvé. Un libro con un prólogo que está armado con hopla, y aspis, un libro con los setenta y nueve reyes y las naves mil lanzadas tras una bella cara, un drama barroco.

La simetría me ha exigido también salvar mi propio blog.

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