Los cordones flojos
Publicado el | 1.4.2012 | Comments Off
Sobre mi mesa hay varios libros de griego. Gramáticas, manuales de métrica, textos bilingües. Me gustan ellos. Me gusta la lengua. Es algo que me hace feliz. Hay otras cosas también. Otros libros en los que también he encontrado felicidad, o al menos un destello de ella, o que el saber que lo he leído me da cierta satisfacción. Son parte de mí. Leer un libro es comérselo. Somos una membrana tonta. Lo que entra no se queda adentro. Mucho sale. Prevalecer nos está vedado. Leemos un libros y habremos olvidado demasiado del mismo, tenemos a veces el recuerdo de una frase, de una idea, de alguna relación, pero no todo; nuestra vida sobre este planeta es igual. Moriremos, quedará de nosotros –no por mucho- algo de piel, polvo y huesos, quedará el recuerdo en amigos, hijos, nietos, cosas así. Yo no sé el nombre de mis tatarabuelos. Prevalecen en los tomos del mundo, por azar tal vez, algunos nombres. Pero son nombres, no hombres. Las figuras históricas no son personas. Son un rol. Un personaje. Un carácter construido y elaborado por la Historia para justificarla, avanzarla, contrahacerla, recrearla. De Sófocles dirá alguien que fue general y dramaturgo, que tenía tales o cuales preferencias políticas. No sabemos si le gustaba dormir, si le gustaba el vino, no sabemos qué habría pasado por su mente al ver alguna hetaira en medio de El Pireo. No sabremos jamás cuál era su comida favorita. No sabremos a quién odiaba. No sabremos de las dificultades personales de su vida. No sabremos quién le instruyó la lectura, quién lo movió también a la escritura. Nada de esto ayudaría a entender sus textos. Jamás. Pero le devolvería algo de humanidad a su nombre. Algo de vulgaridad. Algo de ordinario. Algo socrático.
Jamás escribiremos como Sófocles. Los más, creo, somos ambiciosos. Queremos ser Sófocles, o Napoleón (dijo Julien Sorel), o Steve Jobs (el chico de moda, como lo confirman las multitudinarias ventas de su biografáis), o el semidios del momento, el hércules que guarda un Olimpo. El mundo nos exige afanarnos por la superación, por subirnos sobre hombros de gigantes y alistar los nuestros para que alguien más se trepe. Somos un nivel medio de un ziggurat. La mayoría, sin embargo, estamos sentenciados al anonimato. Otros hombres han de haber llevado mi nombre. Han muerto y son ceniza. Me pregunto a veces si habrán tenido los ojos verdes como yo. Si habrán tenido los mismos miedos que yo. Con el nombre por cadena busco en ellos la simpatía. Tal vez no. Lo más posible es que hayan sido hombres distintísimos a mí. Hombres que me intimidarían, o que yo despreciaría. Tal vez algún campesino Tajik, algún berber, algún mayo, algún Sioux, algún mendigo londinense, algún maorí, o algún náufrago cartaginés haya sido más semejante a mí. Tal vez en los ojos, en el pelo, tal vez en el sentido del humor, tal vez en la mirada –que no es lo mismo que los ojos-. Tal vez sí exista algún Valhalla donde no estén los ancestros de sangre, sino los de espíritu, tal vez los llegue a conocer, a languidecer en su humilde compañía. Absurdo, yo sé.
Tal vez más feliz que Buddha, fue algún otro hombre. Más sufrido que el Cristo, probables cientos más. Más pío que Abraham, otros miles. De todos esos anónimos no hay biografía, no hay noticia. Entre esos anónimos hay hombres más solos, tristes, contentos, astutos, divertidos, ingeniosos, solidarios, egoístas, temerosos que yo. Hay vidas que se pretenden construir como biografías. Cada paso es un capítulo. Hay una justificación ulterior, se aparta lo caótico, lo estéril. Las biografía pocas veces son felices. Son importantes. Ejemplares. Son la justificación total de la grandeza de un nombre. Son los cepillos que limpian las estatuas de gigantes sobre las cuales vivimos. Son los bloques de mármoles que se construyen sobre lo anterior. Son la terrible Babel de la humanidad. Desde lo alto no se ve: al pie del primer gigante aún hay tierra mustia. Ahí juegan perros. Ahí se han olvidado de los grandes gigantes que dicen buscar más lejanos horizontes. Los perros se ladran y se comen las pulgas. Corren en toda dirección siguiendo hilos invisibles.
La última forma de la iconoclastia es destruir un espejo.
Tal vez Sófocles destruyera uno. No lo sabemos. No le estaría permitido.