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Dancing With Myself

No sé en qué momento me percaté que él estaba ahí. Varios asientos delante de mí, del lado izquierdo del cetáceo bus apoyado a la ventana por la cual se escurría el paisaje mitológico mitad-rural, mitad-urbano que carecteriza inequívocamente el viaje a San José. No sé por qué me fijé en él. Yo leía un libro de Cortázar y en una vez finalizado una de sus narrativas levanté la mirada en consecuencia a un reflejo epifánico de masticar a la vez las últimas palabras, recordar el título del cuento y resistir la tentación de buscar en el texto cuándo fue que la trama se contorsionó, en qué malabar semántico el viejo zorro argentino se me escurrió, me adelantó y me dejó como a Aquiles persiguiendo tortuga ideológica. En esa sonrisa intelectual burdamente comprimida en un intérvalo de imprecisa cronografía lo vi y lo comencé a analizar. Le veía sólo la espalda, pero supe de inmediato que leía.

Confieso que en ese momento no reconocí en él nada particular, no vi nada familiar. La contextura delgada y el alborotado cabello no tienen nada realmente extraordinario, en ese momento me dejé llevar por una fuga de optimismo en medio del cinismo de cada día y noté lo verdaderamente singular que me resulta descubrir a otra persona leer en un bus, al menos en el mío en el que las bolsas plásticas hediondas a pollo o los rítmicos jadeos camuflados como música son harto más comunes.

Me volví a sumergir en Cortázar. En menos tiempo del que creí ya veía por la ventana el Registro Civil, el paseo de Damas que se agotaba y tres párrafos por leer aun para terminar otro cuento y esa rápida duda si cerrar el libro y dejar esos tres párrafos que me carcoman mientras busco dónde terminarlos o leerlos en el bus luchar contra la presión de leer rápido para no perder una palabra luego finalmente  decidir que me da tiempo e ignorar la visión del parallax sobre el Morazán y rosado burdel camuflado como hotel a la izquierda y sí leer. Ignoré el movimiento normal de la gente que anticipa la salida y me concentré en disfrutar ese momento en que el autor le clava a uno las espuelas para llegar al final del cuento en ese ritmo vertiginoso de un ovillo de lana que se enreda y pronto todo se va entendiendo pero a la vez no.

Terminé. El bus llevaba un par de minutos detenidos y ya casi todo mundo había descendido, quedaban las viejecitas paciente que preferían bajarse de últimas en vez de someterse a la agresiva cortesía de quiénes les daban espacio para bajarlas más rápido como un ganado milenario y ancestral. También estaba él. Él, quien parecía replicar mis movimientos al hacer desaparecer su libro en su bolso con la presteza y agilidad con la que un espadachín envaina su espada después de hacer gala de su arte, elegancia y presteza. Se puso de pie, al mismo tiempo que yo, avanzó hacia la puerta, hacia ese punto de escape a medio camino entre él y yo. Cara a cara nos vimos. Él tal vez no me vio. Era más viejo y yo le parecí un transeúnte más. Yo me quedé pasmado. Me detuve. Él balbuceó un con permiso y salió, detrás de él se escurrieron las viejitas más hábilmente que lo que yo esperaba y por la puerta de adelante el chofer del autobús ya le cobraba a los nuevos pasajeros. Y yo seguía incrédulo ahí, pero a la vez bajando las gradas y siguiendo el cordón de la acera para doblar una esquina, pero aun seguía detenido en el bus, maldiciendo a Cortázar, pues sólo ese cronopio atrapado entre tintas y papeles podría ser capaz de embrujarme a partir de un cuento insólito, hacerme desconfiar de la lógica de este mundo ordinario y recurrir a la imaginación por explicaciones.

Él, el otro hombre que leía en el autobús y que me vio a la cara, él, él no era otro, porque era yo; tenía una buena decena de años más, la moda era otra así como la forma de peinarse o la decisión de dejarse crecer un bigote. Sus ojos eran los mismos, la cara de distracción aparente, la mente jugando a tirar el avioncito de papel cada vez más lejos hasta que el avión se vaya donde no se pueda alcanzar y que simplemente queda volver a la realidad y hacerse otro avioncito con lo que se ve. Perplejo yo evadía los tumultos de la Avenida Central y aun visualizaba el momento en el bus. El encuentro, el pequeño baile de gente que se disputa el derecho de salida, los ojos, la mirada, el libro, las manos, el con permiso y gracias tan mío, tan en otra boca. Yo caminaba y ya mi mente se quería distraer en las conversaciones que flotan en los semáforos peatonales. La muchacha que dicta cátedra sobre los rituales de apareamiento entre brasileños y su comprobación práctica, el tipejo de sonrisa esquiva cuya mirada fija se perdía buscando Canaán debajo de esa falda blanca prohibida y distante que no vería nunca jamás.

Yo seguía un rumbo equívoco a un café mocachino (¿y por qué no también?) un arreglado que tal vez fuera de jamón o pollo o un cangrejo. Pero pensaba en Borges, ese otro magnífico argentino que también tuvo un encuentro a la vez real y a la vez sueño de una fecha imposible. Pensé en la Ciencia Ficción, en los viajes en el tiempo qué deseché como explicación pues el baladí encuentro consigo mismo en un autobús no amerita el rasgado de las fibras del tiempo. Doppelgänger o alterego o tal vez, Fata Morgana, pero seguía dándole vueltas a explicaciones, daba vueltas a la cucharilla en el café y el azúcar que se disolvía y que sabría que no iba a tener respuesta que más bien todo lo habría imaginado para jugar conmigo mismo mientras esperaba en ese café y ya el juego se me agotaba y extraje de una vez el libro de Cortázar de nuevo, pero que no dejaba de verlo sin abrir con una mirada de sospecha. Caja de pandora de imaginaciones, fantasías y magia. Decidido a no olvidar el episodio saqué el bolígrafo y el cuaderno que siempre ando y escribí esto, pausando a veces para recordar, porque ya el azúcar se me disolvía y veía por la ventana a los pasantes que nunca veían para arriba y terminé de escribir, y pensé en encuentro improbables al cerrar el cuaderno y abrir la página doscientes dos y agradecí a Cortázar, agradecí de lo más profundo de mi ser, por enseñarme a ser un cronopio.

Hay días monótonos, no, en realidad no monótonos, esa palabra no es, sino días, pues, normales. No es una normalidad igual que la normalidad de alguien que trabaje, o alguien que estudie derecho o medicina, son los días normales de un apostático graduado en informática con ínfulas de filólogo clásico. Mi normalidad, entonces, son esos días de lenguas muertas en la mañana y socialización en la tarde, zacatales y sombras, sushis y kebabs, olafos y vagancia. (Bref, lo que no hice en años anteriores).

Cualquier rutina, cualquier pastoral existencia universitaria es sumamente frágil, pues como un relámpago en una tarde soleada, o un aguacero en el primer día de abril, un evento único puede perturbar y alterar sustancialmente esa forma de ser. En mi caso fue la aparente insistencia con la que mi voluntad fue socavada, alterada y confundida hasta el punto de acceder a una entrevista de trabajo. Ese prospecto laboral, anclado con firmeza el día jueves creo que rasgó las fibras del universo para conjurar encuentros de todo tipo.

La mañana fue corriente, levantarme, apagar el despertador y disfrutar de esos cinco (sí, quince, lo confieso) minutos más cobijado por la noción de que me tengo que levantar que me hace agarrar las almohadas con más fuerza como si se pudiesen exprimir sueños de ellas. Seguir después del baño con el ritual matutino de ponerse los ojos, aromatizarse, vestirse, prestidigitar un ínfimo desayuno e ir a la parada, esperar como un tonto en el sol e ir a clases de griego. El profesor llega tarde, yo voy a hablar por teléfono, llega el profe, empezamos a leer, a repetir, a leer, a repetir, intermezzo gramatical y luego más lectura y repetición. Luego, por fin, hay que irse. Y sé que no voy a mi casa, ni voy a quedarme a buscar caras amigables en la universidad.

Debía llegar al cabo de una hora a Ultrapark en La Aurora de Heredia, desde antes ya había planificado mi ruta, el bus de Alajuela, el Real Cariari, de ahí Taxi (para no caminar bajo el sol) y ya. La entrevista vendría después, primero tenía que llegar.

El bus de Alajuela estaba donde siempre está, tomé asiento, encontré, o fui encontrado por un co-computín, en lo que se podría llamar el primero entre muchos encuentros aleatorios de ese día, entre chistes y sandeces llegó la hora de bajarme. Salí del bus: estaba en Real Cariari. Llevaba buen tiempo y mi tripa me sugirió ir a comer. Con tiempo limitado pensé que lo más fácil sería ir directo al McDo y comprarme lo más elemental y universal en existencia, un Big Mac y una Coca. (El cepillo de dientes y la pasta en mi bulto me tranquilizaban, sé que no habría de llegar con mal aliento ni nada).

Entré al antro capitalista. Esperé rapidez y eficacia, calculaba un tiempo de servicio mínimo me llevé una gran decepción: todo el personal estaba distraído. ¿Por qué? Wálter ‘Paté’ Centeno y Celso Borges estaban pidiendo no sé cuántas hamburguesas, las aurinegras empleadas del local les pedían fotos con el celular, el guarda felicitaba el juego y el gol de la noche antes, todos los comensales tímidamente dividían su atención entre las papitas y los ídolos futboleros. Yo quería que me atendieran, quería mi hamburguesa, quería algo para rellenar la tripa. Una cajera me atendió con cierta resignación y desprecio, pues yo era sólamente un cliente normal, no era ningún seleccionado de Costa Rica.

Me dieron mi hamburguesa y la engullí, entre la presión del reloj y el desprecio hacia los dos jugadores en pleno exhibicionismo. (Sí, porque no veo sentido que lleguen en carro, compren la comida para llevar y se vayan… Para eso existe el Auto-Mac, ¿o no?). Este fue el segundo encuentro random y uno que no quería tener.

Dientes lavados, tripa calmada, taxi abordado. Ya estaba en un curso de colisión con mi destino, con la entrevista, primera en toda mi vida. Llegué y esperé, me pasaron a un cuartucho, me entrevistaron, me enfrentaron a mi currículum, indagaron sobre mi alemanosidad formativa, luego we switched to english to test my language skills, which do not need to be perfect, just adequate, then back again to spanish, chatting sobre la vida. Por momentos los roles de entrevistado y entrevistadora se invirtieron por medio de algún conjuro que no identifiqué. Luego un examen de aptitudes lingüísticas (un examen de inglés más fácil que aquellos de Mrs. Bruce en Sexto Grado) y finalmente un interviú técnico con el monigote técnico residente. El tiempo pasó, las preguntas se respondieron ya era hora de irme.

Me encontré con Alejandro en el menos aleatorio de los encuentros del día, hablamos de la vida, de las vidas ajenas y ya luego me fui. (Aunque intenté convocar a Axel su celular no me quiso contestar). Caminé de vuelta hacia Real Cariari, con la intención de cruzar el puente y enTuasarme de vuelta a la Capital. Caminaba por la Radial liberado, tranquilizado después de la entrevista, empujado por el viento y sintiéndome liviano, alegre y feliz. Entré a Real, observé su geografía y bajé (quería ir al MegaSuper –y no no tengo ni quiero Tarjeta Mayorista- a comprarme un fresco). Al final de las gradas, el instante de reconocimiento mutuo, una cara de mis tiempos de colegio que creí que estaba al menos a un océano de distancia. De nuevo saludos, los discursos de mutuo esclarecimiento de vida profesional, el qué hacés acá, cómo te vá, qué estás haciendo, luego la partida, el qué bueno verte, qué vacilón encontrarse así, chao y pura vida. El encuentro más raro del día, el más inesperado.

900 ml de té frío y un bus de Tuasa después llegué a San José, caminé por el bulevar, negué cortés y cortantemente papeles y tenis nuevas. Me fui en el ‘Bluebird’ (otrora buseta) de Barrio Escalante para ir a la U. Junté un mandado de mi madre e iba de camino a su oficina cuando en medio del parqueo de Ingeniería (entre los toldos de la EXPO UCR) el siguiente encuentro random me esperaba, con Elena fui a dar al pretil, a hablar paja, a acordar una birrita ahora después, fui donde mi madre y le dejé su encargo, le ayudé con un par de cosas más, me fui. Directo a Caccio’s a tomar esa bien merecida cerveza colorizada y michelada en jarra.

Ahí, entre birras y codazos de la rusa (que no sabe aceptar un buen chiste) transcurre el último de los encuentros (encuentro que admito le daba una relativamente alta probabilidad de que ocurriese) (y también admito que mi despiste es considerable). Un saludo y una felicitación/pésame (cosa relativa que depende si llegar a tener trabajo sea bueno o malo) le dieron tema a ese encuentro.

Al cabo de varias cervezas, me fui a mi casa y caminando por mi barrio me senté a meditar en el parquecito, arropado por el silencio de un play cuando no hay niños, sobre trabajos, sobre la vida, (y el amor, las mujeres y la muerte, para jugar a ser Schopenhauer también). En las banquitas, (colgado como Odín) en el pasamanos o en una hamaca me sorprendió la medianoche (me sorprendieron también un perro que es paseado a esa hora y además uno que otro etilómano). Ya después llegué a mi casa y aun sin sueño me dejé arrullar por historias a través del espejo (del vidrio-para-ver, o el vidrio-vidente).

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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