esas pequeñs etiquetas: julian astorga


Dancing With Myself

No sé en qué momento me percaté que él estaba ahí. Varios asientos delante de mí, del lado izquierdo del cetáceo bus apoyado a la ventana por la cual se escurría el paisaje mitológico mitad-rural, mitad-urbano que carecteriza inequívocamente el viaje a San José. No sé por qué me fijé en él. Yo leía un libro de Cortázar y en una vez finalizado una de sus narrativas levanté la mirada en consecuencia a un reflejo epifánico de masticar a la vez las últimas palabras, recordar el título del cuento y resistir la tentación de buscar en el texto cuándo fue que la trama se contorsionó, en qué malabar semántico el viejo zorro argentino se me escurrió, me adelantó y me dejó como a Aquiles persiguiendo tortuga ideológica. En esa sonrisa intelectual burdamente comprimida en un intérvalo de imprecisa cronografía lo vi y lo comencé a analizar. Le veía sólo la espalda, pero supe de inmediato que leía.

Confieso que en ese momento no reconocí en él nada particular, no vi nada familiar. La contextura delgada y el alborotado cabello no tienen nada realmente extraordinario, en ese momento me dejé llevar por una fuga de optimismo en medio del cinismo de cada día y noté lo verdaderamente singular que me resulta descubrir a otra persona leer en un bus, al menos en el mío en el que las bolsas plásticas hediondas a pollo o los rítmicos jadeos camuflados como música son harto más comunes.

Me volví a sumergir en Cortázar. En menos tiempo del que creí ya veía por la ventana el Registro Civil, el paseo de Damas que se agotaba y tres párrafos por leer aun para terminar otro cuento y esa rápida duda si cerrar el libro y dejar esos tres párrafos que me carcoman mientras busco dónde terminarlos o leerlos en el bus luchar contra la presión de leer rápido para no perder una palabra luego finalmente  decidir que me da tiempo e ignorar la visión del parallax sobre el Morazán y rosado burdel camuflado como hotel a la izquierda y sí leer. Ignoré el movimiento normal de la gente que anticipa la salida y me concentré en disfrutar ese momento en que el autor le clava a uno las espuelas para llegar al final del cuento en ese ritmo vertiginoso de un ovillo de lana que se enreda y pronto todo se va entendiendo pero a la vez no.

Terminé. El bus llevaba un par de minutos detenidos y ya casi todo mundo había descendido, quedaban las viejecitas paciente que preferían bajarse de últimas en vez de someterse a la agresiva cortesía de quiénes les daban espacio para bajarlas más rápido como un ganado milenario y ancestral. También estaba él. Él, quien parecía replicar mis movimientos al hacer desaparecer su libro en su bolso con la presteza y agilidad con la que un espadachín envaina su espada después de hacer gala de su arte, elegancia y presteza. Se puso de pie, al mismo tiempo que yo, avanzó hacia la puerta, hacia ese punto de escape a medio camino entre él y yo. Cara a cara nos vimos. Él tal vez no me vio. Era más viejo y yo le parecí un transeúnte más. Yo me quedé pasmado. Me detuve. Él balbuceó un con permiso y salió, detrás de él se escurrieron las viejitas más hábilmente que lo que yo esperaba y por la puerta de adelante el chofer del autobús ya le cobraba a los nuevos pasajeros. Y yo seguía incrédulo ahí, pero a la vez bajando las gradas y siguiendo el cordón de la acera para doblar una esquina, pero aun seguía detenido en el bus, maldiciendo a Cortázar, pues sólo ese cronopio atrapado entre tintas y papeles podría ser capaz de embrujarme a partir de un cuento insólito, hacerme desconfiar de la lógica de este mundo ordinario y recurrir a la imaginación por explicaciones.

Él, el otro hombre que leía en el autobús y que me vio a la cara, él, él no era otro, porque era yo; tenía una buena decena de años más, la moda era otra así como la forma de peinarse o la decisión de dejarse crecer un bigote. Sus ojos eran los mismos, la cara de distracción aparente, la mente jugando a tirar el avioncito de papel cada vez más lejos hasta que el avión se vaya donde no se pueda alcanzar y que simplemente queda volver a la realidad y hacerse otro avioncito con lo que se ve. Perplejo yo evadía los tumultos de la Avenida Central y aun visualizaba el momento en el bus. El encuentro, el pequeño baile de gente que se disputa el derecho de salida, los ojos, la mirada, el libro, las manos, el con permiso y gracias tan mío, tan en otra boca. Yo caminaba y ya mi mente se quería distraer en las conversaciones que flotan en los semáforos peatonales. La muchacha que dicta cátedra sobre los rituales de apareamiento entre brasileños y su comprobación práctica, el tipejo de sonrisa esquiva cuya mirada fija se perdía buscando Canaán debajo de esa falda blanca prohibida y distante que no vería nunca jamás.

Yo seguía un rumbo equívoco a un café mocachino (¿y por qué no también?) un arreglado que tal vez fuera de jamón o pollo o un cangrejo. Pero pensaba en Borges, ese otro magnífico argentino que también tuvo un encuentro a la vez real y a la vez sueño de una fecha imposible. Pensé en la Ciencia Ficción, en los viajes en el tiempo qué deseché como explicación pues el baladí encuentro consigo mismo en un autobús no amerita el rasgado de las fibras del tiempo. Doppelgänger o alterego o tal vez, Fata Morgana, pero seguía dándole vueltas a explicaciones, daba vueltas a la cucharilla en el café y el azúcar que se disolvía y que sabría que no iba a tener respuesta que más bien todo lo habría imaginado para jugar conmigo mismo mientras esperaba en ese café y ya el juego se me agotaba y extraje de una vez el libro de Cortázar de nuevo, pero que no dejaba de verlo sin abrir con una mirada de sospecha. Caja de pandora de imaginaciones, fantasías y magia. Decidido a no olvidar el episodio saqué el bolígrafo y el cuaderno que siempre ando y escribí esto, pausando a veces para recordar, porque ya el azúcar se me disolvía y veía por la ventana a los pasantes que nunca veían para arriba y terminé de escribir, y pensé en encuentro improbables al cerrar el cuaderno y abrir la página doscientes dos y agradecí a Cortázar, agradecí de lo más profundo de mi ser, por enseñarme a ser un cronopio.

Death and All His Friends

Trago saliva, más porque es un gesto de alguien quien duda mucho en qué escribir. Dos días atrás escribir de la muerte habría sido totalmente diferente. Dos días atrás Muerte era sinónimo de cempaxóchitles, esas flores naranja omnipresentes en panteones y altares de muertos, en esa Oaxaca colorida que celebraba la muerte, en ese Xoxocotlán con Mariachis y gente que cocinaba en las tumbas y donde las nubes de algodón de azúcar llevaban esa dulce atmósfera sobre el cementerio, en esa Etla de lentas comparsas y donde la Catrina iba con una calaca Mariachi, junto a otras figuras tan coquetas ante los lentes fotográficos. En ese atiborrado Cementerio de la Ciudad de Oaxaca donde la gente rendía sus tributos a sus muertos. Había sido un viaje para conocer esa muerte que se celebra, que incluso se venera como una santa.

Trago saliva y frunzo el ceño, el gesto se complica tal vez porque no sé aun cómo hablar de esa otra muerte que es más real. De esa que me hace garabatear en el teclado, escribir una cosa y borrarla porque sé que lo que aquí escribo alguien lee. Las siguientes oraciones han sido escritas y reescritas varias veces, justamente por eso, porque trato de decidir que poner y lo único que vuelve a mí es una frase que vi en algún altar, en alguna Catrina, en algún tapete o quién sabe dónde. “Pa’morir vivimos”. En algún momento pensé en el juego de palabras obligatorio, “pa’vivir morimos”, pero vuelvo al original, a la muerte como un final, una transición, no más ni menos, el luto es de los que quedan y no de todos, existe el alivio de que acabe el sufrimiento, igual hay tristeza y esa piedra en el pecho, ese nudo en la garganta y esa pausa en todo lo que escribo.

Hoy murió mi abuela paterna. Hoy recuerdo mis domingos de niño en Alajuela. Recuerdo a mi abuela y a mi abuelo juntos, son las imágenes que vienen a mí, la de abuelitos juntos y no la de la viuda de los últimos años. La recuerdo, mi abuela de nombre curiosamente árabe y apellido hanseáticamente germano. Sus ojos azules, su sonrisa, sus historias de chiquilladas de mi padre. Ya no trago saliva, ni revoloteo en pensamientos, sonrío con cierta serenidad.

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