esas pequeñs etiquetas: muerte


Death and All His Friends

Trago saliva, más porque es un gesto de alguien quien duda mucho en qué escribir. Dos días atrás escribir de la muerte habría sido totalmente diferente. Dos días atrás Muerte era sinónimo de cempaxóchitles, esas flores naranja omnipresentes en panteones y altares de muertos, en esa Oaxaca colorida que celebraba la muerte, en ese Xoxocotlán con Mariachis y gente que cocinaba en las tumbas y donde las nubes de algodón de azúcar llevaban esa dulce atmósfera sobre el cementerio, en esa Etla de lentas comparsas y donde la Catrina iba con una calaca Mariachi, junto a otras figuras tan coquetas ante los lentes fotográficos. En ese atiborrado Cementerio de la Ciudad de Oaxaca donde la gente rendía sus tributos a sus muertos. Había sido un viaje para conocer esa muerte que se celebra, que incluso se venera como una santa.

Trago saliva y frunzo el ceño, el gesto se complica tal vez porque no sé aun cómo hablar de esa otra muerte que es más real. De esa que me hace garabatear en el teclado, escribir una cosa y borrarla porque sé que lo que aquí escribo alguien lee. Las siguientes oraciones han sido escritas y reescritas varias veces, justamente por eso, porque trato de decidir que poner y lo único que vuelve a mí es una frase que vi en algún altar, en alguna Catrina, en algún tapete o quién sabe dónde. “Pa’morir vivimos”. En algún momento pensé en el juego de palabras obligatorio, “pa’vivir morimos”, pero vuelvo al original, a la muerte como un final, una transición, no más ni menos, el luto es de los que quedan y no de todos, existe el alivio de que acabe el sufrimiento, igual hay tristeza y esa piedra en el pecho, ese nudo en la garganta y esa pausa en todo lo que escribo.

Hoy murió mi abuela paterna. Hoy recuerdo mis domingos de niño en Alajuela. Recuerdo a mi abuela y a mi abuelo juntos, son las imágenes que vienen a mí, la de abuelitos juntos y no la de la viuda de los últimos años. La recuerdo, mi abuela de nombre curiosamente árabe y apellido hanseáticamente germano. Sus ojos azules, su sonrisa, sus historias de chiquilladas de mi padre. Ya no trago saliva, ni revoloteo en pensamientos, sonrío con cierta serenidad.

El Ataúd Sobre el Carro

Hay frases en la memoria popular que son netamente metafóricas; pequeñas oraciones cuyo significado debe ser extraído del simbolismo de la imagen tan absurda que recrean las palabras cualesquiera de un refrán.

El camarón que se duerme es una de ellas, pues en realidad es ridículo imaginarse al camarón dormido (Entre quienes los hayan visto ¿quién les ha puesto atención a sus rituales oníricos?); o si no al Diablo vendiendo escapularios (aunque también debe vender medallitas y botellas con la forma de la Negrita allá en Cartago). Sin embargo el dicho popular de andar ‘cargando un muerto’ que uno podrá imaginar de mil y una maneras me apareció con la claridad increíble semi-epifánica.

Un carro color rojo ocre, de hechura japonesa y datado hace unas dos décadas esperaba ante el semáforo, como cualquier otro carro que circula por la ciudad. En primera instancia uno lo ve, el color y la forma y el bodoque que carga sobre el techo. Alargado, como una caja, pero recubierto de ese textil sintético y peludo, similar a una cobija. Por un imposible momento, inusualmente largo, no sabía qué era, o más bien sabía perfectamente qué era, pero no quería creerlo.

Un ataúd, amarrado con mecates, sosteniéndose por alguna voluntad divina, descansaba sobre la carrocería del pequeño carro. Dentro una familia hablaba con calma, el hombre, padre, regordete, moreno y con cara de bonachón reía y manejaba, volviendo a ver a su esposa o a sus hijos. En sí, era como si la familia no se percatara que había un ataúd sobre su vehículo.

Naturalmente no he de suponer que hubiese un muerto allí, pero simplemente la presencia del ataúd es suficiente. En sí un ataúd no es más que una caja de madera, con un cierto acabado, ligeramente refinado, a veces decorado, acolchado, quién sabe qué mas; pero en esencia no es más que un cajón, donde casualmente cabe una persona. Ver una caja sobre un carro, no sería inusual. En lo absoluto.

Sin embargo, un ataúd es claramente un utensilio esencial en los rituales mortuarios, es sarcófago y es tumba. No tiene ningún otro propósito en la vida que no sea descomponerse bajo la tierra, a un ritmo menor que la persona en su interior. (Cinéfilos o literatos podrán sugerir que el ataúd también es el método de escape esencial de esas prisiones terribles y lugares incómodos. Que lo digan Edmond Dantès y Jack Sparrow).

Aun así, el sarcófago donde alguien se apoyará conmovido al vislumbrar a quién descansa en él, donde más de una lágrima caerá, donde alguno hará su paz con los muertos, recordará sus virtudes, sus defectos, ese mismo ataúd surcaba la Radial a sesenta kilómetros por hora siendo la carga temporal de esa familia que lo ignoraba, que lo andaba ahí como si se tratase de otro mueble. Tal vez no sea la familia la que cargue con el muerto, pero es como si lo hicieran, porque como una estafeta en una carrera de relevos a alguien eventualmente le tocará la carga del fenecido.

En una rotonda lo perdí de vista y sólo me quedó la curiosidad de imaginar lo que sería de él. El muerto, el pasajero al inframundo del cajón me interesa poco, no me lo imagino, ni quiero hacerlo, es el cajón quien ocupa mi mente. Cajón que podría contar la historia de su inusual periplo si a alguien le interesará lo que puede contar un ataúd sin muerto.

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