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	<title>Julián, su blog &#187; mujer pola</title>
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		<title>Have you seen your mother, baby?</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Sep 2010 03:41:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Y dónde está el pañal? La pregunta era obligatoria. El lector deberá estar extrañado: ¿cuál pañal? También compartirá mi misma duda. ¿Dónde está? Anticipará –imagino- que la respuesta no es obvia e intuirá de antemano que el pañal no está en el lugar donde comúnmente se espera que esté un pañal. Me daré la licencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">¿Y dónde está el pañal? La pregunta era obligatoria. El lector deberá estar extrañado: ¿cuál pañal? También compartirá mi misma duda. ¿Dónde está? Anticipará –imagino- que la respuesta no es obvia e intuirá de antemano que el pañal no está en el lugar donde comúnmente se espera que esté un pañal. </p>
<p align="justify">Me daré la licencia de relatar el suceso como un buen puzzle. Situación a situación, a partir de pequeñas piezas armando siempre parches más grandes hasta que la imagen se vuelva clara y que la pregunta en mente del lector sea la misma con la que inicio este post. </p>
<p align="justify">Tal vez la primera pieza sea el lugar, el McCafé, tan Avenida Central, distinto a los otros por la misma razón por la que la Avenida Central es diferente a cualquier otro lugar. En la entrada los modernitos, góticos, nenas en mallas, tatuajes, piercings, el uniforme de una generación que lo lleva en la piel, en el corte de su ropa en el código de color, es una tribu inusual, más adentro las familias, regordetas, morenas buscando ser esferas, minisetas y jeans, todo es un como el fondo de las casas de los Picapiedra: uno camina y pronto de empiezan a repetir imágenes. El McCafé, el café y un cheesecake, el chisquei, la mesa para dos, ella y yo y los demás alrededor, incluso esa otra antónima pareja, en cuya mesa estaba el tarrito de lechemilk que nos asustaba y habría merecido un post propio pero que ahora sólo adorna esta impresionista imagen del entorno. Aunque no le baste al lector para ver los detalles particulares, tal vez pueda intuir ese mundo extraño de la Avenida Central, del McDonalds de la Plaza de la (no)Cultura, donde sólo hay tipos y no personajes. Es como si sentaran a comer todas las matronas gordas de Plauto, las jóvenes meretrices en sus atuendos, el galán joven vestido de negro y con alto contenido metálico. Y bueno, nosotros dos. Melissa y yo. </p>
<p align="justify">La cronología podría ser difusa y empezar por el final: por la cara de asco de una empleada, o podría empezar por el principio por Melissa y yo en la mesa, ella con el cheesecake, yo con el remedio al antojo de hamburguesita. Nuestra cronología no importa porque la acción no se relaciona con nosotros, pobres testigos. Ella lo narrará diferente a mí. Tal vez el relato se complemente, yo tenía mejor ángulo de observación, ella de reojo al disimulo, yo la veía con la decepción arrugándome la cara. Mi historia es fiel, el suceso se podría reportar telegráficamente: lo hice al final, ante la cara de asco de una empleada. Lo que importa es el proteico puzzle que no termina de atender la pregunta, de comprender dónde está el pañal, ni cual es, ni por qué la cara de asco. Ya el lector impaciente anticipa el terrible final, es como un escalofrío controlado, esa certeza que espera ser descubierta, recuerdo una frase de Dumas que trato de repetir al Pierre Menard, el mundo fue creado y bastó que Dios lo dijera para que fuera evidente. Las caras de asco, el McCafé, el pañal los elementos están ahí, una baraja mínima. Sin embargo aún deben ser asignadas en la formulación correcta. </p>
<p align="justify">Un puzzle en realidad es fácil de resolver, es una mera cuestión de perseverancia. Recuerdo un puzzle de mil piezas del mapa político de Europa. Los conociemientos de geografía de un tierno niño de 6 años bastaron para formar el continente, pero no fue hasta los 8 años cuando su perseverancia se logró imponeer a esos grandes trozos de Océano Atlántico. Las piezas eran celestes y no se distinguían por color, todo de un uniforme color celeste. Tuve que probar pieza por pieza, descubrir las que calzaban, una tarde (o más) se esfumó en ese esfuerzo. Un puzzle ideal –lo he temido- sería aquél que sea únicamente un enorme canvas celeste, si a esto se le agrega que las piezas no tengan recortes particulares sino que sean únicamente cuadrados idénticos resultaría en un puzzle verdaderamente imposible. Acaso la mera combinatoria y la infinitesimal probabilidad lo podrían resolver. Este desvío se justifica, aunque las caras de asco, el McCafé y el pañal son elementos mínimos el verdadero entendimiento sólo surge a partir de la correcta combinación, que acaba por ser un sudoku de sintagmas y paradigmas. La llave final será la que sigue. </p>
<p align="justify">Los ticos, como malos costarricenses que son, son aquellos a los que les resultan pertinentes calificativos como buchón. De ahí que en un lugar cualquiera, el mejor espacio va a estar ocupado por la gente que no debería estar ahí. Si en el McCafé se supone que está la gente que consume los productos del área del café, resulta natural que los dos sillones cómodos (y ante la relativa parquedad mobiliaria del McDonalds bastante finos) estarán ocupados por las tres mujeres, sus tres infantes y su avalancha de cajitas felices. Los productos del McCafé, ausentes. Pero sí, los sillones son cómodos. </p>
<p align="justify">En el país de la Pepa, todo mundo hace lo que le da la gana; estas tres hembras omega (pues no son alfa, sino todo lo contrario, son el acabóse) están ahí cómodamente plantadas hablando de sus pensiones o ignorando los desastres causados por sus pequeñas hijas. ¿Dije hijas? Me corrijo, porque son versiones en miniatura de ellas mismas. Son relevos, entrenados desde la infancia. La nena, de no más de 6 años andaba una blusa escotada, botitas, pantalón brillante, poses poco naturales, maquillaje, bolso plateado, metálico, en esencia todo, lo que es un atributo de la tierrosa estaba ahí, en la pequeña niña. Pero no, mi discurso no antañe a esta niña, tampoco a su madre que estaba ahí, orgullosa tal vez de que la niña queda tan igual a ella. No, aquí la cuestión es la del pañal y eso es otra niña y otra de las mamás de ese grupo. </p>
<p align="justify">No recuerdo mis palabras exactas, sé que mi pregunta era interrogativa, mi reacción simplemente fue la piel helada. Acostada el sillón estaba la nena, menor, 3 años, faldita verde levantada. De la madre la mano izquierda sostenía las pies de la niña en los aires, haciendo que las piernas estuvieran ortogonales al cuerpo. La mano derecha de la madre hizo tres movimientos: quitar pañal viejo, limpiar, poner pañal nuevo. </p>
<p align="justify">Recordemos la escena: un café. Recordemos el acto: cambio de pañal. Recordemos la higiene. Las convenciones sociales sobre lugares donde eso es permitido. Recordemos la Pepa, recordemos que esto es Tiquicia y no Costa Rica, aquí cada quien hace lo que le dé la gana. ¡Qué asco! Lo decía para mí, un pañal no se cambia ahí, no en un sillón donde alguien –hasta yo- me podría sentar. ¡Asco! ¿La pobre niña? No debería estar siendo cambiada en un lugar limpio, en ese sillón alguien antes se sentó, quién sabe dónde se sentó antes, infecciones y todo eso. ¡Asco!</p>
<p align="justify">La conversación nuestra giró entorno al suceso varios minutos. Observábamos a la mujer que ya volvía a su otra conversación. No había explicación que valiera. No la había, simplemente no. La mujer, tierrosa de por sí, evidentemente tontita sería una madre malejemplar, para señalarla y destacar todo lo malo. Este es el puzzle del día, una imagen que uno no quería ver, haber puesto las piezas juntaspara querer lanzarlas contra la pared, purificarlas en el alcohol, cloro o fuego lo que haría yo con ese justo sillón. </p>
<p align="justify">Al salir nos acercamos a una de las meseras, de las empleadas que abrió los ojos, grandes, pelados, como una de esas esculturas de la Edad de Bronce, no sé si nos pidió disculpas o simplemente balbuceó interjecciones. Ella no lo creía, en su mente se repetirían –no lo dudo- todas aquellas cosas que Melissa y yo especulamos. Confío que algún lector también esté articulando el infaltable WTF, pero que siga leyendo porque el pañal sucio, el pañal no se sabe donde está. </p>
<p align="justify">No, no se sabe, no me fijé qué lo hizo. Sé que en la mesa del café había un ziggurat de cajitas felices y envoltorios de papel. En semejante montaña no me extrañaría que un pañal se colara ahí. Es probable, posible, sí, es verosímil, más aún. Es la última pieza del puzzle que no quiero ver calzar. </p>
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		<title>Torture Me</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Nov 2009 03:06:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
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		<category><![CDATA[desesperación]]></category>
		<category><![CDATA[gente molesta]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Soy quisquilloso, no bueno, no, tal vez sea que me desespere, pero no, tampoco, más bien es algo como ser un amargado, pero aun así, a la palabra le sobra fuerza, tal vez sea cosa de ser un insoportable, reprimido, sí, insoportable al fin. Tal vez la habitual mueca, el extremo del labio que se desplaza hacia la mejilla, la boca, cerrada, halada, horizontal, larga, con esa expresión de angustia levemente muppetiana, esa expresión de Rana René acongojada, tal vez sea esa la expresión que resuma mi state of mind. Víctima de esa incómoda tortura –inevitable- de coexistir con gente molesta en el mundo. </p>
<p>La tipa (porque decirle ‘señora’ habría sido un insulto para madres, esposas y demás en el mundo) me llamó la atención desde que me puse en la fila, ella estaba como seis personas por delante, su simple atuendo fue alarmante, es de esas que andan con una camiseta de la Sele que compró en un cruce de calle o una rotonda, la llevaba –a pesar de sus 40 años (o más)- amarrada para revelar un ombligo gris en una piel sin vigor, andaba el mangano rosado, pijamoso a más no poder, combinación de chuicas para pasar el palo-piso en la privacidad de la casa, no para pavonearse por la Oficina de Registro de la UCR con un lapicero BIC, una hoja llena de garabatos que habrán sido respuestas de algún funcionario en una oficina que sin duda alguna habrá agradecido a los dioses en el momento que la mujer se fuera y esas pulseras de pelotas plásticas sacadas de un bazar. <em>In a nutshell</em>, era para todo efecto y prejuicio práctico y superficial una pola. [Júzguenme superficial, prejuicioso, pero creo que todo mundo entenderá a la perfección esa sensación de ver a alguien discordante, un elemento foráneo que –casi que intencionalmente- hace manifiesto que no pertence ni encaja ahí, y por tanto sólo va a venir a causar enredos]</p>
<p>La tipa era prepotente, tenía el orgullo herido por el fracaso de una pesquisa telefónica que la había hecho venir hasta ahí <strong>desde Moravia</strong>. [Quien no esté familiarizado con la geografía josefina, la distancia entre Moravia y la Universidad de Costa Rica es comparable únicamente a la distancia entre el puerto de Shanghai y la ciudad de Constantinopla, jornadas enteras a través de peligrosos parajes llenos de bandoleros e infieles. A lo sumo 10 minutos en carro, unos 25 en bus.] Todo su carácter quedó en claro en los primeros 20 segundos de conversación: “Señorita yo intenté hacer esto por teléfono y no me atendieron. En cambio en la UNA sí me atendieron bien”. Ahí inició su larga letanía, a la cual le puse atención por natural curiosidad mientras se evaporaba la demás gente en la fila y yo quedaba en pole position. Finalmente yo pasé a otra ventanilla, de dónde fui remitido con cierta cara de apología hacia la ventanilla donde aun estaba anclada en sus peroratas la mujer de pelo corto, ombligo pelado y amplias necesades. </p>
<p>Puse atención a toda la conversación, pero no podría reproducirla en su totalidad. Como introducción baste decir que la mujer, era la orgullosa madre de una muchacha que sacó 527 puntos en el examen de la U, algo así. Luego su preocupación de madre la había traído ahí. <em>[Aunque si la perenceja está en el colegio al colegio iba a llegar la información]</em>,&#160; “Mi hija toda su vida ha querido estudiar Ingeniería en Sistemas y yo quiero saber qué puntaje es necesario para entrar”. La muchacha servicial, trató de explicar el sistema de cortes de la U, la mujer estaba empecinada en no entender cómo no podían tenerlo de antemano, a pesar de que reconocía que era primero necesario efectuar el concurso. Habló y habló. Dimes y diretes. Pendulaciones conversacionales. La fila se hacía más larga, porque una ventanilla había sido secuestrada por esa mujer, yo escuchaba su historia porque la muchacha que podía responder a mi duda era embestida por falsas cortesías “¿y en toda su experiencia aquí qué me recomienda?” con el backhand de la grosería “¡ah pero usted no me está ayudando!”, del insulto prepotente “&#8217;yo no estoy aquí para que alguien que no sepa me haga perder el tiempo”, naturalmente ella tan importante, tan preocupada por la “hija que merece tanto más que esta universidad tan desordenada”, pero siempre siempre la alusión “a computación que es lo que siempre quiso” hasta que surgió el asunto de estudiar Económicas y pues “economía es lo que siempre quiso”. Ahí estuve a punto de interceder de enjachar a la señora a quemarropa, con cinismo decirle que la muchachita está huevoncita, que si quiere entrar a la U a compu o a lo que sea que lo haga ella. Me contuve, más porque era absurdo el diálogo y lo absurdo me entretiene. Es como una improvisación de Robin Williams. Pointless. Fatua. Ahí seguía, disculpando por absorber el tiempo de la muchacha de la ventanilla [¿y el del resto de la fila qué?]. Yo esparaba, torturado suavemente por el tedio de lo absurdo cuando se inicia a tomar en serio, Y la mujer seguía sin entender que la hija con esa nota no iba a entrar a compu, la muchacha detrás de la ventanilla defendía la posición de la U y trataba de contener su frustración. Cuestiones de elegibilidad, de dos opciones, de terceras semanas de enero, de cortes como indicadores, pero que no son ni garantía ni obstáculo. ¡au! En medio de algún suspiro bufado creo que la mujer comprendió que ahí no habría de poder hacer que si preciada chiquita que merece más que ser una adminstradora como su tía, tío, primo y quién sabe qué, y que ella como madre quería que estudiara computación y… y se fue. Dijo algo poco cortés, quejándose de la ineficiencia y se fue. </p>
<p>Como un barrido de las escobillas en el parabrisas, me prestidigité ante la escobilla; compartí una sonrisa de complicidad de la muchacha, los ojos rodados, el suave agitar de la cabeza, y luego el buenas tardes, mi pregunta, su respuesta, mi encoger de hombros, su disculpa, como un juego de gato, ágil, di las gracias, me recordó fechas, le volví a agradecer y comenté que al menos no había absorbido tanto de su tiempo no lo pude evitar, la frustración ajena se me salía por las orejas, ella río, dijo algo de cortes de notas y mis cosas en enero. </p>
<p>Me fui caminando. Lento. No tenía la verdad nada que venir a hacer. Pensando en esa mujer que es una caricatura de sí misma y de todo lo demás, arquetipo de lo molesto, de la gente que cree ciegamente que hablando consiguen su cometido, cansando a la gente, haciéndose (o siendo llanamente) imbéciles categóricos, innecesaria ella, asumiendo responsabilidades ajenas, queriendo cosas a su voluntad, malacrianza existencial. Secretamente confieso que a veces el 2012 se me hace muy distante. </p>
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