esas pequeñs etiquetas: pereza


Sunday Bloody Sunday

Algún extraño y mezquino aire reina los domingos. Podría decir que en cierta forma es como un veneno de lenta acción que poco a poco va aniquilando el día, una niebla que al cabo de unas horas opaca al astro en su día. Incluso a estas sombrías horas que el sol del domingo no es más que un delirante recuerdo, aun se siente una pesadez innatural que cuesta trabajo dilucidar.

Veo el reloj con una esperanzada fascinación con cada segundo que pasa y a la vez con una triste desesperación por saber que aun faltan miles de segundos más antes de que la medianoche me libere de este día. Aunque suene absurdo, como si fuera una inversión de la historia de la cenicienta, sé que la medianoche (la noción de estar en un lunes) me va a librar de esa roña de domingo.

Son veinticuatro horas apenas, pero se sienten como veinticuatro decenios.. Al principio, recién llegado del sábado por la noche, difícilmente se reconoce al domingo como tal, a esto le sigue el sueño que busca acaparar cuantas más horas de domingo pueda; a veces lo logrará, a vecés fracasará miserablemente en el intento. La televisión nos brindará una y mil opciones de aniquilar el sentimiento de domingo: la narcosis de futbol ha sido en más de una ocasión mi arma favorita para aislarme de este fatal día. Tras una resaca futbolística que le debemos al ‘equipo de todos’, lo que menos que quería ver era a dos oncenas de peleles seguir el esferoide de cuero sintético. Aun así, muchos otros canales me tientan con películas y repeticiones de series, documentales engañosos (Historia Secreta: San José, Costa Rica, ¡mis nalgas!). Al mediodía consideré ponerme a ver una película, pero me figuré que no sería diferente a aquellos borrachillos que están esperando frente al bar mientras abren para pasar todo el día perdidos en una botella. No quise imaginarme abstraído ante la pantalla, no lo hice.

Busqué consuelo en la lectura y al cabo de algunas páginas lo dejé, aniquilado por el calor y la nauseabunda pesadez dominical. Volví como siempre a la compu, a matar el tiempo ante la pantalla, a buscar avatares y nicks conocidos y aburridos con los cuales divagar y distraerme. He pasado horas pensando en cómo evitar el domingo, querer irme a dormir sábado y amanecer en lunes, obviando el día intermedio.

Creo que desde siempre me ha parecido un día detestable. Las actividades de domingo nunca han sido predilectas mías, la ciudad muere ante la hipócrita noción de un día de descanso homogenizado. Es una fecha roja en el calendario y nada más, un día que se confunde entre ser el inicio y el fin de toda semana, entre ser un pagano día del sol o un día del Señor. Al final es un día muerto y nada más.

Para Borges no era más que un sueño, un paisaje lleno de imágenes difusas entre las cuales con mayor claridad recuerdo la mención de la abolición del artefacto infernal (inevitablemente oriental) que multiplicó vertiginosamente la cantidad de libros hasta el punto de lo ridículo: Borges soñó un mundo donde no había más imprentas.

La realidad nuestra es diametralmente opuesta: el hombre –siempre amante de lo hiperbólico- creó por fin una ineludible imprenta total, ya no se trata solamente de la proliferación de lo impreso, de gruesos tomos de blancas hojas manchados por la prosa negra de nefastos autores que hayan tan fácil forma de contaminar al mundo con sus ideas, ¡no!, se trata también la etérea, fatigante y omnipresente red de redes, en la cual cada hombre es autor, editor y lector; y peor aún: omnisciente y sabio juez.

Esta no-tan-novísima Biblioteca de Babel cuyo índice contiene acrónimos de tres letras camuflados como sufijos a nombres propios que encierran en confusas codificaciones binarias electromatemáticas disertaciones absurdas, volúmenes casi-infinitos de palabras repetitivas, pensamientos dirigidos a nadie en particular pero que contaminarán más de una mente (sí, este blog es uno de ellos).

¿Sería mi vida (o cualquier vida) más provechosa si se leyeran solo una docena de libros? ¿Y se releyeran una y otra vez? (¿Podré, al menos, elegir los volúmenes como el ‘Time Traveler’ de Wells?, igual no importa esos pocos tomos constituirán mi saber. Sólo eso y nada más.) Sea tal vez cuestión de cansancio, pero preferiría esa alternativa a pasar inmerso en la lectura de una cantidad indeterminada de ‘deóces’, o de ‘pepetés’ que no valen los electrones por los que transitan y se manifiestan en un lienzo de cristal líquido (o cañón catódico).

¡Vulgar Internet que ha hecho proliferar autorcillos y luminarias con la misma brillantez de una luciérnaga! ¡Ea, arrabal virtual dónde cada hombrecillo insignificante es un genio o un semi-dios y puede publicar sus ‘Pensamientos’ bajo la convicción total de su relevancia (sin darse cuenta que solo repite palabras ajenas)!

(Al menos los que entran aquí saben que lo que van a hallar distará de cualquier seriedad, o convicción; contrario a tantos otras creaturas en la blogósfera, yo reconozco y acepto que mis escritos no son más que grafitis, garabatos ideológicos, tan sofisticados como un dibujo a lápiz en el margen de un cuaderno).

Para dicha o desdicha quemóse alguna vez la Biblioteca de Alejandría; aunque el fuego purgase obras de Aristóteles, Euclides y otros poetas o sabios también habrá librado al mundo de los PMBOKs, los “Pensamientos Arquitecto-centrales” o ATAM, SAAM, o SATAMs de esa época. No abogo por una nueva edad oscura, pero sí quisiera sentir el pasar del tiempo que dicta contundentemente quién o qué resulta verdaderamente trascendental o importante; mientras más rápido y más cuantioso se publique, más rápido también se debería descartar y olvidar.

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