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Con Nombre de Guerra

“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta 56. Del lado de acá: la cocina de un casino, el haitiano vendiendo platanitos, la entrada de Plazavenida y el Mr. Churro; hay más cosas más abajo, pero eso es para la gente del bus de Sabanilla, hay más cosas más arriba pero ya eso es otra cuadra, el Hotel del Rey y todo aquello. De aquel lado un edificio con un vidrio roto y una cadena oxidada en las verjas, el New York Bar, un taxi parqueado (ese taxi son muchos taxis, uno se va y llega otro, gente sube y baja, dinero pasa, pero el taxi ahí es parte del paisaje). De sendos lados parqueos.

De aquel lado estaban las putas y de este lado no. No sólo porque no anduvieran caminando en la misma acera, porque sí, sí estaban de este lado. Andan con sus tacones abriendose paso, bajan o suben, vienen y van, se vuelven a ver. Pero. A la vez no estaban porque no, simplemente no. La gente les huyen con la mirada, unos, ven como si viera a través de ellas, otros. Negación en todo caso. No falta también la lectura automática de un lupino hombre, que ve los tacones y las piernas y todo lo demás tan elaboradamente expuesto y después de la degustación visual, agitando la cabeza el hombre vuelve a su antigua distracción. Sí de este lado, aunque anden no están. No son.

Del otro, están y son. Ahí las ven todos. Las mujeres subsombrilladas balbucean su desencanto, su desprecio, su crítica punzante. Esas. Ahí van. Ah. El tono es algo que no se puede poner aquí. No es arrogancia, ni desprecio en sus puras formas, van mezclados, se tiñe de lástima, de tristeza, de una inadmitible envidia, seguida del odio puro. Interpreto sus voces, sus comentarios, incluso cuando ya estemos los de la fila en el bus y el bus esté lejos algunas conversaciones aún se agitan en hablar de la parada, de las putas, de las putas que es un trabajo, que es un relajo, que sólo crimen y gringos pervertidos, que qué feo, pero también qué saladas, o qué descaradas.

Sincretismo entonces. Las putas están ahí al frente mío, del otro lado de la acera. Sus devenires me interesan poco, las veo como si viera una obra de teatro. Repiten las escenas de siempre. Eso. Sí. La fila del bus crece detrás mío y todos somos espectadores. Creemos que es algo Brechtiano, la vemos asumiendo que es un espectáculo, que es pura trama, un mero montaje y que al final la ilusión se manifieste como tal. Pero no. Eso no ocurre nunca. Sincretismo falso, inventarse dramas. Creer que lo de aquel lado está sólo de aquel lado. La putilla cruza la calle, saca su sombrilla de ese bolso (porque ella también se moja, y la sombrilla no será diferente a la de una de las subsombrilladas). Los tacones del desprecio (epíteto hurtado a Bunbury) van sobre el asfalto húmedo. De nada sirve reducir ‘este lado’ a lo individual, lo harán –imagino- las subsombrilladas, el bigotón, el tipo que por no andar paraguas se tapa con una bolsa plástica . Las putas siempre están allá, del otro lado, del show eterno de la ciudad ajena y decadente que vale siempre atacar, criticar, destruir. Allá.

“Sincretismo”, parecía insistir. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Tengo que aceptar que está de mi lado de la acera, del lado mío, yo, mi bolso, mi libro de Keats o de Luciano de Samósata, mi celular, mi cárdigan, mi San José ficticio, mis mil ideas para hacer una ciudad mejor aunque ninguna será puesta en práctica, mi lado, el lado del crítico que soy? Si la acepto qué. Es aceptar también al piedrero, al gringo pervertido y degenerado, al proxeneta, la plata sucia. Es aceptar que esa es la bajeza de mi realidad que sigue estando ahí cuando ya esté en el bus. Pero, me digo, con la anagnórisis a medio apagar: eso ya está aceptado. Si no, leería los periódicos como novelas. Sin preocuparme de muertos, ni asaltos, ni violencia, ni cifras. ¿Entonces?

¿Sincretismo qué? Pienso en ser metódico y volver a pensar. Sincretismo exigiría también ponerme en su lugar, en tratar de ver el mundo a través de los ojos sobre sonrisas falsas, cansados por andar en zancos de aguja y el frío por las tiras de tela que llevan por ropa. En pensar estar de aquel lado de la acera y ver la fila, ver la gente que hace caras pero que las ve, ve fijamente, verme a mí desde su óptica, ver al haitiano y ver el bus azul de la ruta 56 tan molesto recuerdo de la vida común y silvestre anegadas de mandados y sombrillas.

Aquella ruta es insensata y futil. Puedo imaginar, hasta ahí; esta imaginación mía se iría por otras tangentes, buscando algo heroico en aquello que es grotesco y vulgar. Mi razón se iría por lo darwiniano, por la respuesta, la adaptación, la supervivencia. No, no conviene imaginar un punto de vista ajena, ni siquiera el más verosímil deja de lado el –símil. C’est la verité.

Ya no sé cuántos días más he estado ahí. Bajo el paraguas en la parada. Es mi salida de San José, entre el vaivén pendular de prostitutas solas o mal acompañadas. La puta (no distinta al taxi ya mencionado) está ahí, siendo otra puta. Aún insiste en el sincretismo, en decir que los dos lados de la acera son iguales. No porque ella guarde alguna moral retorcida, no porque de este lado haya parangones de moral. Ni una ni la otra. Sino porque sí, porque los dos lados de la acera son lo mismo. No porque la gente sea la misma, no, no se trata de eso. Pero tenemos igual atribuciones, tenemos la misma relación con la ciudad.

No, no, huyamos de la idea de siempre, de que somos hijos de la ciudad, hijos de San José sólo porque nacimos en una clínica en su centro, o porque la visitamos con frecuencia. Más bien San José es el remedo de aborto nuestro, es nuestro sincretismo. La puta le da su color a San José. Se lo da el piedrero. El predicador. El tipo vestido de queque de spoon. El policia. El filólogo que se ríe solo por Luciano de Samósata. Los que la juzgan, los que son juzgados por ella. Sincretismo ante todo, decía la puta sin querer decirlo, pero no me lo decía a mí. Se lo decía a ella misma, a San José, tal vez. A la nube no digital, a todos los que leen algo de la gente que pasa al frente suyo en los bulevares y aceras; la densa niebla de caras larga o cortas, pintadas, sonrientes o furiosas.

Sincretismo, sí, entiendo. Algo así sólo se descubre estando ahí varias veces más, entender que yo también soy ese taxi. Siempre vuelvo a estar ahí. Otras circuntancias, otra expresión. Pero otra vez ahí. Yo no soy distinto a ella. También yo soy observado y bastaría yo estar duplicado para que alguien me examinara de la forma en queyo examino a alguien más para entender del todo la repetida pluralidad de juicios de las personas. Sí, es así como damos forma a San José, a partir de lo que vemos, de lo que pensamos cuando vemos. Así San José nos pretende resumir a todos; nunca lo logrará claro, pero el punto de vía mío, no es más que uno mas en el crisol de momentos josefinos. Sincretismo digo yo en el blog, sin decirlo a nadie en particular.

Wrapped Up in Books

Abro el libro. De él salen descripciones finamente hiladas, genealogías esclarecidas, uno que otro dios que discute, debate y, por qué no decirlo, hasta hace berrinche. Eneas, cada vez que abra el libro en la página cientoveintisiete, estará bajando con la Sibila de Cumas por una caverna hacia el reino de los muertos, encontrará a Palinuro esperando un digno entierro para poder cruzar y le mostrará a caronte el muérdago para Proserpina y luego el Inframundo, los condenados y Anquises y aquellas futuras almas olvidándose en el Leteo para volver, para ser césares o reyes, latinos o romanos. Con el libro abierto sé que estoy ahí, detrás o al lado del héroe, a veces me le anticipo porque no evito leer un párrafo unas cuantas páginas más adelante, a veces el autor, me da las pistas, la profecía que deshoja páginas para cumplirse, para agotarse el tiempo antes del irremediable triunfo. Yo voy ahí vertiginosamente devorando las palabras que equivalen a los azules mares del Mediterráneo ancestral, a las escallosas rocas donde mueren los marineros, donde los dioses juegan a sus seducciones, donde cada quién es hijo de algún héroe y se obsequian valiosos tesores de oro o marfil.

Cierro el libro. Hay que caminar y eso hago. Hace sol. La ciudad gris se agota cuadra a cuadra mientras camino. Torpemente se deslizan frente a mí los rótulos de San Pedro. La iglesia con su inútil Latín al cual nadie le presta atención, la Lehmann escasa y pobre, el Pomodoro con su fuerte aroma a ajo y a madera podrida, la calle, el asfalto, el humo de los carros, los murmullos universitarios de cada lado de la calzada, mosaicos imposibles que se construyen a partir de palabras sueltas, la extraña iglesia bautista, el cruce de calle en diagonal de Fito’s al otro lado, el otro cruce sobre las vias de hierro que guardan un eco del pito molesto del tren, la facultad de Arquitectura al otro lado de la malla, la entrada a la U, radio U, canal U, lo que sea U, la radio y sus ventanales con reflejo donde vanidosamente me veo al pasar, bambuzales y El Kiosco, otra entrada a la U, la acera de las paradas de bus donde la Periférica suba y baja gente, cobra y da vueltos y los torpes artesanos o mercaderes venden sus baratijas, el horrible sol de mediodía que ya me afecta, siento el sudor que baja y la parada de Heredia y el bus con la puerta cerrada, porque llegué muy temprano, y al menos tengo una sombra, en eso: prestidigitación. El libro, el seis de corazones marca la página (52 marcapáginas al precio de una baraja de bazar).

El libro volvió. Tal vez razono que no es tan alegórica la Historia Sin Fin. Leer implica trasladarse a otro mundo, perderse, entrar en un laberinto dado por los números en las esquinas de cada página. De nuevo estoy con Eneas en Italia; la Odisea dio lugar a la Ilíada, son batallas y bodas inconclusas, guerreros que no son el hermoso pelida ni el politrópico Ulises vuelven a batirse, Hera y Venus opuestas entre sí de nuevo, Diómedes se menciona para dar su negativa y ya no trata el poema sobre los vericuetos marinos de Eneas. Se enumeran los bajeles etruscos sobre el Tíber, las huestes tirrenas y arcadias y Eneas y yo escuchamos a las driadas dar aviso del ataque de los latinos liderados por el gigante Turno. Estoy ahí, mi mente le dio cara, color y forma a esas driadas en las olas, Eneas y la batalla sobre la playa saltan a la realidad, lo puedo ver todo a la vez, disperso en varias páginas completo la escena, la batalla, en espacio y tiempo variable, pasan las horas y se acumulan los muertos en el río, releo un párrafo y Palanto vuelve a morir. Una y otra vez, degusto la herida, el pecho blanco roto por la lanza. Se vuelve a colar el seis de corazones en el medio. Cierro el libro.

Camino nuevamente, las caras a mi lado son insípidas y olvidables. El día ha girado y los carros del Sol se pierden allende del mar, en el crepúsculo las caras son grises e indistintas, como los edificios o el asfalto requesbrajado de la calle. Impelidas por la madre Cibeles las plantas torpes crecen en las rajaduras del pavimento en este reino tropical donde lo edificado por los hombres sucumbe a la humedad, a la agresiva vegetación (cosa de por sí contradictoria, vegetación que de vegetal tiene poco, que tiene una vida más decidida que los hombres), al descuido y al olvido de una estirpe que vive para sus necesidades inmediatas como los bárbaros que piensan solo en el día presente y jamás en los destinos de los hombres. La ciudad sufre de los hombres. El polvo se acumula en las cornisas, en los dinteles, bordes de ventanas, en las caras de los niños y hasta en el aire queda suspendido, como una seda invisible que se corre suavemente al caminar, manchándonos de la mugre de la ciudad; suciedad y vidrios rotos, caras rotas y sucias, bañadas en el aceite de la lucha incesante de cada día. La ciudad, o si acaso su esencial parte, que la represente toda, la larga avenida se troca en un singular campo de batalla, unos esperan y buscan sus agüeros, los leen en la forma de la hamburguesa que ávidamente consumen o en la disposición de los taxis, otros marchan ya, las divinas armas portando, a dar la cara en la batalla, probarse en los campos de Marte, o en las oficinas o las tiendas o los bares, fieramente lanzándose a luchar silenciosamente contra el mundo, donde todos son rivales y todos son aliados. La vida, pienso, al comenzar a imaginar nombres y gestas de los hombres que caminan a mi lado, tiene sus odiseas e ilíadas o pues, sus eneidas en las que figurarán los caballos de madera o los guardados por la divinidad, o los que descienden al Inframundo y emergen con el conocimiento del futuro. Menos grises, veo las caras de las personas, e imagino su linaje, sus maldiciones, sus historias. Aquella, una ninfa de robada virginidad que aun cree en un Júpiter celestial, aquel, cuida las armas de su anciano padre, su casa y su raza, otros buscan entre la gente a sus enemigos, al raptor de su amor, al que le hizo mal, justicia, venganza, reivindicación, ambición, destino entretejidos entre las fibras de la ciudad, de la gente que la habita; ciudad que sufre de gente y por eso mismo es ciudad.

Camino y en algún vidrio reluciente me veo reflejado e imagino una extraña inversión. Con el libro abierto me sumergo y acompaño a Eneas, como lo hiciera Venus; cerrado el libro, sus palabras adheridas a mi mente, presiento al troyano acompañándome.

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