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	<title>Julián, su blog &#187; san jose</title>
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		<title>La Ciudad de la Furia</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 00:58:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Barrabasadas]]></category>
		<category><![CDATA[destruir]]></category>
		<category><![CDATA[san jose]]></category>

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		<description><![CDATA[San José es una ciudad que todo ser humano debería desear destruir. Y, a juzgar por los lugares comunes que rodean este tema, efectivamente lo desea.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">San José es una ciudad que todo ser humano debería desear destruir. Y, a juzgar por los lugares comunes que rodean este tema, efectivamente lo desea.</p>
<p style="text-align: justify;">Dada la misión, la ejecución tomará las tantas y tan distintas formas como puedan surgir de diferentes mentes. Coloridas y abundantes como las plumas de un pavorreal, así son estos sueños de destrucción, como pavorreales (y pavorreales atravesados por pavorreales y que en cada pluma tienen otro pavorreal): Unos, lo puedo imaginar, se verán como gigantes cuyas manos titánicas derribarán los edificios. Estos caerán con facilidad, sin hacer ruido alguno (o si lo hubiera estaría opacado por el estruendo de la propia risa), colapsan como las maquetas, antes el plástico monstruo de película japonesa, también –y porque no se trata sólo de aquello que hay sobre la superficie- hundirán sus manos entre la tierra y el asfalto y extraerán los cimientos de la ciudad, como se debe hacer con la mala hierba. Atrapados entre palmas y falanges, los pedazos de ciudad serán pulverizados y dispersos en el viento.</p>
<p style="text-align: justify;">Otros, en cambio, verán San José y la pensarán teniendo esa muerte gloriosa ante la furia de los elementos: el viento, la lluvia, el fuego y la tierra misma deberán corregir esa mácula de artificio (in)humano. ¡Que se abran grietas de la madre Tierra! ¡Qué trague esa abominación y que el vendaval disperse al éter hasta la última partícula de ceniza que haya dejado atrás el fuego aniquilador de la limpieza! ¡Que el agua lave las montañas que rodeen la ciudad y que los ríos se lleven hasta la más mínima partícula de concreto, asfalto, plástico o yeso que quede! Vómitos al mar, vómitos de civilización; atrás queda la limpieza, un nuevo barro primordial del cual podrá surgir otra cosa, algo nuevo, algo mejor, algo que no será San José.</p>
<p style="text-align: justify;">No faltarán también las personas más industrializadas. Espíritus decimonónicos que se rigen por las leyes de la utilidad, del materialismo; abyectos enemigos del desperdicio y mentes ágiles y sistémicas que lo verían como la más precisa operación de demolición a ser efectuada. Sería este el momento más adecuado para felicitar su minuciosidad, su orden enfermizo: imaginemos una legión de bulldozers, de máquinas amarillas y anónimos trabajadores con cascos removiendo pieza a pieza la ciudad entera. Todo sigue un esquema, y el esquema se cumple. Hay planes, hay planes de planes, pero por algo que no podemos llamar si no es magia, efectivamente la ciudad va a desapareciendo, pieza por pieza hasta el último ladrillo. Primero se van los rótulos y ese excesivo maquillaje mercantil, luego caerán esas edificaciones vetustas y junto a ellas, también son demolidas, las nuevas edificaciones, baratas y con materiales blandos que jamás perdurarían. Luego, casa a casa, se irán yendo los edificios altos y los más viejos, las aceras, los entubados subterráneos y todo ese inframundo que está aquí pero que ya nos es ajeno.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero en cualquier fantasía de este tipo somos interceptados por una voz que conocemos y que no podemos dejar de oír, aguda tal vez, imperdible que se levante por encima de monstruosas risas, del silbido tonante del furioso viento o del chirrido de máquinas de acero; aparece el susurro de alguien que pide clemencia. El Teatro Nacional, el Edificio de Correos, toda una multitud de casas en Barrio Amón, una librería y un edificio al frente suyo, un casa que hace de putero y restaurante junto al Parque Morazán, una casona que vende artesanías y oculta una tienda de antigüedades, otra multitud de edificios que albergan ratas y drogadictos (lo cual es un tipo de redundancia) nos miran con fachadas conmovedoras y nos hacen detener la ficticia destrucción de la ciudad. Los vemos como miniaturas, con la misma extraña condescendencia que tenemos ante el viejito anónimo que escala a través de la puerta del bus y que no acudimos a ayudar. Los vemos y entendemos algo: Están marcados por otras épocas (tal vez mejores) y buscan –con la arrogancia inevitable de la vejez- justificar su permanencia. Peor, entendemos otra cosa, no nos hablan por clemencia.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>No</em>, parecen decir, <em>no buscamos evitar la destrucción, no la pedimos, puesto que no podemos ser destruidos porque hemos sido nosotros quienes hemos mandado a destruir esta ciudad. </em></p>
<p style="text-align: justify;">Silencio, la pausa es obligada. El estupor ha actuado. Pronto esclarecen su argumento. ¿Quién habría de desear destruir una ciudad si no fuera porque el edificio del Ministerio de Hacienda humilla cotidianamente al Teatro Nacional? ¿El Edificio Herdocia no clamaría por fuego y llamas contra ese “Amigo Invisible” que le ha sido cargado a un costado? La lista de quejas parece interminable y justifican la destrucción total. Ahora aparecen para aclarar: la destrucción no debe ser total, sólo deben desaparecer aquellas cosas que los ofenden, que distraen el amable ojo de un ciudadano que las rejas del Teatro Nacional,  o los veintiún pisos de un banco que le hacen sombra al Edificio de Correos. Hay edificios que recuerdan el paso del tranvía por San José, y ahora se ríen de politiqueros que ofrecen otro. Hay edificios que han albergado a tantos hombres que sin remordimientos algunos derribaron a sus estimables colegas para erigir aberraciones que en el presente están olvidadas.</p>
<p style="text-align: justify;">Antes que la respuesta del destructor se dé, aparecen otras voces. Son los edificios nuevos, pidiendo su oportunidad, abogando por la destrucción de los veteranos, arguyendo que aquellos tuvieron su oportunidad que son reliquias de un pasado arruinado. Lo moderno puede lograr lo que lo viejo no pudo. Otro coro, el de edificios intermedios, aparece; estos dicen que ellos son quienes más han sufrido, ellos fueron los primeros valientes en retar a sus mayores pero que pronto tuvieron que ceder ante nuevas generaciones. El aire se enturbia con invectivas, gritos, quejas, órdenes y súplicas.</p>
<p style="text-align: justify;">La destrucción sólo puede ser total, o no ser del todo. Cualquier acto de clemencia sería un guiño secreto a alguien no hay solución salomónica que valga solamente la aniquilación, destruir sí, volver a la fantasía inicial, pero hacerse sordo, pero cómo, cómo al fin y al cabo sólo podría San José ser destruido por alguien que haya vivido allí y que lo conozca y esté decepcionado pero también esa persona invariablemente va a retener algún recuerdo grato y así no acometerá la empresa. Y es por eso que cada Josefino desea ver destruida la ciudad nunca lo hará, simplemente se limitará a verla destruirse a sí misma a pedazos a su propio paso, según otros que no les importa salvar y destruir, verá a la ciudad sabiendo que siempre será un híbrido, con cicatrices de asfalto y metal. Destruirá otras ciudades, San José, jamás.</p>
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<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">San José es una ciudad que todo ser humano debería desear destruir. Y, a juzgar por los lugares comunes que rodean este tema, efectivamente lo desea. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">Dada la misión, la ejecución tomará las tantas y tan distintas formas como puedan surgir de diferentes mentes. Coloridas y abundantes como las plumas de un pavorreal, así son estos sueños de destrucción, como pavorreales (y pavorreales atravesados por pavorreales y que en cada pluma tienen otro pavorreal): Unos, lo puedo imaginar, se verán como gigantes cuyas manos titánicas derribarán los edificios. Estos caerán con facilidad, sin hacer ruido alguno (o si lo hubiera estaría opacado por el estruendo de la propia risa), colapsan como las maquetas, antes el plástico monstruo de película japonesa, también –y porque no se trata sólo de aquello que hay sobre la superficie- hundirán sus manos entre la tierra y el asfalto y extraerán los cimientos de la ciudad, como se debe hacer con la mala hierba. Atrapados entre palmas y falanges, los pedazos de ciudad serán pulverizados y dispersos en el viento. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">Otros, en cambio, verán San José y la pensarán teniendo esa muerte gloriosa ante la furia de los elementos: el viento, la lluvia, el fuego y la tierra misma deberán corregir esa mácula de artificio (in)humano. ¡Que se abran grietas de la madre Tierra! ¡Qué trague esa abominación y que el vendaval disperse al éter hasta la última partícula de ceniza que haya dejado atrás el fuego aniquilador de la limpieza! ¡Que el agua lave las montañas que rodeen la ciudad y que los ríos se lleven hasta la más mínima partícula de concreto, asfalto, plástico o yeso que quede! Vómitos al mar, vómitos de civilización; atrás queda la limpieza, un nuevo barro primordial del cual podrá surgir otra cosa, algo nuevo, algo mejor, algo que no será San José. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">No faltarán también las personas más industrializadas. Espíritus decimonónicos que se rigen por las leyes de la utilidad, del materialismo; abyectos enemigos del desperdicio y mentes ágiles y sistémicas que lo verían como la más precisa operación de demolición a ser efectuada. Sería este el momento más adecuado para felicitar su minuciosidad, su orden enfermizo: imaginemos una legión de bulldozers, de máquinas amarillas y anónimos trabajadores con cascos removiendo pieza a pieza la ciudad entera. Todo sigue un esquema, y el esquema se cumple. Hay planes, hay planes de planes, pero por algo que no podemos llamar si no es magia, efectivamente la ciudad va a desapareciendo, pieza por pieza hasta el último ladrillo. Primero se van los rótulos y ese excesivo maquillaje mercantil, luego caerán esas edificaciones vetustas y junto a ellas, también son demolidas, las nuevas edificaciones, baratas y con materiales blandos que jamás perdurarían. Luego, casa a casa, se irán yendo los edificios altos y los más viejos, las aceras, los entubados subterráneos y todo ese inframundo que está aquí pero que ya nos es ajeno. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">Pero en cualquier fantasía de este tipo somos interceptados por una voz que conocemos y que no podemos dejar de oír, aguda tal vez, imperdible que se levante por encima de monstruosas risas, del silbido tonante del furioso viento o del chirrido de máquinas de acero; aparece el susurro de alguien que pide clemencia. El Teatro Nacional, el Edificio de Correos, toda una multitud de casas en Barrio Amón, una librería y un edificio al frente suyo, un casa que hace de putero y restaurante junto al Parque Morazán, una casona que vende artesanías y oculta una tienda de antigüedades, otra multitud de edificios que albergan ratas y drogadictos (lo cual es un tipo de redundancia) nos miran con fachadas conmovedoras y nos hacen detener la ficticia destrucción de la ciudad. Los vemos como miniaturas, con la misma extraña condescendencia que tenemos ante el viejito anónimo que escala a través de la puerta del bus y que no acudimos a ayudar. Los vemos y entendemos algo: Están marcados por otras épocas (tal vez mejores) y buscan –con la arrogancia inevitable de la vejez- justificar su permanencia. Peor, entendemos otra cosa, no nos hablan por clemencia. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><em><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">No</span></em><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">, parecen decir, <em>no buscamos evitar la destrucción, no la pedimos, puesto que no podemos ser destruidos porque hemos sido nosotros quienes hemos mandado a destruir esta ciudad. </em></span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">Silencio, la pausa es obligada. El estupor ha actuado. Pronto esclarecen su argumento. ¿Quién habría de desear destruir una ciudad si no fuera porque el edificio del Ministerio de Hacienda humilla cotidianamente al Teatro Nacional? ¿El Edificio Herdocia no clamaría por fuego y llamas contra ese “Amigo Invisible” que le ha sido cargado a un costado? La lista de quejas parece interminable y justifican la destrucción total. Ahora aparecen para aclarar: la destrucción no debe ser total, sólo deben desaparecer aquellas cosas que los ofenden, que distraen el amable ojo de un ciudadano que las rejas del Teatro Nacional,<span style="mso-spacerun: yes;"> </span>o los veintiún pisos de un banco que le hacen sombra al Edificio de Correos. Hay edificios que recuerdan el paso del tranvía por San José, y ahora se ríen de politiqueros que ofrecen otro. Hay edificios que han albergado a tantos hombres que sin remordimientos algunos derribaron a sus estimables colegas para erigir aberraciones que en el presente están olvidadas. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">Antes que la respuesta del destructor se dé, aparecen otras voces. Son los edificios nuevos, pidiendo su oportunidad, abogando por la destrucción de los veteranos, arguyendo que aquellos tuvieron su oportunidad que son reliquias de un pasado arruinado. Lo moderno puede lograr lo que lo viejo no pudo. Otro coro, el de edificios intermedios, aparece; estos dicen que ellos son quienes más han sufrido, ellos fueron los primeros valientes en retar a sus mayores pero que pronto tuvieron que ceder ante nuevas generaciones. El aire se enturbia con invectivas, gritos, quejas, órdenes y súplicas. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 12.0pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language: ES;" lang="ES">La destrucción sólo puede ser total, o no ser del todo. Cualquier acto de clemencia sería un guiño secreto a alguien no hay solución salomónica que valga solamente la aniquilación, destruir sí, volver a la fantasía inicial, pero hacerse sordo, pero cómo, cómo al fin y al cabo sólo podría San José ser destruido por alguien que haya vivido allí y que lo conozca y esté decepcionado pero también esa persona invariablemente va a retener algún recuerdo grato y así no acometerá la empresa. Y es por eso que cada Josefino desea ver destruida la ciudad nunca lo hará, simplemente se limitará a verla destruirse a sí misma a pedazos a su propio paso, según otros que no les importa salvar y destruir, verá a la ciudad sabiendo que siempre será un híbrido, con cicatrices de asfalto y metal. Destruirá otras ciudad, San José, jamás. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="mso-ansi-language: ES;" lang="ES"> </span></p>
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<div style="float: right; margin-left: 10px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http://julianastorga.com/2011/01/la-ciudad-de-la-furia/&via=jules_astorga&text=La Ciudad de la Furia&related=:&lang=en&count=horizontal" class="twitter-share-button">Tweet</a><script type="text/javascript" src="http://platform.twitter.com/widgets.js"></script></div>]]></content:encoded>
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		<title>Grey Street</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 14:02:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Barrabasadas]]></category>
		<category><![CDATA[Casona]]></category>
		<category><![CDATA[Edificios Viejos]]></category>
		<category><![CDATA[principio de Siglo]]></category>
		<category><![CDATA[san jose]]></category>
		<category><![CDATA[Steinvorth]]></category>
		<category><![CDATA[Teatro nacional]]></category>

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		<description><![CDATA[Comentaba con una amiga hace no muchos días que San José es una ciudad profundamente gris; el color inicia en el cielo y no se parece agotar, está en el asfalto y en las aceras, en la mugre de paredes y marcos de ventanas, en las caras largas de la gente, en sus palabras descorteses [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Comentaba con una amiga hace no muchos días que San José es una ciudad profundamente gris; el color inicia en el cielo y no se parece agotar, está en el asfalto y en las aceras, en la mugre de paredes y marcos de ventanas, en las caras largas de la gente, en sus palabras descorteses e interesadas. Sea esta una de las razones que tornan la capital horrible. </p>
<p align="justify">La otra es la fantasmagoria en cada uno de sus recovecos. La nostalgia correspondió a las generaciones previas; las que recuerda de su infancia, lugares, cafés, plazas o el Obelisco en Paseo Colón. Ya nada de eso existe y nuestros padres y abuelos sólo pudieron heredarnos el recuerdo de que alguna vez existieron, de que las vieron desaparecer. Poco queda de ese San José para nosotros, a excepción del sentimiento de que algo falta, pero que ya ni sabemos qué fue. </p>
<p align="justify">A pesar de su arquitectura chocante, de su escasa estética y de todos los bloques de concreto que meramente sugieren San José no tiene más de cuarenta años, sí se siente alguna vejez previa, perdida. No sólo por el teatro con su sincrético rococó que fluye hacia todas direcciones y da esa sensación de anacronismo total, no, son sus vetustos edificios más viejos en los que se siente algo de esa prehistoria de hombres con sombreros de copas y damas con manteletas. (La exposición actual en el Teatro Nacional, puede ayudar a dar un idea de las vestimentas de los elegantes fantasmas, otra en la casa de la cultura en Heredia, puede llenar una que otra imagen del tren y del tranvía). </p>
<p align="justify">Historias diferentes son las del Edificio Steinvorth y la de otro llamado la Casona. El primero ha vuelto a ser un referente, parte de una renovación, porque sí, implica algo nuevo, en forma vieja. El Steinvorth, el 13, el Morazán, pequeños bares para jóvenes son un pequeño enclave de avanzada hacia el centro de San José. Son forma que van poblando de nuevo la noche josefina con música, risas, besos, en fin, vida. El otro, la Casona es un edificio más grande y a juzgar por su principal escalera, mucho más pomposo en el pasado. Su estado actual es deteriorado. Mucho, habitado por ventas de artesianas, propias de un mercado y no un edificio semejante. (Sé que a ese edificio he entrado varias veces, sé que de pequeño me confundía, me era un pequeño laberinto, pero la gran escalera, amplia, desentonaba, siempre, fue hasta ayer que la vi y entendí la total decadencia de ese edificio, las escaleras las columnas). La Casona, nefasto nombre para algo que habría merecido una mejor suerte. (Pero para lo viejo no hay suerte que valga en nuestra capital).&#160; Arriba, subiendo no por la amplia escalera, sino por otra, mugrosa y estrecha se encuentra una tienda de Antigüedades. Es surtida. </p>
<p align="justify">Pululan ahí sombreros que cubrieron ideas ajenas, Gramófonos, la lonchera de Lata de Bonanza, el cuadro de un desnudo necesitado de urgente restauración, la Fotonovela de Corín Tellado, Relojes que vomitaron sus ruedecillas y nunca latirán de nuevo, el Radio Zenith no posterior a 1970, partituras apiladas y olvidadas en una caja donde el comején hace fiesta, la taza tan kitsch y de porcelana lacquerada, trencitos y carritos de lata, las botellas de vidrio de la Leche, la alcancía en forma de Caja Fuerte, el mismo propietario con su gran presbicia y su dispar aumento. Su gran ojo derecho y su normal ojo izquierdo asombrados de que Tres Ríos y San Rafael de Heredia entren en su tienda, que pregunten y husmeen, que rían y se maravillen. Esos tiliches que para ellos son antigüedades, para él son mementos, son cosas que vio funcionar en su vida, que fueron novedades en su San José. </p>
<p align="justify">Viajar es una cuestión de óptica y el viaje en el tiempo lo es mucho más. Fueron tres las escalas en esa mañana (gris, siempre gris aunque las risas sean coloridas, porque San José es gris y eso no se debe olvidar), la Librería con fachada vieja, donde se compran libros un par de milenios más viejos, la casona y su rincón oculto, paria de artículos de lata, polvo y tiempo entre las tiendas de decoraciones aburridas de madera y ranas y loras, el Teatro con esas ropas de hace un siglo, extraño contraste. Tan bien cuidados el sombrero de copa, los abanicos labrados en marfil el corset de seda pura, así como el teatro, tan bien cuidado y preservado. Tan distinto a la casona y la tienda de antigüedades. </p>
<p align="justify">En la noche, recostado, cansado en mi cama, mientras envejecía en pensamientos pensé que ya había sido un transgresor. Entrar a la casona, a la Lehmann, al Steinvorth, a los pequeños varios edificios viejos que a veces aparecen dispersos por San José ya los hacen pasar a mi memoria, a mi apropiación de esta gris ciudad. Ya me lamentaré y agregaré más nostalgia si los veo desaparecer. Ya no hay vuelta atrás. Son míos y lo poco que queda de una ciudad que conozco a través de recuerdos fantasmas. </p>
<div style="float: right; margin-left: 10px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http://julianastorga.com/2010/08/grey-street/&via=jules_astorga&text=Grey Street&related=:&lang=en&count=horizontal" class="twitter-share-button">Tweet</a><script type="text/javascript" src="http://platform.twitter.com/widgets.js"></script></div>]]></content:encoded>
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		<title>Con Nombre de Guerra</title>
		<link>http://julianastorga.com/2010/07/con-nombre-de-guerra/</link>
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		<pubDate>Sun, 11 Jul 2010 17:58:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[costa rica]]></category>
		<category><![CDATA[julian]]></category>
		<category><![CDATA[perspectivas]]></category>
		<category><![CDATA[prostitución]]></category>
		<category><![CDATA[putas]]></category>
		<category><![CDATA[san jose]]></category>

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		<description><![CDATA[“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta 56. Del lado de acá: la cocina de un casino, el haitiano vendiendo platanitos, la entrada de Plazavenida y el Mr. Churro; hay más cosas más abajo, pero eso es para la gente del bus de Sabanilla, hay más cosas más arriba pero ya eso es otra cuadra, el Hotel del Rey y todo aquello. De aquel lado un edificio con un vidrio roto y una cadena oxidada en las verjas, el New York Bar, un taxi parqueado (ese taxi son muchos taxis, uno se va y llega otro, gente sube y baja, dinero pasa, pero el taxi ahí es parte del paisaje). De sendos lados parqueos. </p>
<p align="justify">De aquel lado estaban las putas y de este lado no. No sólo porque no anduvieran caminando en la misma acera, porque sí, sí estaban de este lado. Andan con sus tacones abriendose paso, bajan o suben, vienen y van, se vuelven a ver. Pero. A la vez no estaban porque no, simplemente no. La gente les huyen con la mirada, unos, ven como si viera a través de ellas, otros. Negación en todo caso. No falta también la lectura automática de un lupino hombre, que ve los tacones y las piernas y todo lo demás tan elaboradamente expuesto y después de la degustación visual, agitando la cabeza el hombre vuelve a su antigua distracción. Sí de este lado, aunque anden no están. No son. </p>
<p align="justify">Del otro, están y son. Ahí las ven todos. Las mujeres subsombrilladas balbucean su desencanto, su desprecio, su crítica punzante.<em> Esas. Ahí van. Ah.</em> El tono es algo que no se puede poner aquí. No es arrogancia, ni desprecio en sus puras formas, van mezclados, se tiñe de lástima, de tristeza, de una inadmitible envidia, seguida del odio puro. Interpreto sus voces, sus comentarios, incluso cuando ya estemos los de la fila en el bus y el bus esté lejos algunas conversaciones aún se agitan en hablar de la parada, de las putas, de las putas que es un trabajo, que es un relajo, que sólo crimen y gringos pervertidos, que qué feo, pero también qué saladas, o qué descaradas. </p>
<p align="justify">Sincretismo entonces. Las putas están ahí al frente mío, del otro lado de la acera. Sus devenires me interesan poco, las veo como si viera una obra de teatro. Repiten las escenas de siempre. Eso. Sí. La fila del bus crece detrás mío y todos somos espectadores. Creemos que es algo Brechtiano, la vemos asumiendo que es un espectáculo, que es pura trama, un mero montaje y que al final la ilusión se manifieste como tal. Pero no. Eso no ocurre nunca. Sincretismo falso, inventarse dramas. Creer que lo de aquel lado está sólo de aquel lado. La putilla cruza la calle, saca su sombrilla de ese bolso (porque ella también se moja, y la sombrilla no será diferente a la de una de las subsombrilladas). Los tacones del desprecio (epíteto hurtado a Bunbury) van sobre el asfalto húmedo. De nada sirve reducir ‘este lado’ a lo individual, lo harán –imagino- las subsombrilladas, el bigotón, el tipo que por no andar paraguas se tapa con una bolsa plástica . Las putas siempre están allá, del otro lado, del show eterno de la ciudad ajena y decadente que vale siempre atacar, criticar, destruir. Allá. </p>
<p align="justify">“Sincretismo”, parecía insistir. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Tengo que aceptar que está de mi lado de la acera, del lado mío, yo, mi bolso, mi libro de Keats o de Luciano de Samósata, mi celular, mi cárdigan, mi San José ficticio, mis mil ideas para hacer una ciudad mejor aunque ninguna será puesta en práctica, mi lado, el lado del crítico que soy? Si la acepto qué. Es aceptar también al piedrero, al gringo pervertido y degenerado, al proxeneta, la plata sucia. Es aceptar que esa es la bajeza de mi realidad que sigue estando ahí cuando ya esté en el bus. Pero, me digo, con la anagnórisis a medio apagar: <strong>eso ya está aceptado</strong>. Si no, leería los periódicos como novelas. Sin preocuparme de muertos, ni asaltos, ni violencia, ni cifras. ¿Entonces? </p>
<p align="justify">¿Sincretismo qué? Pienso en ser metódico y volver a pensar. Sincretismo exigiría también ponerme en su lugar, en tratar de ver el mundo a través de los ojos sobre sonrisas falsas, cansados por andar en zancos de aguja y el frío por las tiras de tela que llevan por ropa. En pensar estar de aquel lado de la acera y ver la fila, ver la gente que hace caras pero que las ve, ve fijamente, verme a mí desde su óptica, ver al haitiano y ver el bus azul de la ruta 56 tan molesto recuerdo de la vida común y silvestre anegadas de mandados y sombrillas. </p>
<p align="justify">Aquella ruta es insensata y futil. Puedo imaginar, hasta ahí; esta imaginación mía se iría por otras tangentes, buscando algo heroico en aquello que es grotesco y vulgar. Mi razón se iría por lo darwiniano, por la respuesta, la adaptación, la supervivencia. No, no conviene imaginar un punto de vista ajena, ni siquiera el más verosímil deja de lado el –símil. C’est la verité. </p>
<p align="justify">Ya no sé cuántos días más he estado ahí. Bajo el paraguas en la parada. Es mi salida de San José, entre el vaivén pendular de prostitutas solas o mal acompañadas. La puta (no distinta al taxi ya mencionado) está ahí, siendo otra puta. Aún insiste en el sincretismo, en decir que los dos lados de la acera son iguales. No porque ella guarde alguna moral retorcida, no porque de este lado haya parangones de moral. Ni una ni la otra. Sino porque sí, porque los dos lados de la acera son lo mismo. No porque la gente sea la misma, no, no se trata de eso. Pero tenemos igual atribuciones, tenemos la misma relación con la ciudad. </p>
<p align="justify">No, no, huyamos de la idea de siempre, de que somos hijos de la ciudad, hijos de San José sólo porque nacimos en una clínica en su centro, o porque la visitamos con frecuencia. Más bien San José es el remedo de aborto nuestro, es nuestro sincretismo. La puta le da su color a San José. Se lo da el piedrero. El predicador. El tipo vestido de queque de spoon. El policia. El filólogo que se ríe solo por Luciano de Samósata. Los que la juzgan, los que son juzgados por ella. Sincretismo ante todo, decía la puta sin querer decirlo, pero no me lo decía a mí. Se lo decía a ella misma, a San José, tal vez. A la nube no digital, a todos los que leen algo de la gente que pasa al frente suyo en los bulevares y aceras; la densa niebla de caras larga o cortas, pintadas, sonrientes o furiosas. </p>
<p align="justify">Sincretismo, sí, entiendo. Algo así sólo se descubre estando ahí varias veces más, entender que yo también soy ese taxi. Siempre vuelvo a estar ahí. Otras circuntancias, otra expresión. Pero otra vez ahí. Yo no soy distinto a ella. También yo soy observado y bastaría yo estar duplicado para que alguien me examinara de la forma en queyo examino a alguien más para entender del todo la repetida pluralidad de juicios de las personas. Sí, es así como damos forma a San José, a partir de lo que vemos, de lo que pensamos cuando vemos. Así San José nos pretende resumir a todos; nunca lo logrará claro, pero el punto de vía mío, no es más que uno mas en el crisol de momentos josefinos. Sincretismo digo yo en el blog, sin decirlo a nadie en particular. </p>
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		<title>Wrapped Up in Books</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Mar 2010 04:55:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[divagacion]]></category>
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		<category><![CDATA[eneida]]></category>
		<category><![CDATA[san jose]]></category>
		<category><![CDATA[virgilio]]></category>

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		<description><![CDATA[Abro el libro. De él salen descripciones finamente hiladas, genealogías esclarecidas, uno que otro dios que discute, debate y, por qué no decirlo, hasta hace berrinche. Eneas, cada vez que abra el libro en la página cientoveintisiete, estará bajando con la Sibila de Cumas por una caverna hacia el reino de los muertos, encontrará a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Abro el libro. De él salen descripciones finamente hiladas, genealogías esclarecidas, uno que otro dios que discute, debate y, por qué no decirlo, hasta hace berrinche. Eneas, cada vez que abra el libro en la página cientoveintisiete, estará bajando con la Sibila de Cumas por una caverna hacia el reino de los muertos, encontrará a Palinuro esperando un digno entierro para poder cruzar y le mostrará a caronte el muérdago para Proserpina y luego el Inframundo, los condenados y Anquises y aquellas futuras almas olvidándose en el Leteo para volver, para ser césares o reyes, latinos o romanos. Con el libro abierto sé que estoy ahí, detrás o al lado del héroe, a veces me le anticipo porque no evito leer un párrafo unas cuantas páginas más adelante, a veces el autor, me da las pistas, la profecía que deshoja páginas para cumplirse, para agotarse el tiempo antes del irremediable triunfo. Yo voy ahí vertiginosamente devorando las palabras que equivalen a los azules mares del Mediterráneo ancestral, a las escallosas rocas donde mueren los marineros, donde los dioses juegan a sus seducciones, donde cada quién es hijo de algún héroe y se obsequian valiosos tesores de oro o marfil.</p>
<p style="text-align: justify;">Cierro el libro. Hay que caminar y eso hago. Hace sol. La ciudad gris se agota cuadra a cuadra mientras camino. Torpemente se deslizan frente a mí los rótulos de San Pedro. La iglesia con su inútil Latín al cual nadie le presta atención, la Lehmann escasa y pobre, el Pomodoro con su fuerte aroma a ajo y a madera podrida, la calle, el asfalto, el humo de los carros, los murmullos universitarios de cada lado de la calzada, mosaicos imposibles que se construyen a partir de palabras sueltas, la extraña iglesia bautista, el cruce de calle en diagonal de Fito’s al otro lado, el otro cruce sobre las vias de hierro que guardan un eco del pito molesto del tren, la facultad de Arquitectura al otro lado de la malla, la entrada a la U, radio U, canal U, lo que sea U, la radio y sus ventanales con reflejo donde vanidosamente me veo al pasar, bambuzales y El Kiosco, otra entrada a la U, la acera de las paradas de bus donde la Periférica suba y baja gente, cobra y da vueltos y los torpes artesanos o mercaderes venden sus baratijas, el horrible sol de mediodía que ya me afecta, siento el sudor que baja y la parada de Heredia y el bus con la puerta cerrada, porque llegué muy temprano, y al menos tengo una sombra, en eso: prestidigitación. El libro, el seis de corazones marca la página (52 marcapáginas al precio de una baraja de bazar).</p>
<p style="text-align: justify;">El libro volvió. Tal vez razono que no es tan alegórica la Historia Sin Fin. Leer implica trasladarse a otro mundo, perderse, entrar en un laberinto dado por los números en las esquinas de cada página. De nuevo estoy con Eneas en Italia; la Odisea dio lugar a la Ilíada, son batallas y bodas inconclusas, guerreros que no son el hermoso pelida ni el politrópico Ulises vuelven a batirse, Hera y Venus opuestas entre sí de nuevo, Diómedes se menciona para dar su negativa y ya no trata el poema sobre los vericuetos marinos de Eneas. Se enumeran los bajeles etruscos sobre el Tíber, las huestes tirrenas y arcadias y Eneas y yo escuchamos a las driadas dar aviso del ataque de los latinos liderados por el gigante Turno. Estoy ahí, mi mente le dio cara, color y forma a esas driadas en las olas, Eneas y la batalla sobre la playa saltan a la realidad, lo puedo ver todo a la vez, disperso en varias páginas completo la escena, la batalla, en espacio y tiempo variable, pasan las horas y se acumulan los muertos en el río, releo un párrafo y Palanto vuelve a morir. Una y otra vez, degusto la herida, el pecho blanco roto por la lanza. Se vuelve a colar el seis de corazones en el medio. Cierro el libro.</p>
<p style="text-align: justify;">Camino nuevamente, las caras a mi lado son insípidas y olvidables. El día ha girado y los carros del Sol se pierden allende del mar, en el crepúsculo las caras son grises e indistintas, como los edificios o el asfalto requesbrajado de la calle. Impelidas por la madre Cibeles las plantas torpes crecen en las rajaduras del pavimento en este <em>reino </em>tropical donde lo edificado por los hombres sucumbe a la humedad, a la agresiva vegetación (cosa de por sí contradictoria, vegetación que de vegetal tiene poco, que tiene una vida más decidida que los hombres), al descuido y al olvido de una estirpe que vive para sus necesidades inmediatas como los bárbaros que piensan solo en el día presente y jamás en los destinos de los hombres. La ciudad sufre de los hombres. El polvo se acumula en las cornisas, en los dinteles, bordes de ventanas, en las caras de los niños y hasta en el aire queda suspendido, como una seda invisible que se corre suavemente al caminar, manchándonos de la mugre de la ciudad; suciedad y vidrios rotos, caras rotas y sucias, bañadas en el aceite de la lucha incesante de cada día. La ciudad, o si acaso su esencial parte, que la represente toda, la larga avenida se troca en un singular campo de batalla, unos esperan y buscan sus agüeros, los leen en la forma de la hamburguesa que ávidamente consumen o en la disposición de los taxis, otros marchan ya, las divinas armas portando, a dar la cara en la batalla, probarse en los campos de Marte, o en las oficinas o las tiendas o los bares, fieramente lanzándose a luchar silenciosamente contra el mundo, donde todos son rivales y todos son aliados. La vida, pienso, al comenzar a imaginar nombres y gestas de los hombres que caminan a mi lado, tiene sus odiseas e ilíadas o pues, sus eneidas en las que figurarán los caballos de madera o los guardados por la divinidad, o los que descienden al Inframundo y emergen con el conocimiento del futuro. Menos grises, veo las caras de las personas, e imagino su linaje, sus maldiciones, sus historias. Aquella, una ninfa de robada virginidad que aun cree en un Júpiter celestial, aquel, cuida las armas de su anciano padre, su casa y su raza, otros buscan entre la gente a sus enemigos, al raptor de su amor, al que le hizo mal, justicia, venganza, reivindicación, ambición, destino entretejidos entre las fibras de la ciudad, de la gente que la habita; ciudad que sufre de gente y por eso mismo es ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">Camino y en algún vidrio reluciente me veo reflejado e imagino una extraña inversión. Con el libro abierto me sumergo y acompaño a Eneas, como lo hiciera Venus; cerrado el libro, sus palabras adheridas a mi mente, presiento al troyano acompañándome.</p>
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		<title>Lunes por la Ma&#241;ana a San Jos&#233;</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Sep 2008 21:00:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Barrabasadas]]></category>
		<category><![CDATA[bus]]></category>
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		<category><![CDATA[san jose]]></category>
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		<description><![CDATA[Algunas veces sospecho que es por el hecho de levantarse temprano que los lunes en las ma&#241;anas siempre me toca ver cosas inesperadas, ins&#243;litas en una manera terriblemente ordinaria. Aunque est&#233; ba&#241;ado, mudado y &#8216;despierto&#8217;&#160; no dudo que alguna parte m&#237;a aun est&#225; rezagada en la tierra de los sue&#241;os, como en una niebla, un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Algunas veces sospecho que es por el hecho de levantarse temprano que los lunes en las ma&#241;anas siempre me toca ver cosas inesperadas, ins&#243;litas en una manera terriblemente ordinaria. Aunque est&#233; ba&#241;ado, mudado y &#8216;despierto&#8217;&#160; no dudo que alguna parte m&#237;a aun est&#225; rezagada en la tierra de los sue&#241;os, como en una niebla, un pantano de la realidad, donde la tierra firme se confunde con la levedad del sue&#241;o, del imaginario. </p>
<p>Tal vez no sea yo, tal vez sea simplemente que se trate del &quot;lunes por la ma&#241;ana&quot; y todos suframos de ello. Tal vez, y s&#243;lo tal vez, sea aqu&#237;, el lugar y sus caracter&#237;sticas y que sea la peregrinaci&#243;n a San Jos&#233; la que conjure todo tipo de absurdas coincidencias. </p>
<p>Los viajes en el bus, tan cotidianos que se confunden entre s&#237; son tambi&#233;n &#250;nicos. El bus azul, blanco o tricolor que cumple neciamente la misma ruta, recoge siempre a la misma gente, esclavo de una rutina, se estanca en las mismas presas; este lunes la presa padec&#237;a de un <em>twist</em>. </p>
<p>Como de esperar un accidente evitaba el flujo del cardumen carburante, pero en medio de ello involucrada en la colisi&#243;n una cara inesperada. Sulf&#250;rica e infernal, la mirada de enojo me dio risa, me satisfizo alg&#250;n grado de justicia universal, de gozar (con una culpabilidad posterior) el mal ajeno, m&#225;s a&#250;n de alguien conocido. Ven&#237;an a la mente deseos de &#233;pocas pasadas, en las que uno quisiera que cayeran rayos, yunques o pianos de cola para evitar los encuentros <em>nem&#233;sicos</em>.</p>
<p>Las maniobras torpes y evasivas del leviat&#225;n p&#250;blico cumplieron bien para abrirse paso en las arterias que conduc&#237;an a la ciudad, atr&#225;s quedaba el accidente, mi sonrisa -sin embargo- permanec&#237;a indeleble. Mientras m&#225;s me acercaba al destino final (y por esto creo que realmente sea la ciudad quien conjure los accidentes m&#225;s absurdos) m&#225;s interesante se tornaba el viaje.</p>
<p>Otra colisi&#243;n a la vista. A babor, dos buses, en esa ins&#243;lita posici&#243;n con la que se bloquea la mayor cantidad de carriles posibles. La que ocasiona la improvisaci&#243;n de v&#237;as. La calle que crece hacia el ca&#241;o, hacia la acera, ensanch&#225;ndose por necesidad, prodigioso espect&#225;culo donde se aglomera el curioso p&#250;blico, donde estalla la sensacional sinfon&#237;a de bocinas ensordecedoras. </p>
<p>El sonido aun se o&#237;a pasados los minutos y los metros. Como una bestia exhausta el bus se frenaba, carburando sonoramente para llegar a la seguridad del cord&#243;n de la acera. Un &#250;ltimo bufido desesperad&#243; marc&#243; la muerte del viaje, las puertas y palancas que se activaban justo cuando la bestia exang&#252;e expiraba. </p>
<p>Ya fuera de la bestia, el tiempo volv&#237;a a montar la carga de la puntualidad sobre el individuo y no sobre el transporte. Como hormigas borrachas los pasajeros se dispersabas por aceras, calles y pasajes, sus mentes puestas en un lugar y una hora, y una tarjeta que marcar. </p>
<p>Sin mayor prisa, yo mismo busque la esquina donde deb&#237;a cruzar, s&#243;lo para ver el &#250;ltimo taqueo a la ciudad. Infaltable, pues todas las cosas deben ocurrir de a tres. </p>
<p>Se ve&#237;a venir. De esas predicciones que se pueden hacer sin ser profeta, con solo ver el veh&#237;culo rojo a la distancia. La hip&#243;crita corona amarilla que lo acredita como d&#233;spota del asfalto, que le dota de autoridad aristocr&#225;tica.&#160; Mirar con curiosidad el giro ortogonal y la invasi&#243;n en diagonal de carril y acera. </p>
<p>En medio del coro renovado de bocinas, se vislumbraba en el interior el cierre de una transacci&#243;n, la mujer servidora p&#250;blica y p&#250;bica que pagaba antes de huir dentro del hotel, bar y lupanar. </p>
<p>En alg&#250;n instante la sinfon&#237;a de bocinas mut&#243; en la onomatop&#233;yico y canino coro a capella que <em>loaba</em> a la mujer hasta que como si nada el tr&#225;nsito recobro su curso normal. Ya para ese momento caminaba presuroso, por entre kioscos y recuerdos de vacas. Para cuando fuera a abandonar el recinto multicultural al que asist&#237;a ya no quedar&#237;a m&#225;s que la resaca de la locura de lunes por la ma&#241;ana. </p>
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		<title>Pechurricas</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Aug 2008 01:16:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jules</dc:creator>
				<category><![CDATA[Barrabasadas]]></category>
		<category><![CDATA[javier arguedas]]></category>
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		<description><![CDATA[El nombre causa impacto. Hay que admitirlo. Pone a pensar, a imaginar. Ciertamente suena a piropo de constru, a algo que se podría oír en el Bulevar de la Avenida Cuatro a la Salida del Colegio de Señoritas. La voz masculina, con tinte sedoso y libidinoso que grita… “¡Pechurricas!” Suena también a Newspeak, a aquel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">El nombre causa impacto. Hay que admitirlo. Pone a pensar, a imaginar. Ciertamente suena a piropo de constru, a algo que se podría oír en el Bulevar de la Avenida Cuatro a la Salida del Colegio de Señoritas. La voz masculina, con <a href="http://www.youtube.com/watch?v=ZU8A0VYZ_OE" title="Pachuco by any other name" target="_blank">tinte sedoso y libidinoso</a> que grita… “¡Pechurricas!”<span lang="ES-CR"><o:p><br />
</o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CR">Suena también a <a href="http://www.newspeakdictionary.com/" title="Thoughtcrime" target="_blank">Newspeak</a>, a aquel paralenguaje neologístico político de 1984 (el único cuyo vocabulario que se reduce con el tiempo) que abreviaba frases en una sola palabra para atontar a la gente, reeducarla. ¿Para qué salivar más, gastar más aliento en una frase compuesta si se puede gritar: “¡Pechurricas!”?<o:p><br />
</o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CR">Volviendo a la etimología y más importante aún a la semántica nos queda por explorar el significado no-metafórico, el que es simple, natural y soso. Aceptar la palabra por el <em>face-value</em>. Entender pechugas por pechugas, y ricas por ricas. No hay que pensar ni darle muchas vueltas a la tentación gastronómica de las <a href="http://www.elsalvador.com/mwedh/protec/imagenart.asp?idArt=1668319&amp;idImag=4432347" title="Et voilà" target="_blank">Pechugas ricas</a>, apodadas “¡Pechurricas!”.<o:p><br />
</o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CR">Es posible que el nombre esté relacionado con el hecho de que tenga que ser ofrecido “por su nombre y de forma apetitosa”. Quién podría rehusar cuando alguien llega, con sonrisa en boca, y de forma apetitosa y por su nombre le dice: “¡Pechurricas!”.<o:p><br />
</o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CR">Afortunada- o fatídicamente no me fueron ofrecidas de esa forma. Las llegué a degustar, sí; pero eso se debió a haberlas descubierto en el Menú de Aperitivos de Pizza Hut por encima de los Breadsticks. Tanto <a href="http://javierarguedas.com" title="Tengo, un punto. Lo sé." target="_blank">Javier</a> como yo no pudimos evitar exclamar y acompañar de una carcajada el nombre: “¡Pechurricas!”.<o:p><br />
</o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CR">En un almuerzo que sólo se puede clasificar como LF, que inició con un viaje a Tibás para escapar del tedio de San José y del voluntario desempleo (presiento un “¡Busque Brete Vago!” por parte de Daniel), que incluyó ver a Gonzo y a una Gallina Disco en Telenoticias, con acompañamiento de Lasagña (nótese el gñ) en el menú, al habitual coro de panderetas cumpleañeras, y al extraño cuestionario que parecía evaluar la sonrisidad de los trabajadores del Restaurante (incluyendo administrativos). Hay que admitirlo: sólo una palabra puede resumir todo esto. Esa única palabra que combina lo LF con lo gastronómico, el asesinato del idioma con la charlatanería: “¡Pechurricas!”<o:p><br />
</o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-CR">Aunque no estuvieran tan pechu, ni estuvieran tan ricas, lo cierto es que fueron anecdóticas en un día que ya adolecía de propios LFismos nativos a San José, a la Alianza Francesa, o a las peregrinaciones ajenas a mi casa. Podría hablar de jackets y paraguas perdidos, de <a href="http://french.about.com/library/motdujour/blmdj-neanmoins.htm" title="Cépéndant?" target="_blank">‘néanmoins’</a>, ‘or’ y el ‘subjonctif passé’, o <a href="http://features.csmonitor.com/politics/2008/08/25/its-not-madonna-but-mccains-got-daddy-yankee/" title="A McCain como que nadie le dio la letra de la canción" target="_blank">de haber descubierto que la “Gasolina” es una canción sobre Independencia Energética</a>. Pero ante todo esto sólo prefiero exclamar el neologismo absurdo, digno de un lunes, meta- y patafóricamente significativo: “¡PECHURRICAS!”</span></p>
<div style="float: right; margin-left: 10px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http://julianastorga.com/2008/08/pechurricas/&via=jules_astorga&text=Pechurricas&related=:&lang=en&count=horizontal" class="twitter-share-button">Tweet</a><script type="text/javascript" src="http://platform.twitter.com/widgets.js"></script></div>]]></content:encoded>
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