Recién salido del horno »

Julián in Wonderland

Aun queda por decidir si el agujero de conejo se apareció debajo de Julián o si Julián apareció sobre el agujero. Lo que importa es que la relación entre agujero y Julián es regulada por la gravedad que exige indiscutiblemente que se produzca una caída, sin importar el orden de las cosas. Es así como Julián se encontró en el fondo del agujero de conejo, que no necesariamente sería un agujero, ni un conejo, sino que podría ser un lugar más ordinario, como un bus, una sala de cine o incluso una ciudad, en la cual cualquier puerta posiblemente pueda tener una llave lejana o improbable, o donde haya alfajores que pidan ser comidos o cervezas pidiendo ser bebidas y, naturalmente, Julián no duda en obedecer, porque sabe que no está sólo sino que la compañía en esa lejana tierra es buena, agradable, y digna de ese mundo al otro lado del espejo, en el fondo del hueco de conejo, o simplemente ajeno a su propia, josefina realidad.

Wonderland (cuya torpe traducción como País de las Maravillas me ha puesto a pensar en una que otra ocasión) está poblado de multitud de criaturas inimaginables, o más bien tan terriblemente reales que asustan. Cada ser es terriblemente diferente entre sí, pero a la vez es terriblemente igual, comparten entre sí características esenciales que los hacen parecer torpes repeticiones, indistinguibles entre sí. Hay personas que parecen barajas ambulantes, niños modernitos en sus uniformes dispares y coloridos, masas y multitudes de gentes que son tan poco originales como un siete de tréboles o un cuatro de oros. Otras gritan sin razón. Otras pretenden algo que no son. Y otras son algo que no pretenden ser.

Naturalmente también hay esa gente especial, esa oruga que lentamente se fuma al mundo, esos gemelos necesarios y trascendentales o el mágico gato, cuya sonrisa imposible, es un recuerdo constante que el mundo está –afortunadamente- lleno de detalles que continuamente desafían las probabilidades, a veces del gato queda no sólo la sonrisa, sino los ojos, gatunos y a la vez no, juguetones e inteligentes, guiños y verdes, y a veces no son verdes, lo que hace a Julián pensar en imposibilidades cromáticas, y descubre que el pelaje también tiene color al no tenerlo, porque se puede evaporar, o los gatos a veces se duermen con caricias en la frente. Finalmente Julián, tan terriblemente espantado, por las barajas sentadas en sus buses o atendiendo en cajas, en cafés o andando por las calles, se refugia en una que otra sonrisa que se evapora, en un sombrero de copa de talla 10/6, o en pares de personas que discuten, sin darse cuenta de que dicen lo mismo.

Mientras tanto, la Reina de Corazones, sutil e invisible, logra convencer a Julián de querer cortarse su propia cabeza, tan súbitamente hinchada al tamaño de un chiverre o algo así, que lo hace añorar al verdugo o al acetaminofén, que se figuran como únicas salidas, del laberinto. Sospecha, secretamente Julián que se ha convertido en un flamenco y lo han usado para jugar al criquet y sabe que eso es perfectamente posible, pero aguarda y espera, pero por aguardar y esperar a veces se debe entender pasearse impacientemente. Otros, por cuestiones de relatividad, podrán deducir que también puede implicar un movimiento del mundo alrededor de él, otros se conformarán con saber que se puede descender o salir de un espejo y despertar del país de las maravillas para dormir sin dolor de cabeza ya, y sí con gata, pero no la que sonríe.

Un terremoto no tiene inicio. Es un extraño in medias res (que es latín, pero que no significa a media vaca) porque irrumpe, destroza, fracciona, fragmenta, bota, rompa, quiebra, raja todo lo que ocurría y lo cambia por un prolongado susto, un instante vital y fulminante donde solo existe el presente, un aniquilador presente que se pierde en su mismo vértigo y se alarga hasta que haya que respirar de nuevo o la tierra deje de moverse. Hay tanto que pasa por la mente y más aun que se hace, porque importa el presente, la confianza absoluta que si se sobrevive ese presente se sobrevive y punto. Cuando se oyen las cosas caer no importa si uno quiere ir a estudiar al extranjero o si uno quisiera llegar a los 60 o a los 80, porque en ese instante nada de eso importa, pero sí importan la columna de seguridad o salir corriendo afuera y todo cayendo y pasos y correr y la familia; y así lo imagino para tantos chilenos corriendo, caminando, destrozado su sueño por el temblor, extrañamente frotándose los ojos para volver a la vigilia, en esa calma inmensa después del temblor, justo para ver en la penumbra cómo la realidad se trocó por irrealidad y ruina. Todo a pedazos.

Un terremoto tiene muchos inicios, o muchas causas, porque los sismólogos hablan de subducción, de la placa Nazca, de sistemas de fallas, pero hablan con un cierto tono de apología , porque son sismólogos que de sismo tienen mucho y de logos poco, porque si tan solo fuera posible predecir, pero ni modo, nada que hacer sino dar explicaciones como si eso consolara a los que están en la calle sin tele para verlos explicar que es imposible predecir cuándo va a ocurrir. Solo modelos y simulaciones. Que son interesantes, pero también lo serían si el sismo hubiera sido en la Antártida donde los pingüinos no se quejarían ni llorarían en CNN (estoy seguro, eso sí, que la GreenPeace encontraría formas de hacerlos llorar conmovedoramente para la comunidad internacional)

Un terremoto tiene un final. Y continuamente vivimos en ese final. Si alguien lee esto, lo está leyendo después de un temblor, sea que lo haya sentido o sea que lo vivió a distancia a través de imágenes en algún periódico, revista, página de internet o en televisión. Pronto pareceré un insensible, por decir que el mundo sigue. Fue cambiado, sí, pero sigue. Existe un momento en el que impacto de la catástrofe ajena golpea, es como un curiosidad, un evento del que hay que saber algo y saber reaccionar: Si fuera un temblorcillo uno piensa en la canción de Soda Stereo que es una mera metáfora para el pibe que se masturba y sí es más fuerte entonces es un temblor para quedar con cara de susto, porque luego la carcajada y nada malo pasa hasta que uno ve gente que queda cinchoza, pero a la vez Jill Paer. Últimamente, sin embargo, está aquel otro extremo donde los periodistas internacionales insisten en no tener palabras para describirlo, pero aun así no logran callarse en sus transmisiones llenas de condolencias, notas repetidas, imágenes adquiridas de tercera de una cámara de seguridad, la familia llorando porque se cayó todo y todos lloran y siempre que hay que desearles oraciones y rezar por ellos y ayudar si es Haití o tener calma si es Chile y aprender de códigos sísmicos. El asombro inicial dura un rato, luego la consternación, la ansiedad de ver cómo se reacomoda el mundo, las familias, los gobiernos, especular (sí, Haití será de nuevo como una colonia, dependiendo de EEUU, Brasil y Francia) [interesante lo de Chile, sí, el nuevo presidente la tendrá incómoda] y luego el mundo sigue normal, yo como, tomo, amo, vivo como si nada. Como si no fuera conmigo. Porque, finalmente, no lo es.

El mundo no tiene final. Eso creo yo, pero noto que hay gente convencida de que lo tiene, que el planeta prosopopéyicamente actúa por su propia cuenta, como un perro que se rasca las pulgas, porque somos tan malos y terribles y olemos feo y consumimos recursos y somos el diablo y por eso merecemos morir, como si se tratara de un guión malo de una película de M. Night Shyamalan. Estas cosas pasan, han pasado, nos ha matado miles de veces y aun estamos aquí. En un mundo sin telecomunicaciones nadie en Chile sabría que en Haití había temblado menos de dos meses atrás, y alguien en Costa Rica no sabría de ninguno de ambos, ni en Alemania, ni en Kasajistán, ni en el Sudán, nadie andaría inventándose ni viendo fines del mundo donde no los hay. El planeta está vivo y actúa a su forma, obedeciendo sus secretas leyes, sus eónicos itinerarios, nosotros somos la pulga, sin saber la dirección que toma el perro [a veces es fácil entender por qué algunos antiguos creían que el mundo existía sobre el caparazón de una tortuga]. Al perro ni afectarlo realmente podemos, más allá de una buena roncha. Por cuestiones de economía (en su sentido original, de sapiencia del hogar, y no en su reducción financiera), creo en la conservación, en buscar un balance entre lo que tomamos y lo que protegemos, el mundo está cambiando, cada día el mundo que conocemos es menos verde, o está más habitado, o algo ocurre. Las cosas raras veces vuelven a su forma original, hay una violencia que nos impulsa hacia la tierra desconocida que Shakespeare o Hamlet llaman futuro, en Chile construirán nuevos edificios, en Haití nacerá más gente, la ciudad de Belgrado ha sido destruida y levantada 44 veces y donde existió Pompeya hay de nuevo una vibrante ciudad; el ser humano es cucaracheso en su habilidad de supervivencia, y terco como una mula. El mundo sigue, gira, pasan los días y el mismo mundo olvida sus grietas, el perro persigue su cola y olvida el piquete.

¿Será por eso que estoy conforme? Ante la polaroid de terror que trasmite la noticia sobre un terremoto, ese instante donde uno imagina todo, las cosas que caen, el edificio que se agrieta, llega esa calma, ese consuelo a lo social, a lo global nada nos matará jamás a todos. Y a lo individual, me quedo con la razón, sé que mi casa es sólida, lo suficiente, sé que es poco probable un sismo así, sé que es más posible morir atropellado o víctima de la inseguridad, o por qué no, de un plato de comida mala, la razón camuflada de cinismo, cargada de algo que sabe a resignación que me hace decir que si tiembla, ¿qué se le va a hacer?

Creado a partir de la poderosa combinación de: mi intelecto, WordPress y el tema: Motion de 85ideas.
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