Recién salido del horno »

The Closest Thing to Crazy

Era una historia que giraba entorno a una botella vacía de Coca-Cola. Los dioses debían estar locos. El Masai y su botella. Luego las secuelas, pero ya eso era otra cosa. Vi la película y,  más memorable que su trama que mi mente en gran parte ha desdibujado, me fascinó el título. Un dios loco ocupó mi mente infantil, acaso la más propensa a comprender un dios, a comprender la naturaleza voluble y antojadiza. Un niño es dios, loco y tirano de sus juguetes. Un dios que deja caer una botella en el desierto no es diferente al niño que tiene carros voladores que se rescatan y se hablan que interactúan con hombrecillos amarillos.

Sí, es fácil creer loco a un dios. Teólogos y filósofos podrán preocuparse de por qué es loco un dios, qué es la locura de un dios y todo esas signos de preguntas que crecen sobre las cosas. Es más lúdico imaginarse a dios (algún dios el barbudito de los cristianos, o cualquier otro) en una de esas habitaciones simétricas, blancas y agotadoras como si las hiciera Kubrick, con una de esas prendas de moda exclusiva, con correas y acolchada, imaginarlo hablando incoherencias, víctima de su omnipotencia, omnipresencia, senilidad y confusión. Imaginarlo como el loco que en San José ladra palabras a los cuatro vientos y se ríe. Loco. Un Loco que se dio cuenta que el tiempo es muy poco.

Loco. ¡Qué variado es ser loco! Loco como el hijodeputa que se salta el alto que casi nos mata, malparido de mierda, loco, cuidado con el loco sociópata que tiene un arma y con cualquier chichón lo saca para amenazar y decir que con un par de plomazos todos los problemas se arreglan. Loco, loco como el mero iluso, el pobre herediano que cree que este año sí, porque alguna cábala dice que sí. Loco como el que aún cree que este país es una tierra de paz, belleza y únicamente alaba la motita de bondad en el cerro de la corrupción. Hacerse el loco y ser ciego no es tan distinto. Loco. Loco de rabia o loco de amor. No sé en qué momento me dejé de imaginar a dios y simplemente pensé en locos. En ser loco, estar loco, parecer loco. Loco como el que dice palabras al viento, que suspira poemas en alemán o lee de oro rojo en el bus.

Loco como aquello que no podemos comprender. Que no va. Que no tiene coherencia. Que empieza de una forma y resulta de otra. Que nos da lástima si termina mal lo que bien empieza. Loco como decapitaciones, accidentes, imprudencia, corrupción, caos, desorden, inoperancia, egoísmo, plutocracia, fanatismo. ¡Uf!

Luego, de tantas ideas locas, tantas imágenes furtivas queda la idea fija de un país entero recostado en un diván. Luego la certeza de que el país tuvo un presidente que fue psiquiatra y peor quedó.

Finalmente sólo flota la imagen de la camisa de fuerza que le luciría a más de uno.

Pardon Me

Fue en una clase de Estudios Sociales allá cuando tenía trece o catorce años, o la edad que se tiene cuando se está en octavo, cuando escuché el término indulgencia por primera vez. Una de esas explicaciones relativas a la Edad Media. in-dul-gen-cia

La palabra era extraña y nueva y exigía una explicación adicional. Recuerdo hasta un nombre. Leo X. El profesor explicaba que este tal Leo X era el Papa y que vendía Indulgencias. ¿Las vendía? ¿Qué es eso y por qué se podía vender? Sí bueno, era como un perdón de los pecados cometidos.

Algo en ello me pareció totalmente absurdo y el cuentito este de las indulgencias terminó –con cierta burla y cierta inocencia- como un dibujo en la última página del cuaderno. El dibujo era una ‘tarjeta de crédito’ emitida por Leo X, especial para comprar indulgencias, con todo y una burla del logo de MasterCard en ella. Aún me acuerdo aunque han pasado ya más de una década de eso.

Tanto me impactó que de repente se pudiera vender la bondad. ¿La bondad? Sí, la bondad, porque lo que se vendía era el borrón y cuenta nueva, alguien que paga su indulgencia y muere se gana el campito en el tal Cielo ese donde supuestametne van los que pasan toda su vida siendo buenos.

Pasaron los años, me hice ateo, cínico y criticón. Mi país no siguió mi mismo rumbo y más bien inaugura una puerta santa, donde ciertas personas reciben una indulgencia después de cumplir los requisitos y pasar por ella. Ya no hago el dibujito en el cuaderno, más bien arqueo una ceja y pregunto al mundo si alguien se da cuenta de lo que pasa.

La muñequita de piedra fragmentada, la puerta de madera que revierte las malas obras. Normalmente no habría nada de malo con eso.  Soy ateo, pero no soy contrario a la religión, entiendo qué es parte de la experiencia humana. Símbolos religiosos son lo que son, elementos necesarios para sus ritos, sus mitos. Mi problema es cuando se sale de su contexto, cuando la función moral de la religión está a la venta (y pues sí, ya en estos días habrá quien compre su paso a través de la puertica esa con una tarjeta de crédito) porque es una salida fácil. Un trato bajo la mesa.

Cabe preguntarse: si la iglesia (en miníscula, para que sea cualquiera, a la que le calce el guante) toma tantas medidas para asegurar su solidez monetaria; si aquello que es más importante para ellos es ese fervor religioso, esa misión moral; si el crucificado es un adorno más en un mundo donde ellos también adoran el dinero.

El dinero es una cosa curiosa, en la medida que obliga a la gente a darle valor a la cosas, a las mercancias. A lo largo de muchos, muchos siglos hemos decidido que algunas cosas no deberían ser mercancías de ahí la prohibición de la esclavitud y los cuentos de la educación pública, la salud y eso. Por eso cuando dicen que pasar por una puerta elimina pecados (así de inmediato, apenas para el mundo 2.0) y se cobra por ello (o se solicita alguna caridad como requisito, ¡ah eufemismos, la dialéctica de nuestro siglo!) estamos de nuevo poniendo sobre la mesa algo que no se debería negociar.

Yo soy un gran moralista. O al menos creo que la gente debería hacer lo correcto, porque sí, porque es correcto. Aquellos errores, que algunos (algunos religiosos que aparentemente tienen un catálogo de cosas que pueden ser pecado) llamarán pecados, hay que cargarlos y aprender de ellos, no olvidarlos, mucho menos pagar por olvidarlos. No creo ser el único que piense así. Espero no serlo. Espero que alguien también arquee la ceja con la idea de una puerta mágica, que tiene poco que ver con la religión, que tiene más que ver con vender un servicio.

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