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Juegos de Tronos y Malabares de Curules

Publicado el | 10.5.2012 | Sin comentarios

Ya ha comenzado mayo. Voraz, se ha comido ya varios días del calendario y las marchas días ha dieron el banderazo a un mes identificado por los abejones y la decepción política. Mes curioso: los estadounidenses, aficionados a la anáforas y a al onanismo, lo “celebran” como Masturbation May. A pesar del Diputado Carlos Góngora, el más obvio y común ligamen entre la política costarricense y la autosatisfacción norteamericana, sí hay una simpatía –en su más etimológico sentido- entre esa celebración y esta decepción.

Hagamos trampa. Esa trampa que comúnmente occidente ha apodado dialéctica y que consiste en invitar desconocidos a las tertulias. En llegar acompañado a una fiesta o a una reunión. En introducir un punto C que sirva para aclarar las distancias entre A y B. Así, sutil y astuto pongo sobre la mesa el “Juego de Tronos”.

Dicha serie –mucho más erotizada que el libro- describe las intrigas y maquinaciones políticas de un reino. Fantástico, sí, atrapado en una perenne edad media (occidental-británica, al punto que Westeros recuerda en disposición y forma a la mayor de las islas británicas) que no impide la existencia de elevadores y que juega con la prevalencia de dragones. El juego de tronos, dice uno de sus protagonistas secundarios, importa solo a los altos señores, juegos que resultan indiferentes al pueblo común siempre y cuando no lo afecten. Así, la serie –a pesar del amplísimo reparto- se limita a los nobles, a múltiples linajes y familias, el pueblo común, simple se representa en masa, o a través de esos exaltados individuos que como prostitutas o mercenarios logran colarse en las más altas esferas. Las escenas eróticas son diversas: hay incestos, prostitutas, tríos, homoerotismo, roces con el sadismo, etc; las escenas caracterizan a los personajes, avanzan la trama, muestran –casi alegóricamente en algunos casos- las complicaciones de los juegos por el poder. Sexo es poder. El eros –núcleo léxico de erotismo- es una fuerza en sí, creadora del mundo según los primeros griegos, y que impulsa a los individuos.

Las escenas eróticas están también para el espectador, para el pueblo que es voyeur de los juegos de tronos, viviéndolos desde sofás. El espectador ve los triunfos políticos de algunos, la llana prosa se interrumpe con sucesos determinantes: ejecuciones, muertes, ascensos y caídas. Ve también con morbo a la nena que pide a otra que le enseñe cómo satisfacer a su nuevo marido, visita varios prostíbulos, etc; bref le hace abrir o cerrar los ojos. La serie lo masturba, le muestra el erotismo sutil, le muestra la sublimación del poder: la serie excita, aviva, juega con el eros del espectador.

Nuestra realidad es más prosaica. Los juegos de tronos, decía, corresponden a los altos señores, a los padres de la patria si acaso les corresponden los malabares de curules (que lo digan Fabio Molina y José María Villalta). Los padres de la patria, también están lejos del “pueblo” común. La prensa y “Asamblea TV” muestran el primero de mayo el despliegue total de los juegos de poder. Otra vez “Masturbation May”, pero la inversión es evidente. La ficción, traslada el juego erótico al espectador para su deleite. La realidad muestra la masturbación, la auto-complacencia, la auto-satisfacción más banal de los políticos, de sus alianzas, de sus estratagemas: ¿los sobresaltos de Víctor Granados, recién nombrado presidente del directorio no equivalen a aquellos producto de la “turbación manual”? El espectador, el ciudadano y votante aquí es testigo de la masturbación de los políticos, a veces incestuosa, sádica y prostituta (con el actual directorio homoerótica, no). Los altos señores juegan a otra cosa. A algo menor, más prosaico, algo que más que juego es un malabar. No hay tronos, sino curules.

La ficción es y será mi única realidad.

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